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Soy yo o sos vos

O te subís al tren o te quedás en la estación: Elegí

El problema no es la inteligencia artificial. El problema es la resistencia humana a adaptarse, algo que ya pasó muchas veces en la historia.



6 de junio de 2026

Autor | N de la R | @escobarsite


En un cumpleaños, entre brindis, charlas cruzadas y ese murmullo constante que va y viene, alguien tiró la frase casi al pasar:
-La gente se va a quedar sin trabajo con la inteligencia artificial.
No hubo sobresalto. Solo un pequeño silencio, de esos que ordenan las miradas. Algunos asintieron. Otros simplemente escucharon.

Yo estaba conversando sobre los últimos avances en IA. Los demás, entre curiosos y cautelosos, seguían la charla como quien observa algo que sabe que lo involucra, aunque todavía no entienda del todo cómo.

Entonces apareció esa idea, repetida como un eco cada vez más frecuente: el miedo a quedarse afuera.

Hace tiempo, un hombre imaginó una prueba sencilla: mantener una conversación sin saber si del otro lado había una persona o una máquina. Si no podíamos distinguirla, decía, habríamos cruzado una frontera.

A eso se lo conoció como el Test de Turing.
Durante años creímos que ese sería el gran desafío. Saber cuándo una máquina pensaba como nosotros. Pero el problema nunca fue ese.
Hoy sabemos perfectamente con qué estamos hablando. No hay engaño. No hay misterio.

Y sin embargo, aparece otra cosa: la sensación que ese interlocutor, al que entendemos, empieza a ocupar un lugar que creíamos propio. Ahí es donde la conversación cambia.

La eterna queja

El problema actual no es quién sabe más ni quién se queda con el trabajo de quién.
El tema es otro: la integración.
Hoy asistimos a un mundo posterior a la imprenta. Probablemente, el cambio más profundo desde entonces.

El mundo tardará en asimilarlo, y difícilmente volvamos a ver algo de esta magnitud.
Pasamos de trasportar el conocimiento en forma de átomos a hacerlos por bits. El tema está en pura ebullición.
Cuando aparecieron los primeros libros, el poder -la Iglesia, los reyes, las clases dominantes- puso el grito en el cielo (no sé si arriba le dieron demasiada importancia).
"¿Cómo puede ser que cualquiera escriba cualquier cosa?"
"¿Cómo puede ser que cualquiera lea cualquier cosa?"
Y sin embargo, esa palabra impresa terminó empujando democracias, fortaleciendo instituciones y, sobre todo, democratizando el conocimiento.
El problema del escriba no era que se iba a quedar sin trabajo, el problema fue no haberse dado cuenta a tiempo que el negocio era ponerse una imprenta. Podría haber pasado de hacer un libro cada varios meses a hacer uno por día.

La postura incomoda

En ese momento sentí que valía la pena decir algo. No para dar una lección ni para cerrar la discusión, sino para poner una perspectiva distinta sobre la mesa.
Porque adaptarse nunca fue opcional. Nunca lo fue.
A algunos nos tocó hacerlo más de una vez. Y no siempre con entusiasmo, pero sí con la certeza de que quedarse quieto nunca fue una alternativa real.
Cada época tuvo su propio tren. Y en cada una, alguien dudó si subirse o quedarse mirando cómo pasaba.

No es nuevo. Nunca lo fue

Hubo un tiempo en que el conocimiento dejó de circular de boca en boca para fijarse en papel. Y eso, lejos de ser celebrado, generó desconfianza. El acceso dejó de estar controlado por unos pocos y pasó a expandirse sin permiso. Lo que hoy parece natural, en su momento fue visto como una amenaza.
Después vinieron otros trenes. La máquina a vapor, la electricidad, la producción en serie, la informática. Cada uno con su promesa y su costo. Cada uno con su grupo de entusiastas y su coro de advertencias.

Siempre hubo quienes vieron una oportunidad. Y siempre hubo quienes vieron un final.

La inteligencia artificial no rompe esa lógica. La continúa.

Pero tiene una particularidad: acelera. Reduce tiempos, achica distancias, expone con mayor crudeza las diferencias entre quienes deciden incorporarla y quienes prefieren esperar.

Y ahí es donde aparece el verdadero punto de inflexión.

No en la tecnología en sí, sino en la actitud frente a ella.

Porque mientras algunos discuten si esto es bueno o malo, otros ya están aprendiendo a usarlo. Mientras unos temen perder lo que tienen, otros empiezan a construir algo nuevo con las mismas herramientas.

No hay reemplazo inmediato y masivo como muchos imaginan. Lo que hay es desplazamiento. Transformación. Reconfiguración de tareas que dejan de tener sentido tal como las conocíamos.

Y en ese proceso, la diferencia no la marca la herramienta. La marca la decisión.
Subirse no garantiza nada. Pero quedarse mirando, tampoco.
Un día un tal steve Jobs dijo: "Podemos mirar atrás y decir 'Dios, fuimos parte de eso', es grandioso"


No tuve opción

Aprender, adaptarme, volver a empezar… no fue una elección elegante. Fue necesidad.
Con más esfuerzo del que hubiera querido y con menos herramientas de las que hoy están al alcance de cualquiera.
Por eso me cuesta entender cierta resistencia. No desde el enojo, sino desde la sorpresa.

Porque mientras algunos siguen discutiendo si esto es bueno o malo, otros ya están aprendiendo a usarlo. Y en esa diferencia, silenciosa pero constante, se empieza a definir el lugar que cada uno va a ocupar.

La inteligencia artificial no quiere quedarse con tu trabajo. Ni siquiera sabe de qué trabajás. No tiene intención, no tiene voluntad. Existe a la espera de un pedido, de una interacción, de alguien que la ponga en movimiento.
Es, en esencia, una herramienta. Pero no una más.

Es, probablemente, la herramienta más potente que haya tenido a mano cualquier persona para expandir su conocimiento, para acortar caminos, para animarse a hacer cosas que antes estaban fuera de alcance.
Y ahí es donde aparece el verdadero dilema. No entre humanos y máquinas. Sino entre quedarse quieto o avanzar.

Cada época tuvo su tren. Esta también

La diferencia es que hoy no pasa de largo en silencio. Está delante nuestro, abierto, accesible, esperando.
Podemos subirnos y aprender a movernos a su velocidad. O podemos quedarnos en el andén, viendo cómo otros parten.
Incluso existe una tercera opción: dudar lo suficiente como para quedar en el medio de la vía.
Y ahí, el problema ya no es la inteligencia artificial.
Es la decisión de no moverse a tiempo… cuando el tren ya está en marcha.

Porque a veces no se trata de subirse. Se trata, simplemente, de correrse a tiempo.

Y entender por qué.

 

 

 








 


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