| Hay una vieja expresión
popular que dice que algunas cosas se hacen "entre gallos
y medianoche". Es decir, cuando casi nadie mira, cuando
la atención está puesta en otro lado y cuando
el ruido de los acontecimientos tapa cualquier discusión
molesta.
Mientras millones de argentinos seguían
la final del Mundial con la pasión de siempre, otra
noticia avanzaba casi en silencio.
Los senadores nacionales quedaron alcanzados
por un nuevo incremento en sus dietas que llevará
sus ingresos mensuales por encima de los 11 millones de
pesos brutos y, según distintas estimaciones, cerca
de los 12 millones en los próximos meses debido al
mecanismo que las vincula con las paritarias del Congreso.
No se trata de discutir solamente si corresponde
o no un aumento. Esa es otra discusión. Lo llamativo
es el contexto.
Durante años la política intentó
apropiarse de las grandes alegrías populares. Quiso
fotografiarse con los campeones, recibirlos desde los balcones
del poder y convertir un triunfo deportivo en un capital
político.
Pero esa época parece
haber terminado.
Los jugadores ya no quieren prestarse a
ese juego. Buena parte de la sociedad tampoco lo acepta.
El prestigio de una selección, incluso cuando pierde,
continúa convocando multitudes. La dirigencia política,
en cambio, atraviesa una crisis de representación
que ningún acto oficial consigue disimular.
Quizá por eso resulte inevitable
preguntarse si algunas decisiones encuentran el momento
ideal cuando la emoción colectiva ocupa todas las
pantallas.
No hace falta imaginar conspiraciones. Basta
con observar un hecho repetido muchas veces: cuando el país
entero mira hacia un lado, el poder suele aprovechar para
resolver cuestiones que preferiría discutir con menos
espectadores.
Los mundiales tienen esa
paradoja.
Durante la antigua Grecia, los Juegos Olímpicos
imponían una tregua. El deporte suspendía
las guerras.
Los mundiales modernos, en cambio, producen otra clase de
fenómeno: concentran la atención de pueblos
enteros en un único acontecimiento. Y mientras millones
celebran, sufren o lloran frente a una pantalla, la maquinaria
del Estado sigue funcionando.
A veces demasiado silenciosamente. Porque el verdadero problema
nunca fue el fútbol.
El problema aparece cuando la pasión de la gente
se convierte en la mejor cortina para que el poder haga
lo que, en otro contexto, debería explicar mucho
mejor.
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