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Cada época tuvo su forma de disciplinar
a la prensa.
Algunas recurrieron a la censura directa. Otras al miedo.
Otras a la pauta oficial, al apriete económico, a
la persecución judicial o al linchamiento público
desde el poder. Cambian las herramientas, cambian los discursos,
cambian las ideologías
pero el mecanismo suele
ser el mismo: cuando un gobierno comienza a considerar peligrosa
a la prensa libre, algo más profundo empieza a deteriorarse.
La historia enseña que cada vez que
se atacó al periodismo, lo que vino después
fue peor.
No importa demasiado si el poder se presenta
con discursos revolucionarios, nacionalistas, liberales
o populares. Cuando la crítica deja de ser tolerada
y pasa a ser considerada una amenaza, la democracia empieza
lentamente a vaciarse por dentro. Primero se desacredita
al periodista. Después se cuestiona al medio. Más
tarde se instala la idea que informar es operar. Y finalmente
se intenta convencer a la sociedad que solo existe una verdad
legítima: la verdad oficial.
El problema nunca es solamente el periodismo.
El verdadero problema es todo lo que viene después.
El Día Mundial de la Libertad de
Prensa, establecido cada 3 de mayo, no existe como una celebración
corporativa para periodistas. Existe como advertencia. Como
recordatorio que una sociedad mal informada es mucho más
fácil de manipular. También como homenaje
a quienes perdieron la vida intentando contar aquello que
alguien quería ocultar.
Y el contexto global actual no es precisamente
alentador.
El informe 2026 del Índice de Transformación
BTI (Bertelsmann Transformation Index), elaborado en Alemania
por cientos de especialistas de universidades y centros
de estudio de más de 120 países, revela un
dato inquietante: por primera vez en veinte años,
las autocracias superan en número a las democracias.
El 56% de los 137 países analizados
son considerados actualmente gobiernos autocráticos.
El dato, por sí solo, ya resulta
alarmante. Pero lo más preocupante es el deterioro
acumulado. Según el estudio, dos de cada tres países
son hoy menos democráticos que en 2006. La libertad
de prensa, la libertad de expresión y el derecho
a la protesta atraviesan su peor momento en dos décadas.
Los procesos electorales muestran niveles crecientes de
desigualdad y manipulación. Y la calidad global de
gobernanza cayó a mínimos históricos.
No se trata de una casualidad ni de hechos
aislados. Es una tendencia.
Cuando las economías se deterioran,
cuando aumentan el descontento social y la incertidumbre,
muchos gobiernos encuentran más sencillo controlar
el relato que resolver los problemas. Entonces aparece el
enemigo interno: El periodista o el medio crítico.
El comunicador que pregunta demasiado.
Y ahí comienza la degradación.
La experiencia histórica demuestra
que los ataques a la prensa rara vez empiezan con clausuras
espectaculares o censura explícita. Generalmente
comienzan mucho antes, de manera más sutil. Con campañas
de desprestigio. Con acusaciones permanentes. Con el intento
de dividir entre "periodistas buenos" y "periodistas
enemigos". Con el uso del aparato estatal o partidario
para intimidar, asfixiar o disciplinar voces.
Después, casi siempre, el límite
se corre un poco más.
Lo preocupante es que este fenómeno
no pertenece a una sola ideología. Gobiernos de derecha,
de izquierda, populistas, neoliberales, nacionalistas o
progresistas han caído, en distintos momentos de
la historia, en la tentación de domesticar la prensa.
Porque el periodismo libre incomoda. Y debe
incomodar.
El periodismo no nació para aplaudir
al poder.
Nació para observarlo, investigarlo y señalar
sus contradicciones.
Por eso resulta peligroso cuando desde el
poder político se instala la idea de que toda crítica
es una conspiración o toda pregunta un acto de desestabilización.
Porque en ese punto ya no se busca debatir: se busca silenciar.
Y cuando una sociedad empieza a naturalizar
el silenciamiento, pierde algo más importante que
un medio o un periodista.
Pierde el derecho a saber.
En Argentina, como en muchos otros países,
el problema no es nuevo. Distintos gobiernos, con distintos
signos políticos, han intentado en mayor o menor
medida premiar obediencias y castigar disidencias. Algunos
mediante la pauta. Otros mediante presiones. Otros usando
estructuras partidarias, fiscales, sindicales o empresariales.
Cambian los nombres. La lógica suele
repetirse.
"Lo sé también desde
la experiencia personal. Porque quienes ejercen un periodismo
crítico suelen quedar atrapados en una tierra de
nadie: demasiado cuestionadores para unos y demasiado difíciles
de encasillar para otros."
Pero aun así, el periodismo sigue siendo necesario.
Quizás más que nunca.
En 1971, durante un debate en el Congreso
de los Estados Unidos sobre libertad de expresión,
Hugh Hefner -el polémico fundador de Playboy- pronunció
una frase que todavía conserva fuerza simbólica:
"Yo soy el piso del periodismo."
La idea detrás de aquella provocación era
sencilla: si una sociedad acepta censurar aquello que considera
vulgar, incómodo o molesto, tarde o temprano terminará
censurando también lo importante.
La libertad de expresión no se defiende
solamente cuando habla quien nos gusta.
Se defiende especialmente cuando habla quien incomoda.
Tal vez por eso las democracias más
sólidas no son las que tienen gobiernos perfectos.
Son las que toleran preguntas imperfectas.
Defender la libertad de prensa no implica
defender errores, operaciones, excesos o miserias del oficio
periodístico. Implica entender algo mucho más
profundo: que una prensa imperfecta sigue siendo infinitamente
menos peligrosa que un poder sin control.
Porque cuando el periodismo calla por miedo,
presión o conveniencia, el silencio nunca queda vacío.
Ese espacio siempre termina siendo ocupado por propaganda.
Y la propaganda jamás informa.Solo obedece.
El poeta alemán Heinrich Heine escribió
una frase que atravesó siglos y tragedias:
"Donde se queman libros, se terminan
quemando personas."
Quizás hoy habría que actualizarla.
Donde primero se persigue a periodistas, después
se persigue a ciudadanos. Y cuando eso ocurre, ya suele
ser demasiado tarde.
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