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Día Mundial de la Libertad de Prensa

Cuando callar al periodismo se vuelve política de Estado



3 de mayo de 2026

Autor | @escobarsite | N de la R

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Cada época tuvo su forma de disciplinar a la prensa.
Algunas recurrieron a la censura directa. Otras al miedo. Otras a la pauta oficial, al apriete económico, a la persecución judicial o al linchamiento público desde el poder. Cambian las herramientas, cambian los discursos, cambian las ideologías… pero el mecanismo suele ser el mismo: cuando un gobierno comienza a considerar peligrosa a la prensa libre, algo más profundo empieza a deteriorarse.

La historia enseña que cada vez que se atacó al periodismo, lo que vino después fue peor.

No importa demasiado si el poder se presenta con discursos revolucionarios, nacionalistas, liberales o populares. Cuando la crítica deja de ser tolerada y pasa a ser considerada una amenaza, la democracia empieza lentamente a vaciarse por dentro. Primero se desacredita al periodista. Después se cuestiona al medio. Más tarde se instala la idea que informar es operar. Y finalmente se intenta convencer a la sociedad que solo existe una verdad legítima: la verdad oficial.

El problema nunca es solamente el periodismo. El verdadero problema es todo lo que viene después.

El Día Mundial de la Libertad de Prensa, establecido cada 3 de mayo, no existe como una celebración corporativa para periodistas. Existe como advertencia. Como recordatorio que una sociedad mal informada es mucho más fácil de manipular. También como homenaje a quienes perdieron la vida intentando contar aquello que alguien quería ocultar.

Y el contexto global actual no es precisamente alentador.

El informe 2026 del Índice de Transformación BTI (Bertelsmann Transformation Index), elaborado en Alemania por cientos de especialistas de universidades y centros de estudio de más de 120 países, revela un dato inquietante: por primera vez en veinte años, las autocracias superan en número a las democracias.

El 56% de los 137 países analizados son considerados actualmente gobiernos autocráticos.

El dato, por sí solo, ya resulta alarmante. Pero lo más preocupante es el deterioro acumulado. Según el estudio, dos de cada tres países son hoy menos democráticos que en 2006. La libertad de prensa, la libertad de expresión y el derecho a la protesta atraviesan su peor momento en dos décadas. Los procesos electorales muestran niveles crecientes de desigualdad y manipulación. Y la calidad global de gobernanza cayó a mínimos históricos.

No se trata de una casualidad ni de hechos aislados. Es una tendencia.

Cuando las economías se deterioran, cuando aumentan el descontento social y la incertidumbre, muchos gobiernos encuentran más sencillo controlar el relato que resolver los problemas. Entonces aparece el enemigo interno: El periodista o el medio crítico. El comunicador que pregunta demasiado.

Y ahí comienza la degradación.

La experiencia histórica demuestra que los ataques a la prensa rara vez empiezan con clausuras espectaculares o censura explícita. Generalmente comienzan mucho antes, de manera más sutil. Con campañas de desprestigio. Con acusaciones permanentes. Con el intento de dividir entre "periodistas buenos" y "periodistas enemigos". Con el uso del aparato estatal o partidario para intimidar, asfixiar o disciplinar voces.

Después, casi siempre, el límite se corre un poco más.

Lo preocupante es que este fenómeno no pertenece a una sola ideología. Gobiernos de derecha, de izquierda, populistas, neoliberales, nacionalistas o progresistas han caído, en distintos momentos de la historia, en la tentación de domesticar la prensa.

Porque el periodismo libre incomoda. Y debe incomodar.

El periodismo no nació para aplaudir al poder.
Nació para observarlo, investigarlo y señalar sus contradicciones.

Por eso resulta peligroso cuando desde el poder político se instala la idea de que toda crítica es una conspiración o toda pregunta un acto de desestabilización. Porque en ese punto ya no se busca debatir: se busca silenciar.

Y cuando una sociedad empieza a naturalizar el silenciamiento, pierde algo más importante que un medio o un periodista.
Pierde el derecho a saber.

En Argentina, como en muchos otros países, el problema no es nuevo. Distintos gobiernos, con distintos signos políticos, han intentado en mayor o menor medida premiar obediencias y castigar disidencias. Algunos mediante la pauta. Otros mediante presiones. Otros usando estructuras partidarias, fiscales, sindicales o empresariales.

Cambian los nombres. La lógica suele repetirse.

"Lo sé también desde la experiencia personal. Porque quienes ejercen un periodismo crítico suelen quedar atrapados en una tierra de nadie: demasiado cuestionadores para unos y demasiado difíciles de encasillar para otros."
Pero aun así, el periodismo sigue siendo necesario. Quizás más que nunca.

En 1971, durante un debate en el Congreso de los Estados Unidos sobre libertad de expresión, Hugh Hefner -el polémico fundador de Playboy- pronunció una frase que todavía conserva fuerza simbólica: "Yo soy el piso del periodismo."
La idea detrás de aquella provocación era sencilla: si una sociedad acepta censurar aquello que considera vulgar, incómodo o molesto, tarde o temprano terminará censurando también lo importante.

La libertad de expresión no se defiende solamente cuando habla quien nos gusta.
Se defiende especialmente cuando habla quien incomoda.

Tal vez por eso las democracias más sólidas no son las que tienen gobiernos perfectos.
Son las que toleran preguntas imperfectas.

Defender la libertad de prensa no implica defender errores, operaciones, excesos o miserias del oficio periodístico. Implica entender algo mucho más profundo: que una prensa imperfecta sigue siendo infinitamente menos peligrosa que un poder sin control.

Porque cuando el periodismo calla por miedo, presión o conveniencia, el silencio nunca queda vacío. Ese espacio siempre termina siendo ocupado por propaganda.
Y la propaganda jamás informa.Solo obedece.

El poeta alemán Heinrich Heine escribió una frase que atravesó siglos y tragedias:

"Donde se queman libros, se terminan quemando personas."

Quizás hoy habría que actualizarla. Donde primero se persigue a periodistas, después se persigue a ciudadanos. Y cuando eso ocurre, ya suele ser demasiado tarde.











 


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