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Una estudiante de Comunicación
me pidió ayuda para su tesis de graduación.
Quería investigar los medios de los años
setenta y algunos de los desafíos que enfrentaban
entonces: la censura, los modelos de financiamiento y
hasta problemas domésticos de la actividad periodística
que el avance tecnológico fue resolviendo o transformando.
Poseo una interesante hemeroteca donde
conviven periódicos de distintas épocas
y de diversos países. Entre sus estantes descansan
ejemplares que registraron guerras, cambios de gobierno,
hitos científicos y acontecimientos que modificaron
el rumbo de la humanidad. Cada tanto vuelvo a ellos. A
veces por curiosidad, otras por trabajo. Siempre con la
sensación que el pasado todavía tiene algo
para decir.
Mientras revisaba algunos ejemplares encontré
una página que captó mi atención
de inmediato. Era un diario de octubre de 2001. Un artículo
en particular parecía escapado de una edición
actual. Jubilados, medicamentos, desempleo, consumo, clase
media, asistencia social. Cambian los montos. Cambian
los funcionarios. Cambian los nombres de los programas.
Lo demás permanece inquietantemente igual.
Miré nuevamente la fecha para asegurarme
de no estar leyendo una edición reciente. No lo
era. El diario tenía casi un cuarto de siglo.
Tal vez la utilidad de una hemeroteca
no sea recordar lo que pasó. Tal vez su verdadero
valor consista en mostrar aquello que todavía no
hemos logrado dejar atrás.
El 7 de octubre de 2001 Argentina estaba
a menos de tres meses del estallido de diciembre. Faltaban
apenas semanas para el corralito y para la caída
del gobierno de Fernando de la Rúa. Lo que estaba
frente a mis ojos no era una noticia cualquiera. Era una
fotografía tomada cuando el sistema ya crujía,
aunque todavía muchos no percibían la magnitud
de la crisis que se aproximaba.
¿Por qué
ciertas noticias argentinas envejecen tan poco?
Cuando uno revisa hemerotecas de países
que lograron estabilizarse encuentra otros debates. Discuten
envejecimiento poblacional, automatización, inteligencia
artificial, productividad, transición energética
o competitividad global. Problemas complejos, sin duda,
pero distintos a los de décadas anteriores.
En cambio, buena parte de la discusión
argentina parece regresar una y otra vez al mismo punto:
cómo amortiguar una crisis social que reaparece
periódicamente.
La historia no se repite. Nosotros repetimos
la historia.
Y allí aparece una cuestión
particularmente interesante para quien ejerce el periodismo.
La hemeroteca no sirve solamente para recordar el pasado.
Sirve para detectar las repeticiones. Cuando una noticia
de hace veinticinco años parece escrita ayer, deja
de ser una noticia vieja y se transforma en una pista.
¿Qué hacer con una noticia
que ya pasó pero que nunca terminó de resolverse?
La pregunta parece sencilla, pero encierra
un problema mayor. ¿Cuándo termina realmente
una noticia? ¿Cuando abandona la portada de un
diario o cuando desaparecen las causas que la originaron?
La historia suele enseñarse como
una línea recta que avanza. Sin embargo, algunas
sociedades parecen vivirla como una espiral. Se mueven,
cambian los protagonistas, se modifican los escenarios
y las herramientas, pero cada cierto tiempo regresan a
los mismos debates fundamentales.
Ese movimiento termina produciendo una
forma silenciosa de desgaste. Un cansancio colectivo que
lleva a aceptar como novedoso aquello que en realidad
ya fue discutido, ensayado y archivado. El observador
distraído cree estar frente a un acontecimiento
nuevo cuando, en muchos casos, apenas está escuchando
el eco de una conversación inconclusa.
Algunas páginas de archivo no cuentan
lo que pasó. Advierten lo que sigue pasando.
Cerré el diario y lo devolví
a la estantería. La fecha decía 7 de octubre
de 2001. Los nombres eran otros. Los precios eran otros.
El país era otro. O al menos eso creemos.
Porque después de leer aquellas
páginas resulta difícil escapar a una sospecha
inquietante: el pasado no vuelve. El pasado nunca se fue.
Domingo 7 de octubre de 2001 - CLARIN -
ECONOMIA - Pag. 19
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