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Hay noticias viejas que no envejecen


El pasado no vuelve, porque nunca se fue

La pregunta no es por qué la noticia se parece a las actuales. La pregunta es por qué las actuales se parecen tanto a aquella. No estamos leyendo el pasado. El pasado nos está leyendo a nosotros.


6 de julio de 2026

Autor de la nota | @jorgecarusso para @escobarsite

Una estudiante de Comunicación me pidió ayuda para su tesis de graduación. Quería investigar los medios de los años setenta y algunos de los desafíos que enfrentaban entonces: la censura, los modelos de financiamiento y hasta problemas domésticos de la actividad periodística que el avance tecnológico fue resolviendo o transformando.

Poseo una interesante hemeroteca donde conviven periódicos de distintas épocas y de diversos países. Entre sus estantes descansan ejemplares que registraron guerras, cambios de gobierno, hitos científicos y acontecimientos que modificaron el rumbo de la humanidad. Cada tanto vuelvo a ellos. A veces por curiosidad, otras por trabajo. Siempre con la sensación que el pasado todavía tiene algo para decir.

Mientras revisaba algunos ejemplares encontré una página que captó mi atención de inmediato. Era un diario de octubre de 2001. Un artículo en particular parecía escapado de una edición actual. Jubilados, medicamentos, desempleo, consumo, clase media, asistencia social. Cambian los montos. Cambian los funcionarios. Cambian los nombres de los programas. Lo demás permanece inquietantemente igual.

Miré nuevamente la fecha para asegurarme de no estar leyendo una edición reciente. No lo era. El diario tenía casi un cuarto de siglo.

Tal vez la utilidad de una hemeroteca no sea recordar lo que pasó. Tal vez su verdadero valor consista en mostrar aquello que todavía no hemos logrado dejar atrás.

El 7 de octubre de 2001 Argentina estaba a menos de tres meses del estallido de diciembre. Faltaban apenas semanas para el corralito y para la caída del gobierno de Fernando de la Rúa. Lo que estaba frente a mis ojos no era una noticia cualquiera. Era una fotografía tomada cuando el sistema ya crujía, aunque todavía muchos no percibían la magnitud de la crisis que se aproximaba.

¿Por qué ciertas noticias argentinas envejecen tan poco?

Cuando uno revisa hemerotecas de países que lograron estabilizarse encuentra otros debates. Discuten envejecimiento poblacional, automatización, inteligencia artificial, productividad, transición energética o competitividad global. Problemas complejos, sin duda, pero distintos a los de décadas anteriores.

En cambio, buena parte de la discusión argentina parece regresar una y otra vez al mismo punto: cómo amortiguar una crisis social que reaparece periódicamente.

La historia no se repite. Nosotros repetimos la historia.

Y allí aparece una cuestión particularmente interesante para quien ejerce el periodismo. La hemeroteca no sirve solamente para recordar el pasado. Sirve para detectar las repeticiones. Cuando una noticia de hace veinticinco años parece escrita ayer, deja de ser una noticia vieja y se transforma en una pista.

¿Qué hacer con una noticia que ya pasó pero que nunca terminó de resolverse?

La pregunta parece sencilla, pero encierra un problema mayor. ¿Cuándo termina realmente una noticia? ¿Cuando abandona la portada de un diario o cuando desaparecen las causas que la originaron?

La historia suele enseñarse como una línea recta que avanza. Sin embargo, algunas sociedades parecen vivirla como una espiral. Se mueven, cambian los protagonistas, se modifican los escenarios y las herramientas, pero cada cierto tiempo regresan a los mismos debates fundamentales.

Ese movimiento termina produciendo una forma silenciosa de desgaste. Un cansancio colectivo que lleva a aceptar como novedoso aquello que en realidad ya fue discutido, ensayado y archivado. El observador distraído cree estar frente a un acontecimiento nuevo cuando, en muchos casos, apenas está escuchando el eco de una conversación inconclusa.

Algunas páginas de archivo no cuentan lo que pasó. Advierten lo que sigue pasando.

Cerré el diario y lo devolví a la estantería. La fecha decía 7 de octubre de 2001. Los nombres eran otros. Los precios eran otros. El país era otro. O al menos eso creemos.

Porque después de leer aquellas páginas resulta difícil escapar a una sospecha inquietante: el pasado no vuelve. El pasado nunca se fue.



Domingo 7 de octubre de 2001 - CLARIN - ECONOMIA - Pag. 19









 


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