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El mundo siempre estuvo en guerra. Pero
hay momentos en los que la guerra deja de ser un hecho
y pasa a ser un clima.
No es un conflicto puntual.No tiene un
frente definido. Es una sensación que atraviesa
fronteras, discursos y tecnologías. Una tensión
que se respira.
El llamado "Reloj del Juicio Final",
impulsado por científicos desde la era nuclear,
hoy está a apenas segundos de la medianoche. Nunca
estuvo tan cerca. No mide el tiempo: mide el riesgo.
Y el riesgo ya no es una
hipótesis.
El año 2026 no inventó la
guerra, pero la volvió a exhibir sin disfraces.
En un mundo hiperconectado, con satélites, inteligencia
artificial y relatos globales de progreso, los conflictos
armados siguen siendo el lenguaje más primitivo
-y efectivo- de la política internacional.
La historia, en ese sentido,
no sorprende. Se repite.
Las guerras antiguas fueron territoriales.
El siglo XX las volvió ideológicas. La Guerra
Fría las transformó en amenaza contenida.
El mundo posterior las fragmentó en conflictos
locales.
Hoy, la guerra es difusa, tecnológica y permanente.
Cuando Robert Oppenheimer vio el resultado
de su creación, citó al Bhagavad Gita: "Ahora
me he convertido en la muerte, el destructor de mundos".
No era una metáfora. Era una advertencia.
El reloj no es casual. Es un símbolo
creado por quienes entendieron, demasiado tarde, lo que
habían puesto en marcha.
Pero la guerra no se sostiene sola. Necesita
algo más. Necesita combustible. El odio.
No siempre nace de la gente. A veces es
sembrado con precisión quirúrgica, cultivado
con esmero y amplificado con tecnología. Hay discursos
que no buscan convencer, sino dividir. Hay liderazgos
que no necesitan consenso, sino enemigos.
Surge entonces una pregunta: ¿qué
pasa si un líder deja de tener enemigos?
Porque así como a los fabricantes
de armas les convienen las guerras, a ciertos actores
les conviene el odio. Moviliza, ordena, fideliza. En la
confusión, algunos hacen su negocio.
No todo caos es un error. A veces es una
estrategia.
La historia también
tiene sus zonas de sombra.
El llamado oscurantismo no se denominó
así por la falta de energía eléctrica.
Fue, más bien, una época en la que la humanidad
eligió -o aceptó- limitar sus preguntas.
Durante siglos, el conocimiento avanzó condicionado
por relatos que no admitían discusión. No
era tiempo de explorar, sino de creer. No de comprobar,
sino de obedecer.
Cabe una duda:
¿qué hubiera pasado si esa misma energía
colectiva se hubiera volcado al desarrollo del conocimiento
en lugar de a la defensa de certezas?
Tal vez hoy la humanidad estaría discutiendo cómo
moverse entre estrellas
y no cómo sobrevivir
en su propio planeta.
Pero la historia no se escribe con hipótesis. Se
escribe con decisiones. Y algunas decisiones dejan huella
durante siglos.
Hoy, en pleno desarrollo tecnológico,
el mundo arrastra fragmentos de aquella lógica:
sociedades que aún se organizan alrededor de verdades
absolutas, conflictos que encuentran justificación
en lo sagrado, líderes que convierten creencias
en banderas.
El resultado no es nuevo
Pueblos enfrentados en nombre de aquello
que no puede demostrarse. Relatos convertidos en trincheras.
Y una humanidad que, otra vez, corre el riesgo de romper
el tablero
convencida de estar defendiendo la verdad.
La Tierra ya atravesó cinco grandes extinciones
masivas. Eventos que eliminaron hasta el 75% de las especies
y, sin embargo, la vida siguió.
Pero esta vez hay una diferencia incómoda.
No es un asteroide. No es un volcán. Es una
especie que desarrolló la capacidad de eliminarse
a sí misma
y lo sabe.
Tal vez esta vez el pesticida llegue
al corazón del hormiguero. Y no quede nada para
reiniciar.
Frente a ese escenario, aparece otra imagen. La de los
refugios.
Millonarios que compran tierras aisladas, construyen búnkeres,
proyectan escapes. No intentan salvar al mundo. Intentan
salvarse del mundo.
Una versión moderna del arca de Noé, pero
sin todos.
El problema es que incluso esa lógica tiene una
falla: la civilización no es un objeto que se guarda.
Es una red. Y las redes, cuando se rompen, no siempre
vuelven.
La historia insiste
Roma cayó creyéndose eterna. Europa se incendió
convencida de su ilustración.
El siglo XXI, con toda su tecnología, no parece
ser la excepción.
Las civilizaciones no colapsan por un único factor.
Lo hacen por acumulación: desigualdad, concentración
de poder, crisis ambientales, conflictos internos.
Hoy, todos esos elementos conviven al mismo tiempo.
Tal vez el problema no sea la guerra. La guerra siempre
existió.
El problema es que, por primera vez, tenemos todo lo necesario
para terminarla
junto con todo lo demás.
El reloj no marca la hora del fin. Marca algo peor:
Nuestra incapacidad de detenernos.
Y esta vez, sabemos exactamente lo que estamos haciendo.
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