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Editorial | Opinión |

El mundo en guerra

 

Del reloj de Oppenheimer al arca de los millonarios

Entre el miedo, el odio y la ilusión de salvación, la humanidad vuelve a acercarse al límite.


28 de marzo de 2026

Fuente del contenido | @escobarsite
Autor | @jorgecarusso

Sobre la firma

El mundo siempre estuvo en guerra. Pero hay momentos en los que la guerra deja de ser un hecho… y pasa a ser un clima.

No es un conflicto puntual.No tiene un frente definido. Es una sensación que atraviesa fronteras, discursos y tecnologías. Una tensión que se respira.

El llamado "Reloj del Juicio Final", impulsado por científicos desde la era nuclear, hoy está a apenas segundos de la medianoche. Nunca estuvo tan cerca. No mide el tiempo: mide el riesgo.

Y el riesgo ya no es una hipótesis.

El año 2026 no inventó la guerra, pero la volvió a exhibir sin disfraces. En un mundo hiperconectado, con satélites, inteligencia artificial y relatos globales de progreso, los conflictos armados siguen siendo el lenguaje más primitivo -y efectivo- de la política internacional.

La historia, en ese sentido, no sorprende. Se repite.

Las guerras antiguas fueron territoriales. El siglo XX las volvió ideológicas. La Guerra Fría las transformó en amenaza contenida. El mundo posterior las fragmentó en conflictos locales.
Hoy, la guerra es difusa, tecnológica y permanente.

Cuando Robert Oppenheimer vio el resultado de su creación, citó al Bhagavad Gita: "Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos".

No era una metáfora. Era una advertencia.

El reloj no es casual. Es un símbolo creado por quienes entendieron, demasiado tarde, lo que habían puesto en marcha.

Pero la guerra no se sostiene sola. Necesita algo más. Necesita combustible. El odio.

No siempre nace de la gente. A veces es sembrado con precisión quirúrgica, cultivado con esmero y amplificado con tecnología. Hay discursos que no buscan convencer, sino dividir. Hay liderazgos que no necesitan consenso, sino enemigos.

Surge entonces una pregunta: ¿qué pasa si un líder deja de tener enemigos?

Porque así como a los fabricantes de armas les convienen las guerras, a ciertos actores les conviene el odio. Moviliza, ordena, fideliza. En la confusión, algunos hacen su negocio.

No todo caos es un error. A veces es una estrategia.

La historia también tiene sus zonas de sombra.

El llamado oscurantismo no se denominó así por la falta de energía eléctrica. Fue, más bien, una época en la que la humanidad eligió -o aceptó- limitar sus preguntas.

Durante siglos, el conocimiento avanzó condicionado por relatos que no admitían discusión. No era tiempo de explorar, sino de creer. No de comprobar, sino de obedecer.

Cabe una duda:

¿qué hubiera pasado si esa misma energía colectiva se hubiera volcado al desarrollo del conocimiento en lugar de a la defensa de certezas?

Tal vez hoy la humanidad estaría discutiendo cómo moverse entre estrellas… y no cómo sobrevivir en su propio planeta.

Pero la historia no se escribe con hipótesis. Se escribe con decisiones. Y algunas decisiones dejan huella durante siglos.

Hoy, en pleno desarrollo tecnológico, el mundo arrastra fragmentos de aquella lógica: sociedades que aún se organizan alrededor de verdades absolutas, conflictos que encuentran justificación en lo sagrado, líderes que convierten creencias en banderas.

El resultado no es nuevo

Pueblos enfrentados en nombre de aquello que no puede demostrarse. Relatos convertidos en trincheras. Y una humanidad que, otra vez, corre el riesgo de romper el tablero… convencida de estar defendiendo la verdad.

La Tierra ya atravesó cinco grandes extinciones masivas. Eventos que eliminaron hasta el 75% de las especies y, sin embargo, la vida siguió.
Pero esta vez hay una diferencia incómoda.

No es un asteroide. No es un volcán. Es una especie que desarrolló la capacidad de eliminarse a sí misma… y lo sabe.

Tal vez esta vez el pesticida llegue al corazón del hormiguero. Y no quede nada para reiniciar.

Frente a ese escenario, aparece otra imagen. La de los refugios.
Millonarios que compran tierras aisladas, construyen búnkeres, proyectan escapes. No intentan salvar al mundo. Intentan salvarse del mundo.
Una versión moderna del arca de Noé, pero sin todos.

El problema es que incluso esa lógica tiene una falla: la civilización no es un objeto que se guarda. Es una red. Y las redes, cuando se rompen, no siempre vuelven.

La historia insiste

Roma cayó creyéndose eterna. Europa se incendió convencida de su ilustración.
El siglo XXI, con toda su tecnología, no parece ser la excepción.
Las civilizaciones no colapsan por un único factor. Lo hacen por acumulación: desigualdad, concentración de poder, crisis ambientales, conflictos internos.
Hoy, todos esos elementos conviven al mismo tiempo.

Tal vez el problema no sea la guerra. La guerra siempre existió.

El problema es que, por primera vez, tenemos todo lo necesario para terminarla… junto con todo lo demás.


El reloj no marca la hora del fin. Marca algo peor:
Nuestra incapacidad de detenernos.

Y esta vez, sabemos exactamente lo que estamos haciendo.


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Sobre la Firma
                 @jorgecarusso | linkedin.com/in/jorgecarusso | 
                 Periodista - Matr. 14.856 Ley 12.908

 






 


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