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La escena fue correcta, cordial. La convocatoria,
amplia, aunque no exenta de omisiones notorias ni de presencias
sorpresivas. Algunos que esperábamos no llegaron.
Otros, que no figuraban en los cálculos, trajeron
aportes valiosos. La reunión despejó ciertas
dudas y sembró otras que ni siquiera se nos habían
ocurrido. Así es el periodismo: siempre hay lugar
para lo inesperado.
No es la primera vez que se intenta algo así. En
el pasado hubo otros esbozos de articulación entre
colegas, casi siempre frustrados por la misma paradoja:
cuando el periodismo busca institucionalizarse, corre
el riesgo de volverse aquello que pretende cuestionar.
Nuestra función -la de los periodistas- cambia,
muta, se redefine. La tecnología no solo trastocó
los medios, sino la noción misma de noticia, verdad
e inmediatez. Las redes desdibujaron jerarquías.
Los públicos cambiaron. Pero lo que no debería
cambiar es nuestra brújula ética. Y en ese
sentido, para subsistir, debemos mantenernos indefectiblemente
-y esto no es negociable- dentro de una órbita
que podríamos llamar "ricitos de oro":
ni demasiado cerca del poder como para dejar de verlo,
ni tan lejos como para no entenderlo.
Ese equilibrio incómodo,
frágil, casi utópico, es la esencia del
buen periodismo: el que incomoda con respeto, observa
sin pertenecer y se equivoca sin esconder la mano. No
se trata de negarse a compartir una fecha o un homenaje.
Se trata de entender que, cuando se pronuncian discursos
en nombre de todos, el riesgo es que se silencie lo diverso.
La unanimidad suele ser el disfraz amable de la disciplina.
Recordar a Tilo Wenner es, también, recordar que
su oficio no consistía en recibir reconocimientos,
sino en hacer preguntas. Las mismas que hoy siguen siendo
necesarias, aunque duelan. Aunque no convengan. Aunque
nos dejen solos en la sala.
Y ese legado no pide homenajes:
pide coraje. Coraje para seguir preguntando, aun cuando
nadie quiere responder.
El periodismo es, quizás, el último espacio
donde el ciudadano tiene una rendija por donde entrar
y hackear el sistema.
Los valores periodísticos han cambiado notablemente.
Pero queda en nosotros decidir qué queremos conservar
y qué estamos dispuestos a dejar atrás.
Las redes no son el final: son apenas el inicio de algo
que todavía no sabemos nombrar. No hay nada escrito
aún
y si alguna vez lo hay, pierdan cuidado:
quienes hacemos periodismo lo vamos a escribir primero.
Nuestro futuro tal vez consista en fusionar lo tradicional
con lo nuevo. El lector fiel que busca confirmación
será reemplazado por otro, más inquieto,
más autónomo. Una foto convertida en meme,
un link comentado o una lectura compartida ya son parte
de nuestro terreno, nos guste o no.
Habrá que aprender a navegar esa lectura horizontal,
llena de incrustaciones, capas y voces múltiples.
Ya no alcanza con producir la mejor pieza literaria: el
desafío será integrarnos sin disolvernos,
sumar valor a lo que nace sin perder la identidad que
nos caracteriza.
Si el futuro nos exige
adaptarnos, que sea sin olvidarnos de quiénes somos.
Y si el sistema pretende incluirnos, que al menos no nos
convierta en parte del decorado.
En última instancia, no es el periodismo
el que debe adaptarse al poder. Es el poder el que debe
acostumbrarse a vivir con periodismo.
Aceptar que nunca seremos del todo parte -ni del poder,
ni del espectáculo- es, tal vez, nuestro destino
más noble. Porque ser periodista no es pertenecer.
Es persistir.
Y si alguna vez el periodismo
local cae en la tentación de hablar con una sola
voz, ojalá que alguien -aunque sea uno- se atreva
a decir: yo no firmé eso.
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