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La Argentina suele aparecer en los rankings
internacionales por sus exportaciones, sus científicos,
sus recursos naturales o sus logros deportivos. Esta vez,
sin embargo, el país quedó asociado a una
estadística menos celebrable: el Complejo Ambiental
Norte III, ubicado en Campo de Mayo y operado por CEAMSE,
fue señalado por el proyecto STOP Methane de la
Universidad de California (UCLA) como uno de los sitios
con mayores emisiones de metano detectadas a nivel mundial.
La información surge de observaciones
satelitales procesadas mediante datos públicos
de Carbon Mapper, una herramienta que permite identificar
grandes emisiones de este gas, considerado uno de los
principales responsables del calentamiento global en el
corto plazo.
Pero detrás del dato ambiental
aparece una pregunta mucho más incómoda:
¿cómo llegó el principal centro de
disposición de residuos de la Argentina a convertirse
en referencia mundial por aquello mismo que debería
controlar?
Durante décadas, la respuesta argentina
al crecimiento de los residuos urbanos fue esencialmente
la misma: enterrar basura. Cambiaron los gobiernos, las
campañas de concientización, las promesas
tecnológicas y los discursos ambientales. Sin embargo,
el corazón del sistema permaneció inalterable.
El problema es que el siglo XXI parece
estar cuestionando esa lógica.
Mientras países como Alemania,
Suecia, Países Bajos o Japón avanzan hacia
modelos basados en la reducción, separación,
reciclado, recuperación energética y minimización
del enterramiento, gran parte del sistema argentino continúa
dependiendo de rellenos sanitarios cada vez más
exigidos por el crecimiento demográfico y el consumo.
La contradicción resulta llamativa.
Según información oficial,
el Complejo Norte III posee sistemas de captación
de biogás y generación eléctrica
capaces de abastecer a unas 200.000 personas. Sin embargo,
los datos satelitales sugieren que las emisiones continúan
siendo extraordinariamente elevadas.
La discusión, entonces, deja de
ser exclusivamente técnica para convertirse también
en política.
CEAMSE no es una empresa privada ni un
organismo administrado únicamente por especialistas
ambientales. Su conducción responde a representantes
designados por los gobiernos de la Ciudad y de la Provincia
de Buenos Aires. Entre ellos se encuentra Claudio "Chiqui"
Tapia, integrante del directorio en representación
bonaerense, una figura pública que en los últimos
años también ha quedado vinculada indirectamente
a controversias, investigaciones y cuestionamientos judiciales
que involucran a personas de su entorno y que continúan
siendo objeto de análisis y debate público.
Sin embargo, el problema excede ampliamente
a cualquier nombre propio.
Porque cuando un relleno sanitario argentino
aparece liderando rankings internacionales de emisiones,
lo que queda bajo observación no es solamente una
gestión o un funcionario, sino un modelo completo
que lleva décadas funcionando bajo premisas que
hoy son cuestionadas en gran parte del mundo.
La historia de las ciudades puede leerse
a través de aquello que producen. También
a través de aquello que desechan.
Durante siglos, la humanidad creyó
que los residuos desaparecían cuando quedaban fuera
de la vista. Bastaba con alejarlos, enterrarlos o cubrirlos
para dar el problema por resuelto.
Los satélites demostraron que no
era así. La basura puede
quedar bajo tierra. Los gases no.
Y cuando terminan siendo visibles desde
el espacio, dejan de hablar únicamente de residuos.
Empiezan a hablar de decisiones políticas, prioridades
de gestión y de una pregunta que tarde o temprano
deberá responderse: si el mundo busca nuevas formas
de tratar sus desechos, ¿por qué nosotros
seguimos apostando a esconderlos bajo una montaña
cada vez más grande?
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