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Hay notas que uno escribe una vez. Otras
vuelven cada tanto. Y después están esas
que cansan, porque siempre recorren la misma huella, el
mismo camino, las mismas palabras. Lo peor no es repetirlas.
Lo peor es comprobar que la injusticia ya se volvió
paisaje.
Septiembre volverá a traer un aumento
para las jubilaciones mínimas. El incremento rondará
el 2,1%. Sin embargo, aun sumando el bono de $70.000 -congelado
desde marzo de 2024-, quienes cobran la mínima
seguirán sin alcanzar los $500.000. La cifra quedará
apenas por debajo de ese umbral simbólico.
Podría limitarme
a escribir ese dato y pasar a otra noticia. Pero hace
demasiado tiempo que esta historia se escribe igual.
Recuerdo un café con Marta Maffei.
No recuerdo el año. Sí recuerdo la frase.
Hablaba de la deuda pendiente con la tercera edad, como
si el país hubiese firmado un pagaré moral
que nunca encontró voluntad para cancelar.
También recuerdo a Domingo Cavallo
contando, entre lágrimas, que necesitaba diez mil
dólares mensuales para vivir. Mi padre murió
cobrando cien. No es una comparación económica;
es una postal de un país donde las escalas siempre
parecen medirse según quién habla.
Existe, además, otro contraste
difícil de ignorar. Mientras millones de jubilados
dependen de ingresos mínimos que apenas alcanzan
para cubrir lo indispensable, conviven regímenes
de privilegio y casos de jubilaciones extraordinarias
que recuerdan que no todas las vejeces pesan igual sobre
las cuentas del Estado. La desigualdad no necesita exagerarse
para resultar incómoda.
Y, por encima de todo, queda el mundo
de la política, donde los discursos suelen enfrentarse
con dureza, pero las discusiones sobre los ingresos propios
rara vez exhiben la misma intensidad.
Cuando comenzó el actual proceso
de ajuste se nos pidió tranquilidad. Se dijo que
el esfuerzo recaería sobre la "casta
política". Los que peinamos canas sospechábamos
otra cosa. No por pesimismo, sino por memoria. La historia
argentina tiene la costumbre de empezar prometiendo que
el sacrificio será excepcional y terminar convirtiéndolo
en costumbre.
Hoy el bono ya no parece un auxilio extraordinario.
Se volvió una pieza permanente del ingreso, pero
sin acompañar la inflación. Como si una
solución transitoria hubiera quedado detenida en
el tiempo mientras todo lo demás siguió
moviéndose.
No tengo un estudio que permita convertir
esta angustia en una estadística. Sería
irresponsable afirmarlo. Pero cuesta no pensar en los
miles de jubilados que enfrentan cada mes una elección
imposible: medicamentos, alimentos, alquiler, servicios.
No todos tuvieron una familia como la que sostuvo a mi
padre. No todos cuentan con un recurso extra que amortigüe
el golpe cotidiano.
Quizás lo más inquietante
sea otra cosa.
Que todo ocurre a la vista de todos.
Nos acostumbramos a discutir porcentajes,
bonos y decretos mientras dejamos de mirar los rostros
detrás de esos números. Y cuando una sociedad
deja de sorprenderse por el deterioro de quienes la ayudaron
a construir, el problema ya no pertenece únicamente
a la economía.
Pertenece a la memoria.
Porque un país
no solo se mide por cómo planifica su futuro, sino
también por cómo cuida a quienes forjaron
su pasado.
Y quizás ahí esté
el verdadero cansancio. No el de
escribir otra vez la misma nota.
Sino el de descubrir que, cada mes, la
realidad vuelve a dictarla casi palabra por palabra.
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