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Entre el cielo y la tierra


El terrorismo de las palabras

Mientras la política argentina discute el presente a los gritos, una institución que lleva más de veinte siglos observando el comportamiento humano volvió a lanzar una advertencia imposible de ignorar. No habló de inflación, elecciones ni estrategias de poder. Habló del lenguaje. Y quizás por eso su mensaje resultó más inquietante que muchos discursos partidarios.



6 de junio de 2026

Autor | N de la R | @escobarsite


Cuando los hombres de Mayo discutían el futuro del antiguo Virreinato del Río de la Plata, las palabras eran una herramienta de construcción. Las diferencias existían y eran profundas. Había proyectos distintos, intereses enfrentados y visiones incompatibles sobre el país que debía nacer. Sin embargo, detrás de aquellas discusiones apasionadas sobrevivía una convicción común: el futuro sólo podía construirse conversando.

Más de dos siglos después, la escena parece haberse invertido.

Vivimos rodeados de herramientas de comunicación que aquellos revolucionarios jamás habrían podido imaginar. Podemos opinar ante miles de personas en segundos, debatir con desconocidos al otro lado del planeta y acceder instantáneamente a información que antes demandaba años de búsqueda. Sin embargo, cuanto más conectados estamos, más difícil parece resultar el entendimiento. La tecnología multiplicó las voces, pero no necesariamente el diálogo.

Las homilías patrias del 25 de Mayo forman parte de una tradición mucho más relevante de lo que suele suponerse. Desde el regreso de la democracia, cada gobierno escuchó -con mayor o menor entusiasmo- las reflexiones que la Iglesia formula durante el Te Deum. Durante la presidencia de Raúl Alfonsín aquellas ceremonias formaban parte natural de la vida institucional. Más tarde llegarían momentos de tensión, críticas incómodas y períodos de distanciamiento.

Hubo años en que la Catedral Metropolitana dejó de ser el escenario elegido por el poder político para conmemorar la fecha patria. Los desencuentros eran evidentes. Las ausencias también. En aquellos tiempos uno de los nombres que más resonaba desde el púlpito era el del entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. Sus mensajes solían incomodar porque rara vez se detenían en las disputas partidarias; preferían señalar problemas más profundos y persistentes: la pobreza, la exclusión, la corrupción y la creciente fragmentación social.

Con el tiempo, Bergoglio se convertiría en Papa Francisco. Pero las homilías continuaron. Cambiaron los presidentes, cambiaron los partidos y cambiaron las consignas de moda. Lo que permaneció fue la costumbre de utilizar esa fecha para reflexionar sobre el estado moral y social del país.

Entre el cielo y la tierra

La relación entre la política y las verdaderas fuerzas del cielo siempre atravesó momentos de armonía y períodos de abierta tensión. No es un fenómeno nuevo ni exclusivamente argentino. Desde que existen gobernantes, existe también la tentación de confundir el poder circunstancial con una forma de eternidad.

Quizás por eso ciertos gestos se repiten una y otra vez a lo largo de la historia. Juramentos pronunciados con solemnidad que luego se olvidan en la práctica. Promesas formuladas ante símbolos que parecían sagrados y que terminan diluyéndose en las urgencias de la coyuntura. Declaraciones grandilocuentes destinadas a impresionar a los hombres, aunque no necesariamente convincentes para aquello que cada uno considere que existe por encima de ellos.

Naturalmente, nadie puede saber qué opina el cielo sobre estas cuestiones. Las respuestas no suelen llegar mediante comunicados oficiales ni conferencias de prensa. Sin embargo, la historia parece enseñar algo con bastante claridad: el poder político suele sobreestimar su propia importancia y subestimar la permanencia de ciertas instituciones, tradiciones y creencias que sobreviven a generaciones enteras de dirigentes.

Entre el cielo y la tierra hay mucho más que aire.

Existe un territorio invisible donde se encuentran las convicciones, los valores, las expectativas y las frustraciones de una sociedad. Es allí donde las palabras adquieren peso, donde los símbolos conservan significado y donde las acciones terminan revelando quiénes somos realmente.

La política puede administrar presupuestos, dictar leyes o ganar elecciones. La religión puede ofrecer principios morales, tradiciones y horizontes espirituales. Pero tarde o temprano ambas dimensiones terminan encontrándose en un mismo punto: la conducta humana. Y es precisamente allí donde todo se mezcla, se tensiona, se transforma y finalmente se vuelve visible.

Porque, en última instancia, las crisis de una sociedad rara vez son conflictos entre el cielo y la tierra.

Son conflictos entre personas.

Tal vez por eso una de las frases más citadas de los Evangelios conserva una vigencia sorprendente dos mil años después. Cuando le preguntaron sobre la relación entre el poder temporal y el espiritual, la respuesta fue tan simple como profunda: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".

La enseñanza no parecía destinada a separar dos mundos incomunicados. Más bien recordaba un límite. El César de turno -cualquiera sea su nombre, su partido o su época- puede administrar el poder. Pero no puede apropiarse de aquello que pertenece al terreno de las conciencias.
Y quizás sea precisamente allí donde comienzan las verdaderas fuerzas del cielo.

El terrorismo de las redes

Durante el último Te Deum, el arzobispo Jorge García Cuerva utilizó una expresión tan fuerte como precisa: "terrorismo de las redes".
La frase seguramente molestó a muchos. Tal vez porque obliga a mirar un fenómeno que preferimos atribuir siempre a otros. Después de todo, resulta más sencillo señalar a los responsables del deterioro del debate público que reconocer nuestra propia participación en él.

Porque la violencia no siempre deja edificios derrumbados ni víctimas visibles. A veces actúa de manera mucho más silenciosa. Se instala en el lenguaje cotidiano, contamina las conversaciones y transforma al adversario en enemigo. Su efecto no se mide en escombros sino en la pérdida gradual de confianza entre personas que comparten una misma sociedad.

Basta observar cualquier debate público para advertir cómo ha cambiado la conversación colectiva durante los últimos años. Sin que apenas lo notáramos, la descalificación comenzó a ocupar el lugar que antes tenía el argumento. La sospecha desplazó al análisis. El insulto pasó a ser una herramienta más eficaz que la razón. Poco a poco, la destrucción simbólica del otro dejó de ser una excepción para convertirse en una forma cotidiana de entretenimiento político y social.

Lo más llamativo es que nadie parece sentirse responsable. Los dirigentes apuntan contra los medios. Los medios responsabilizan a las redes sociales. Las plataformas señalan a los usuarios. Los usuarios culpan a los políticos. Y mientras cada actor encuentra un culpable diferente, la fractura continúa avanzando.

Sin embargo, sería un error creer que este fenómeno pertenece a un único sector ideológico. La intolerancia no tiene partido político. Puede encontrarse en la izquierda y en la derecha, entre oficialistas y opositores, entre periodistas y funcionarios, entre empresarios y sindicalistas, entre creyentes y ateos. Allí donde alguien se convence de poseer toda la verdad y deja de reconocer legitimidad en quien piensa distinto, comienza a germinar el mismo problema.

La historia humana ofrece demasiadas advertencias sobre este proceso. Los grandes conflictos rara vez comenzaron con armas. Antes hubo palabras. Antes hubo prejuicios. Antes hubo relatos destinados a transformar a determinados grupos en enemigos irreconciliables.

La degradación de la convivencia nunca ocurre de un día para otro. Primero aparece la ridiculización. Luego llega el desprecio. Más tarde surge la exclusión. Finalmente, cuando la sociedad se acostumbra a esa lógica, cualquier atropello encuentra justificaciones que antes habrían resultado impensables.

Los totalitarismos no comienzan cuando aparecen los campos de concentración. Comienzan mucho antes, cuando la palabra deja de tender puentes y empieza a fabricar enemigos. Cuando una parte de la sociedad acepta que determinadas personas ya no merecen ser escuchadas.

Por eso resulta significativo que, en una Argentina atravesada por dificultades económicas, inseguridad, pobreza estructural y un creciente desencanto político, una de las advertencias más contundentes de este 25 de Mayo haya estado relacionada con el lenguaje.

Porque las palabras nunca son simples sonidos.

Con ellas se redactan constituciones, se proclaman derechos, se construyen consensos y se transmiten valores entre generaciones. Con ellas se fundan países, se fortalecen democracias y se forjan identidades colectivas. Pero también pueden utilizarse para dividir, para estigmatizar y para destruir aquello que previamente ayudaron a crear.

La propia Revolución de Mayo ofrece una enseñanza en ese sentido. Aquellos hombres estaban lejos de formar un grupo homogéneo. No coincidían en todo ni compartían la misma visión del país. Sin embargo, comprendían que existían objetivos superiores a sus diferencias. Entendían que ninguna transformación duradera podía surgir únicamente de la confrontación.

Sabían algo que hoy parece haberse vuelto difícil de recordar. Una patria no se construye desde la trinchera. Se construye desde el encuentro.

Dos siglos después, esa lección parece perderse entre algoritmos, consignas y enfrentamientos permanentes. Disponemos de más canales de comunicación que cualquier generación anterior, pero dialogamos menos. Conocemos instantáneamente la opinión de los demás, aunque cada vez nos cuesta más comprender las razones que la sostienen. Hemos perfeccionado la velocidad para responder, pero estamos perdiendo la paciencia necesaria para escuchar.

Quizás por eso el desafío más urgente de nuestro tiempo no sea exclusivamente económico, tecnológico ni político. Tal vez consista en recuperar algo mucho más elemental y, al mismo tiempo, mucho más difícil: la capacidad de reconocernos como compatriotas antes que como enemigos.

Las naciones rara vez desaparecen por falta de recursos. Pero muchas veces comienzan a desmoronarse cuando sus habitantes dejan de verse como parte de una misma historia.

Y entonces ya no hacen falta bombas. Alcanzan las palabras.

 

 

 








 


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