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Cuando los hombres de Mayo discutían
el futuro del antiguo Virreinato del Río de la
Plata, las palabras eran una herramienta de construcción.
Las diferencias existían y eran profundas. Había
proyectos distintos, intereses enfrentados y visiones
incompatibles sobre el país que debía nacer.
Sin embargo, detrás de aquellas discusiones apasionadas
sobrevivía una convicción común:
el futuro sólo podía construirse conversando.
Más de dos siglos después,
la escena parece haberse invertido.
Vivimos rodeados de herramientas de comunicación
que aquellos revolucionarios jamás habrían
podido imaginar. Podemos opinar ante miles de personas
en segundos, debatir con desconocidos al otro lado del
planeta y acceder instantáneamente a información
que antes demandaba años de búsqueda. Sin
embargo, cuanto más conectados estamos, más
difícil parece resultar el entendimiento. La tecnología
multiplicó las voces, pero no necesariamente el
diálogo.
Las homilías patrias del 25 de
Mayo forman parte de una tradición mucho más
relevante de lo que suele suponerse. Desde el regreso
de la democracia, cada gobierno escuchó -con mayor
o menor entusiasmo- las reflexiones que la Iglesia formula
durante el Te Deum. Durante la presidencia de Raúl
Alfonsín aquellas ceremonias formaban parte natural
de la vida institucional. Más tarde llegarían
momentos de tensión, críticas incómodas
y períodos de distanciamiento.
Hubo años en que la Catedral Metropolitana
dejó de ser el escenario elegido por el poder político
para conmemorar la fecha patria. Los desencuentros eran
evidentes. Las ausencias también. En aquellos tiempos
uno de los nombres que más resonaba desde el púlpito
era el del entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario
Bergoglio. Sus mensajes solían incomodar porque
rara vez se detenían en las disputas partidarias;
preferían señalar problemas más profundos
y persistentes: la pobreza, la exclusión, la corrupción
y la creciente fragmentación social.
Con el tiempo, Bergoglio se convertiría
en Papa Francisco. Pero las homilías continuaron.
Cambiaron los presidentes, cambiaron los partidos y cambiaron
las consignas de moda. Lo que permaneció fue la
costumbre de utilizar esa fecha para reflexionar sobre
el estado moral y social del país.
Entre el cielo y la tierra
La relación entre la política
y las verdaderas fuerzas del cielo siempre atravesó
momentos de armonía y períodos de abierta
tensión. No es un fenómeno nuevo ni exclusivamente
argentino. Desde que existen gobernantes, existe también
la tentación de confundir el poder circunstancial
con una forma de eternidad.
Quizás por eso ciertos gestos se
repiten una y otra vez a lo largo de la historia. Juramentos
pronunciados con solemnidad que luego se olvidan en la
práctica. Promesas formuladas ante símbolos
que parecían sagrados y que terminan diluyéndose
en las urgencias de la coyuntura. Declaraciones grandilocuentes
destinadas a impresionar a los hombres, aunque no necesariamente
convincentes para aquello que cada uno considere que existe
por encima de ellos.
Naturalmente, nadie puede saber qué
opina el cielo sobre estas cuestiones. Las respuestas
no suelen llegar mediante comunicados oficiales ni conferencias
de prensa. Sin embargo, la historia parece enseñar
algo con bastante claridad: el poder político suele
sobreestimar su propia importancia y subestimar la permanencia
de ciertas instituciones, tradiciones y creencias que
sobreviven a generaciones enteras de dirigentes.
Entre el cielo y la tierra
hay mucho más que aire.
Existe un territorio invisible donde se
encuentran las convicciones, los valores, las expectativas
y las frustraciones de una sociedad. Es allí donde
las palabras adquieren peso, donde los símbolos
conservan significado y donde las acciones terminan revelando
quiénes somos realmente.
La política puede administrar presupuestos,
dictar leyes o ganar elecciones. La religión puede
ofrecer principios morales, tradiciones y horizontes espirituales.
Pero tarde o temprano ambas dimensiones terminan encontrándose
en un mismo punto: la conducta humana. Y es precisamente
allí donde todo se mezcla, se tensiona, se transforma
y finalmente se vuelve visible.
Porque, en última instancia, las
crisis de una sociedad rara vez son conflictos entre el
cielo y la tierra.
Son conflictos entre personas.
Tal vez por eso una de las frases más
citadas de los Evangelios conserva una vigencia sorprendente
dos mil años después. Cuando le preguntaron
sobre la relación entre el poder temporal y el
espiritual, la respuesta fue tan simple como profunda:
"Dad al César lo que es del César y
a Dios lo que es de Dios".
La enseñanza no parecía
destinada a separar dos mundos incomunicados. Más
bien recordaba un límite. El César de turno
-cualquiera sea su nombre, su partido o su época-
puede administrar el poder. Pero no puede apropiarse de
aquello que pertenece al terreno de las conciencias.
Y quizás sea precisamente allí donde comienzan
las verdaderas fuerzas del cielo.
El terrorismo de las redes
Durante el último Te Deum, el arzobispo
Jorge García Cuerva utilizó una expresión
tan fuerte como precisa: "terrorismo de las redes".
La frase seguramente molestó a muchos. Tal vez
porque obliga a mirar un fenómeno que preferimos
atribuir siempre a otros. Después de todo, resulta
más sencillo señalar a los responsables
del deterioro del debate público que reconocer
nuestra propia participación en él.
Porque la violencia no siempre deja edificios
derrumbados ni víctimas visibles. A veces actúa
de manera mucho más silenciosa. Se instala en el
lenguaje cotidiano, contamina las conversaciones y transforma
al adversario en enemigo. Su efecto no se mide en escombros
sino en la pérdida gradual de confianza entre personas
que comparten una misma sociedad.
Basta observar cualquier debate público
para advertir cómo ha cambiado la conversación
colectiva durante los últimos años. Sin
que apenas lo notáramos, la descalificación
comenzó a ocupar el lugar que antes tenía
el argumento. La sospecha desplazó al análisis.
El insulto pasó a ser una herramienta más
eficaz que la razón. Poco a poco, la destrucción
simbólica del otro dejó de ser una excepción
para convertirse en una forma cotidiana de entretenimiento
político y social.
Lo más llamativo es que nadie parece
sentirse responsable. Los dirigentes apuntan contra los
medios. Los medios responsabilizan a las redes sociales.
Las plataformas señalan a los usuarios. Los usuarios
culpan a los políticos. Y mientras cada actor encuentra
un culpable diferente, la fractura continúa avanzando.
Sin embargo, sería un error creer
que este fenómeno pertenece a un único sector
ideológico. La intolerancia no tiene partido político.
Puede encontrarse en la izquierda y en la derecha, entre
oficialistas y opositores, entre periodistas y funcionarios,
entre empresarios y sindicalistas, entre creyentes y ateos.
Allí donde alguien se convence de poseer toda la
verdad y deja de reconocer legitimidad en quien piensa
distinto, comienza a germinar el mismo problema.
La historia humana ofrece demasiadas advertencias
sobre este proceso. Los grandes conflictos rara vez comenzaron
con armas. Antes hubo palabras. Antes hubo prejuicios.
Antes hubo relatos destinados a transformar a determinados
grupos en enemigos irreconciliables.
La degradación de la convivencia
nunca ocurre de un día para otro. Primero aparece
la ridiculización. Luego llega el desprecio. Más
tarde surge la exclusión. Finalmente, cuando la
sociedad se acostumbra a esa lógica, cualquier
atropello encuentra justificaciones que antes habrían
resultado impensables.
Los totalitarismos no comienzan cuando
aparecen los campos de concentración. Comienzan
mucho antes, cuando la palabra deja de tender puentes
y empieza a fabricar enemigos. Cuando una parte de la
sociedad acepta que determinadas personas ya no merecen
ser escuchadas.
Por eso resulta significativo que, en
una Argentina atravesada por dificultades económicas,
inseguridad, pobreza estructural y un creciente desencanto
político, una de las advertencias más contundentes
de este 25 de Mayo haya estado relacionada con el lenguaje.
Porque las palabras nunca
son simples sonidos.
Con ellas se redactan constituciones,
se proclaman derechos, se construyen consensos y se transmiten
valores entre generaciones. Con ellas se fundan países,
se fortalecen democracias y se forjan identidades colectivas.
Pero también pueden utilizarse para dividir, para
estigmatizar y para destruir aquello que previamente ayudaron
a crear.
La propia Revolución de Mayo ofrece
una enseñanza en ese sentido. Aquellos hombres
estaban lejos de formar un grupo homogéneo. No
coincidían en todo ni compartían la misma
visión del país. Sin embargo, comprendían
que existían objetivos superiores a sus diferencias.
Entendían que ninguna transformación duradera
podía surgir únicamente de la confrontación.
Sabían algo que hoy parece haberse
vuelto difícil de recordar. Una patria no se construye
desde la trinchera. Se construye desde el encuentro.
Dos siglos después, esa lección
parece perderse entre algoritmos, consignas y enfrentamientos
permanentes. Disponemos de más canales de comunicación
que cualquier generación anterior, pero dialogamos
menos. Conocemos instantáneamente la opinión
de los demás, aunque cada vez nos cuesta más
comprender las razones que la sostienen. Hemos perfeccionado
la velocidad para responder, pero estamos perdiendo la
paciencia necesaria para escuchar.
Quizás por eso el desafío
más urgente de nuestro tiempo no sea exclusivamente
económico, tecnológico ni político.
Tal vez consista en recuperar algo mucho más elemental
y, al mismo tiempo, mucho más difícil: la
capacidad de reconocernos como compatriotas antes que
como enemigos.
Las naciones rara vez desaparecen por
falta de recursos. Pero muchas veces comienzan a desmoronarse
cuando sus habitantes dejan de verse como parte de una
misma historia.
Y entonces ya no hacen falta bombas.
Alcanzan las palabras.
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