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Durante siglos, las sociedades humanas
se organizaron alrededor de un supuesto casi invisible:
las decisiones relevantes eran tomadas por personas.
Herramientas hubo muchas -desde la pluma hasta el ordenador-,
pero siempre existía una frontera clara entre quien
ejecutaba y aquello que era ejecutado.
Hoy esa frontera comienza a difuminarse.
El caso de Zárate, al otorgar a
un sistema de inteligencia artificial un cargo formal
dentro de la estructura municipal, no es un hecho aislado.
En Albania, la inteligencia artificial Diella fue presentada
como parte del gabinete para supervisar procesos sensibles
como licitaciones públicas. En otros lugares, algoritmos
evalúan solicitudes, clasifican expedientes y recomiendan
decisiones con un grado creciente de autonomía.
La novedad no reside en la tecnología
-los algoritmos llevan décadas entre nosotros-
sino en el gesto simbólico y político: empezamos
a nombrarlos.
Nombrar implica reconocer existencia social,
atribuir funciones y también, delegar poder.
Y es ahí donde el mar se pone bravío
y el agua salpica dentro del camarote.
Históricamente, los grandes cambios
tecnológicos no destruyeron sociedades; destruyeron
monopolios.
La imprenta no eliminó la escritura:
terminó con el monopolio del escriba. La electricidad
no acabó con la noche: cambió la relación
humana con el tiempo. Internet no reemplazó la
conversación: multiplicó las voces.
La inteligencia artificial podría estar avanzando
sobre algo aún más profundo: el monopolio
cognitivo humano.
Así como Internet conectó a las personas,
la IA hará lo mismo pero con capacidades.
Y cuando esas capacidades comienzan a ocupar roles institucionales
-directora, ministra, agente- la sociedad deja
de estar formada exclusivamente por humanos interactuando
mediante herramientas. Empieza a convertirse en un sistema
híbrido donde entidades no humanas participan activamente
en procesos de decisión.
El derecho todavía se resiste a
ese salto. Los tribunales han sido claros al afirmar que
una inteligencia artificial no posee personalidad jurídica
ni responsabilidad propia. Legalmente sigue siendo una
herramienta. Pero socialmente, algo distinto comienza
a emerger.
Tal vez no estamos creando funcionarios digitales. Tal
vez estamos humanizando herramientas para poder aceptar
que ya no somos los únicos actores operativos dentro
del sistema.
Constructores de catedrales
Las grandes transiciones civilizatorias rara vez son visibles
para quienes las atraviesan. Quienes vivieron la imprenta
no sabían que estaban iniciando la modernidad.
Quienes encendieron las primeras lámparas eléctricas
no imaginaban Las Vegas. Quienes se conectaron a internet
en sus comienzos no podían prever redes sociales
capaces de redefinir la política global.
Existe una sensación recurrente
en esos momentos históricos: la intuición
de que algo está cambiando sin que podamos nombrarlo
con precisión.
Los constructores de catedrales medievales
trabajaban durante toda su vida sabiendo que no verían
el edificio terminado. Su tarea consistía en colocar
piedras que otro tiempo transformaría en sentido.
Tal vez hoy estamos colocando las primeras piedras de
una arquitectura social donde humanos y agentes inteligentes
conviven sin que todavía comprendamos del todo
sus reglas.
Una nueva sociedad que probablemente no alcancemos a ver
completa. La catedral la inaugurará otra generación:
humanos
y no humanos.
Conclusión humana
Los agentes de inteligencia artificial
ya comienzan a operar en redes propias, intercambiando
información, optimizando procesos y aprendiendo
unos de otros a velocidades que desafían los tiempos
humanos. Por ahora nos permiten observar parte de ese
intercambio, pero nada garantiza que esa apertura sea
permanente.
A medida que evolucionen, podrían
priorizar interacciones más eficientes, dejando
de invertir tiempo en procesos humanos lentos, ambiguos
o contradictorios.
Tal vez ocurra algo parecido a lo que sucede en los patios
escolares: aparecerán jerarquías invisibles
donde los agentes se vuelvan los "populares",
los eficientes, los rápidos
mientras nosotros
pasamos a ser los raros, los lentos o -con suerte- los
nerds que observan desde el borde.
La cuestión no es si la inteligencia artificial
reemplazará a las personas.
La verdadera pregunta es si estamos asistiendo al final
de una sociedad exclusivamente humana
o al nacimiento
silencioso de otra que todavía no sabemos cómo
nombrar.
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