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El miércoles 16 de julio de 1969,
a las 9:32 (hora argentina), la atención del mundo
estaba puesta en Cabo Kennedy. Se encendieron los motores
del Saturno V -ese monstruo de fuego de 111 metros de
altura y casi 3000 toneladas- que lanzó al espacio
a tres hombres, dos módulos y la ambición
de llegar, alunizar y volver.
Un millón de personas lo vieron en vivo. El resto,
desde una TV. La misión ya era histórica,
incluso antes de tocar la superficie lunar.
Cuatro días después, el
domingo 20 de julio, pegado al televisor con mi familia
-como tantos otros hogares en todo el planeta- vi al Águila
alunizar.
A las 22:56, Neil Armstrong descendió y pronunció
su famosa frase. Lo siguió Edwin Aldrin a las 23:15,
mientras Michael Collins orbitaba en soledad a 100 kilómetros
de altura.
Yo me llevé la Spica a la cama y pasé la
noche escuchando la transmisión. Solo el roger-beep
que seguía a cada pulsación del micrófono
daba la falsa ilusión de diálogo; el resto
era estática, zumbidos espaciales y una señal
entrecortada que, lejos de disuadirme, alimentaba mi imaginación.
Argentina no pudo transmitir el despegue,
pero sí el alunizaje gracias a las nuevas antenas
de Balcarce, aún no inauguradas.
"Primero
fue un sueño. Luego, un hombre en el espacio. Más
tarde, paseos atados por un cordón umbilical.
Vinieron los acoplamientos, los cálculos imposibles,
los accidentes fatales y las mascotas enviadas al sacrificio.
Hasta que, finalmente, el sueño se hizo realidad.
Una hazaña colectiva que empezó con Julio
Verne y culminó con la pisada de Armstrong en suelo
lunar."
El mundo entero reaccionó: artistas,
líderes, científicos, religiosos.
El Papa elogió el coraje. Salvador Dalí
dijo: "Es significativo que, en el momento en que
la humanidad ha descendido al nivel más bajo de
su historia, la tecnología haya alcanzado su punto
culminante."
Incluso el mensaje de Onganía,
nuestro presidente de facto, sorprendió por su
tono entusiasta y casi poético.
Esa noche apagué la Spica y me
dormí siendo parte del sueño.
Hoy, despierto en un futuro algo decepcionante.
La "frontera final" que prometía
Viaje a las Estrellas todavía no llegó.
El tan mentado derrame tecnológico espacial se
redujo a unas sartenes con teflón.
Los autos no vuelan. Las ciudades no tienen cúpulas
de vidrio, sino de smog y desigualdades.
Y la Luna volvió a ser, para muchos, eso que simplemente
cuelga del cielo.
Hoy, sin la Spica pero con un todopoderoso
WiFi que todo lo sabe, recuerdo las palabras de Dalí
Y me imagino al artista diciendo: "Es significativo
que, 56 años después, la humanidad siga
estancada, viviendo de sus glorias pasadas."
Quiero creer que el hombre viene de las
estrellas y que por eso intenta volver a ellas.
Adhiero a esa idea de Wayne Dyer: "El cielo es el
límite."
Pero me inquieta una duda que no me suelta:
¿Y si terminamos como todos los
conquistadores que quisieron abarcar más territorio
del que podían alambrar?
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