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El 20 de julio de 1969, hace ya 55 años,
el comandante de la misión Apollo 11, Neil Armstrong,
fue el primer ser humano en pisar la Luna.
Él y sus compañeros de viaje abandonaron
la comodidad de la madre Tierra para internarse en el
frío y desconocido espacio, en busca del anhelo
más antiguo del ser humano desde que alzó
la vista al cielo: tocar la Luna con las manos.
Aquel día, un sueño colectivo
se volvió realidad. Más de 600 millones
de personas en todo el mundo escucharon sus primeras palabras
al descender:
"Este es un pequeño paso para un hombre, un
gran salto para la humanidad."
Más allá de las teorías
conspirativas, de los debates sobre quién, cómo
y por qué, y dejando a un lado mi poco afecto por
el imperialismo americano -como por todos los imperialismos-,
puedo decir que esa noche en vela, con la Spica en el
oído y las nuevas antenas parabólicas de
Balcarce captando el histórico mensaje, fue uno
de los momentos más impactantes de la historia
humana. Tan grande como el dominio del fuego o la invención
de la rueda.
Pero nada de eso ocurrió por azar.
Hicieron falta diez años de preparación,
el trabajo de 350.000 personas y una inversión
de 24.000 millones de dólares.
La idea de que "el Día del
Amigo es todos los días" o que no hay que
"hacerle el juego a la sociedad de consumo"
es, en el fondo, una excusa que no suma. Seamos sinceros:
vivimos absorbidos por nuestras rutinas, y si no hay una
excusa legítima para celebrar, terminamos siendo
precisamente lo que criticamos: engranajes de esa sociedad
que nos traga sin aviso.
La propuesta de conmemorar el Día
del Amigo nació en Argentina, gracias a Enrique
Ernesto Febbraro, odontólogo y profesor de filosofía.
Ese mismo día, mientras Armstrong caminaba sobre
la Luna, Febbraro escribió mil cartas a cien países.
"Viví el alunizaje como un gesto de amistad
de la humanidad hacia el universo -explicó-. Y
me dije: un pueblo de amigos sería una nación
imbatible. Ya está: el 20 de julio es el día
elegido".
Si el núcleo social es una extensión
de nuestra voluntad, entonces esa conciencia colectiva
siente, vibra y se alegra al ritmo de nuestras propias
vivencias.
Tus logros son mis logros. Tus penas,
también. Dejamos de vivir en soledad cuando salimos
de la caverna y aprendimos a expresar nuestras ideas,
para compartirlas, mezclarlas y crear historias gigantes
que nos dieron sentido como humanidad.
Tengo muchos amigos. Y
cada vez que pierdo uno -porque la vida se lo lleva y
lo inscribe en mi manual de recuerdos- una parte mía
se apaga, aunque el lagrimal se esfuerce por disimular.
Dicen los genetistas que las parejas se
eligen por la diferencia de genes, y los amigos, por las
similitudes.
Por algo será. La evolución es sabia.
"Nadie puede salvarse solo", dice el libro sagrado.
No todos podremos viajar a la Luna, pero
podemos habitarla a diario.
Basta un asado compartido, una tarde de pesca, o ver juntos
la final del club del alma.
Y también estar cuando todo se desmorona. Ahí,
donde no hay cámaras ni aplausos, llegan ellos:
los verdaderos. Cirujanos de guerra que restauran heridas
sin anestesia.
Desconfío de quien nunca supo hacerse
de amigos... tanto como de quien no quiere a los animales.
Neil Armstrong dijo, tiempo después,
que no lo habían escuchado bien. Que en realidad
dijo: "Un pequeño paso para un hombre".
No importa. Su paso fue el nuestro, el de todos.
Y, como toda gran hazaña colectiva, su grandeza
no radica en lo individual, sino en lo que despierta en
los otros.
Porque, al fin y al cabo, un amigo no
se define. Se siente.
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