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Editorial | Derogación de la ley 12.908 |


Cuando se debilita al periodismo, la democracia siempre paga el precio


No se trata de una discusión técnica ni de un ajuste administrativo. Lo que está en juego es algo más profundo: si la libertad de expresión seguirá siendo considerada un pilar institucional que merece protección específica o si pasará a depender exclusivamente de las reglas del mercado y del equilibrio de fuerzas del momento.


11 de febrero de 2026

Fuente del contenido | @escobarsite
Autor | @jorgecarusso

Sobre la firma

Hay debates que se presentan como técnicos, administrativos o laborales, pero que en realidad esconden preguntas mucho más profundas sobre la salud democrática de un país.

La posible derogación del Estatuto del Periodista Profesional (Ley 12.908) aparece hoy dentro de una reforma laboral más amplia. Para algunos, se trata apenas de eliminar un régimen especial considerado antiguo o rígido. Para otros, es una discusión sobre privilegios sectoriales.

Pero reducirla a eso sería un error conceptual grave.

Porque el Estatuto del Periodista no nació como un beneficio corporativo. Nació como una herramienta de protección para garantizar algo mucho más amplio: la libertad de expresión y el derecho de la sociedad a estar informada.

Y cada vez que la historia argentina -y mundial- tocó esa fibra sensible, el resultado nunca fue positivo.

La lección histórica que insistimos en olvidar

Cada época tuvo sus argumentos para limitar, condicionar o domesticar la libertad de expresión.

A veces se habló de orden. Otras veces de eficiencia. Otras, de modernización.

Pero el patrón se repite.

Cuando el periodismo pierde autonomía, la sociedad pierde capacidad de control sobre el poder.

No importa si ese poder es político, económico o cultural.

Desde los años más oscuros del país hasta períodos democráticos donde la presión se ejerció de formas más sutiles, siempre que el ejercicio periodístico se debilitó -por censura directa o por precarización indirecta- la calidad institucional retrocedió.

No es casualidad.

La libertad de expresión no se destruye únicamente con prohibiciones explícitas. También se erosiona cuando el periodista deja de tener condiciones mínimas para ejercer con independencia.

No es una ley laboral más

El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) lo advirtió con claridad al Senado: eliminar el Estatuto sin debate profundo sería un error histórico. Y el argumento no es ideológico sino jurídico.

El principio de progresividad, reconocido por la Corte Suprema, impide retroceder injustificadamente en derechos fundamentales. La jurisprudencia ha sostenido que el estatuto no constituye un privilegio sino una protección acorde a la función social del periodismo.

La ley contiene disposiciones que exceden lo laboral:

Acceso a fuentes de información, garantías para el ejercicio profesional, estabilidad necesaria para evitar presiones indebidas.

No se trata de defender un gremio.

Se trata de proteger una herramienta institucional que garantiza que la información circule con independencia.

El error conceptual: confundir igualdad con uniformidad

Uno de los argumentos más repetidos es que el periodista debería ser un trabajador más dentro del régimen general. Suena razonable.

Pero ignora algo esencial: la igualdad ante la ley no implica eliminar las particularidades de cada actividad.

Existen estatutos específicos para jueces, docentes, diplomáticos, científicos o trabajadores de la salud porque sus funciones tienen impacto social diferenciado.

El periodismo también. No porque sea superior, sino porque cumple un rol estructural en el sistema democrático.

Eliminar esa especificidad no genera igualdad: genera fragilidad.

Libertad de expresión también es condiciones materiales

Hay una idea romántica -y peligrosa- que sostiene que la libertad de expresión es solo un derecho abstracto.

Pero un periodista sin estabilidad mínima, sin protección frente a presiones o sin respaldo institucional suficiente puede terminar practicando autocensura sin necesidad de que nadie lo obligue.

No quisiera abundar en autorreferencias ni cansar con historias personales, pero muchos periodistas sabemos -por experiencia directa- que cuando se reducen condiciones o recursos, la reacción casi inevitable es agregar oficios para sobrevivir. Se dispersa el tiempo, se diluye la energía y, en muchos casos, se genera una forma silenciosa de domesticación.

Y la autocensura es la forma más invisible de censura.

La historia muestra que no hace falta cerrar medios ni prohibir publicaciones para debilitar el periodismo. A veces alcanza con precarizarlo.

Modernizar no es destruir

FOPEA plantea algo que debería ser sentido común: el estatuto puede necesitar actualización.

El periodismo cambió. La tecnología cambió. Las dinámicas laborales cambiaron.
El contexto tecnológico cambió… y mucho.

Pero modernizar no significa vaciar.

Eliminar una norma por sus aspectos anacrónicos equivale a demoler una casa porque necesita refacciones.

El vacío legal nunca fortaleció derechos.

El verdadero debate

La pregunta que debería hacerse el país no es si el estatuto es perfecto.

La pregunta es otra:

¿Queremos un periodismo protegido por su función democrática o un periodismo librado exclusivamente a las reglas del mercado laboral?

La respuesta no define solo el futuro de una profesión. Define la calidad de la conversación pública.

Cierre

La discusión sobre el Estatuto del Periodista no trata, en el fondo, sobre periodistas. Trata sobre qué lugar ocupa la palabra crítica dentro de una sociedad.

La libertad de expresión no desaparece cuando se prohíbe hablar; empieza a erosionarse cuando hablar deja de ser viable. Las democracias no suelen caer de golpe: se desgastan lentamente, debilitando las estructuras que permiten observar y controlar al poder.

El riesgo real no es la desaparición de una ley, sino naturalizar que la protección institucional del periodismo resulte prescindible. Porque cuando el ejercicio periodístico queda librado únicamente al mercado o a la presión del poder, la libertad deja de ser un derecho y pasa a ser una posibilidad condicionada.

El periodista no necesita solemnidades ni credenciales simbólicas: necesita condiciones reales para ejercer con independencia.

La historia enseña algo incómodo: casi ninguna sociedad cree estar debilitando su democracia mientras lo hace. Siempre hay razones técnicas, urgencias económicas o promesas de modernización. Pero las instituciones que sostienen la libertad suelen parecer innecesarias… hasta que ya no están.

Tal vez la pregunta no sea qué tan antiguo resulta el Estatuto del Periodista, sino qué tan madura es una democracia que decide prescindir de las herramientas creadas para proteger a quienes la observan.


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Sobre la Firma
                 @jorgecarusso | linkedin.com/in/jorgecarusso | 
                 Periodista - Matr. 14.856 Ley 12.908

 






 


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