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Del Apollo XI a Artemis II


Un viaje de ida… y, si los dioses quieren, de vuelta

Entre el mito del progreso y la repetición de la historia, el regreso a la Luna vuelve a poner en duda algo más profundo que la tecnología: la capacidad de la humanidad para avanzar sin quedar atrapada en sus propios logros.
Hubo un momento en que la Luna dejó de ser paisaje. Dejó de ser metáfora, inspiración o refugio de poetas, para convertirse en objetivo.


12 de abril de 2026

Fuente del contenido | @escobarsite
Autor | @jorgecarusso para Entre lo histórico y lo actual de @escobarsite

Sobre la firma

No fue un salto romántico. Fue una decisión.

En plena tensión global, mientras el mundo se dividía en bloques y discursos, el espacio apareció como el único lugar donde todavía se podía demostrar superioridad sin invadir directamente al otro. Y así, en 1969, Neil Armstrong dio ese paso que todos conocemos, pero que todavía no terminamos de entender. No porque haya sido imposible, sino porque fue demasiado.

Después vino el silencio.

No un silencio absoluto. Como si, una vez alcanzado el límite, la humanidad no hubiera sabido muy bien qué hacer con él. La Luna quedó ahí, al alcance… pero sin urgencia.

Pasaron décadas.

Las promesas crecieron más que los hechos. El futuro se llenó de maquetas: autos voladores, colonias espaciales, ciudades encapsuladas. Pero acá abajo, en la Tierra, lo que creció fue otra cosa.
La desigualdad. La incertidumbre. La sensación de que el progreso ya no era para todos.

Y ahora volvemos.

Artemis II no viene a conquistar nada. Ni siquiera a descubrir. Viene a repetir. A rodear la Luna como ya se hizo. A mirar la Tierra desde lejos como ya se miró. A ensayar una hazaña que, en teoría, ya estaba superada.
Y ahí es donde la historia deja de ser relato para volverse espejo.
Porque cuando una civilización necesita rehacer sus propios hitos, no está avanzando: está revisándose.

Algo no me cierra.

Quizás no sea una cuestión de tecnología. Quizás sea de sentido.
A 56 años del alunizaje, todavía puedo ubicar esa noche con una precisión que no me da ningún otro recuerdo.
El miércoles 16 de julio de 1969, a las 9:32 (hora argentina), la atención del mundo estaba puesta en Cabo Kennedy. Se encendieron los motores del Saturno V -ese monstruo de fuego de 111 metros de altura y casi 3000 toneladas- que lanzó al espacio a tres hombres, dos módulos y una ambición: llegar, alunizar y volver.
Un millón de personas lo vieron en vivo. El resto, desde una TV. La misión ya era histórica incluso antes de tocar la superficie lunar.
Cuatro días después, el domingo 20 de julio, pegado al televisor con mi familia -como tantos otros hogares en todo el planeta- vi al Águila alunizar.
A las 22:56, Armstrong descendió. A las 23:15 lo siguió Buzz Aldrin. Mientras tanto, Michael Collins orbitaba en soledad a 100 kilómetros de altura.

Yo me llevé la Spica a la cama.

Pasé la noche escuchando la transmisión. Ese roger-beep que seguía a cada pulsación del micrófono era lo único que daba la ilusión de diálogo. El resto era estática, zumbidos, cortes. Una señal imperfecta que, lejos de decepcionar, agrandaba todo.
Argentina no pudo transmitir el despegue, pero sí el alunizaje gracias a las antenas de Balcarce, todavía sin inaugurar.
Primero fue un sueño. Después, un hombre en el espacio. Más tarde, paseos atados por un cordón umbilical.
Vinieron los acoplamientos, los cálculos imposibles, los accidentes, los sacrificios. Hasta que el sueño se volvió pisada.

El mundo reaccionó como pudo.

El Papa habló de coraje. Salvador Dalí dijo algo que todavía incomoda: que mientras la humanidad alcanzaba su punto tecnológico más alto, también rozaba uno de sus niveles más bajos.
Incluso el mensaje de Juan Carlos Onganía tuvo un tono inesperadamente poético.

Esa noche apagué la Spica y me dormí siendo parte de algo. Hoy despierto en un futuro que prometía demasiado… y cumplió poco.
La "frontera final" que imaginaba Star Trek todavía no llegó. El famoso derrame tecnológico terminó siendo más cotidiano que épico.

Los autos no vuelan. Las ciudades no tienen cúpulas de vidrio, sino de smog. Y la Luna volvió a ser, para muchos, eso que cuelga del cielo.

Hoy, sin la Spica pero con un WiFi que todo lo sabe, vuelvo a pensar en Dalí. Y me lo imagino diciendo, con la misma ironía intacta: que medio siglo después, la humanidad sigue administrando sus viejas glorias como si fueran logros recientes.

Quiero creer que el hombre viene de las estrellas. Que por eso insiste en volver. Pero hay una duda que no se va.
Lejos quedó la idea de un mundo por ganar. El foco cambió. Las prioridades también.

El progreso ya no se mide en horizontes, sino en consumo. Y el individuo, en nombre de futuros grandilocuentes, fue perdiendo algo más básico: su lugar.

Las estrellas siguen ahí. Llamando. Pero el viaje… tiene pocas plazas.
Nos dicen que vamos al espacio por la ciencia, por la innovación, por la supervivencia, por el futuro. Y sin embargo, algo no cierra.
Porque mientras proyectamos vivir en otros mundos, todavía no sabemos habitar este.

Entonces la pregunta deja de ser técnica. Y pasa a ser otra cosa:
¿vamos al espacio para evolucionar… o para no tener que admitir que estamos estancados?




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Sobre la Firma
                 @jorgecarusso | linkedin.com/in/jorgecarusso | 
                 Periodista - Matr. 14.856 Ley 12.908

 






 


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