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No fue un salto romántico.
Fue una decisión.
En plena tensión global, mientras el mundo se dividía
en bloques y discursos, el espacio apareció como
el único lugar donde todavía se podía
demostrar superioridad sin invadir directamente al otro.
Y así, en 1969, Neil Armstrong dio ese paso que
todos conocemos, pero que todavía no terminamos
de entender. No porque haya sido imposible, sino porque
fue demasiado.
Después vino el
silencio.
No un silencio absoluto. Como si, una vez alcanzado el
límite, la humanidad no hubiera sabido muy bien
qué hacer con él. La Luna quedó ahí,
al alcance
pero sin urgencia.
Pasaron décadas.
Las promesas crecieron más que los hechos. El futuro
se llenó de maquetas: autos voladores, colonias
espaciales, ciudades encapsuladas. Pero acá abajo,
en la Tierra, lo que creció fue otra cosa.
La desigualdad. La incertidumbre. La sensación
de que el progreso ya no era para todos.
Y ahora volvemos.
Artemis II no viene a conquistar nada. Ni siquiera a descubrir.
Viene a repetir. A rodear la Luna como ya se hizo. A mirar
la Tierra desde lejos como ya se miró. A ensayar
una hazaña que, en teoría, ya estaba superada.
Y ahí es donde la historia deja de ser relato para
volverse espejo.
Porque cuando una civilización necesita rehacer
sus propios hitos, no está avanzando: está
revisándose.
Algo no me cierra.
Quizás no sea una cuestión de tecnología.
Quizás sea de sentido.
A 56 años del alunizaje, todavía puedo ubicar
esa noche con una precisión que no me da ningún
otro recuerdo.
El miércoles 16 de julio de 1969, a las 9:32 (hora
argentina), la atención del mundo estaba puesta
en Cabo Kennedy. Se encendieron los motores del Saturno
V -ese monstruo de fuego de 111 metros de altura y casi
3000 toneladas- que lanzó al espacio a tres hombres,
dos módulos y una ambición: llegar, alunizar
y volver.
Un millón de personas lo vieron en vivo. El resto,
desde una TV. La misión ya era histórica
incluso antes de tocar la superficie lunar.
Cuatro días después, el domingo 20 de julio,
pegado al televisor con mi familia -como tantos otros
hogares en todo el planeta- vi al Águila alunizar.
A las 22:56, Armstrong descendió. A las 23:15 lo
siguió Buzz Aldrin. Mientras tanto, Michael Collins
orbitaba en soledad a 100 kilómetros de altura.
Yo me llevé la
Spica a la cama.
Pasé la noche escuchando la transmisión.
Ese roger-beep que seguía a cada pulsación
del micrófono era lo único que daba la ilusión
de diálogo. El resto era estática, zumbidos,
cortes. Una señal imperfecta que, lejos de decepcionar,
agrandaba todo.
Argentina no pudo transmitir el despegue, pero sí
el alunizaje gracias a las antenas de Balcarce, todavía
sin inaugurar.
Primero fue un sueño. Después, un hombre
en el espacio. Más tarde, paseos atados por un
cordón umbilical.
Vinieron los acoplamientos, los cálculos imposibles,
los accidentes, los sacrificios. Hasta que el sueño
se volvió pisada.
El mundo reaccionó
como pudo.
El Papa habló de coraje. Salvador Dalí dijo
algo que todavía incomoda: que mientras la humanidad
alcanzaba su punto tecnológico más alto,
también rozaba uno de sus niveles más bajos.
Incluso el mensaje de Juan Carlos Onganía tuvo
un tono inesperadamente poético.
Esa noche apagué la Spica y me
dormí siendo parte de algo. Hoy despierto en un
futuro que prometía demasiado
y cumplió
poco.
La "frontera final" que imaginaba Star Trek
todavía no llegó. El famoso derrame tecnológico
terminó siendo más cotidiano que épico.
Los autos no vuelan. Las ciudades no
tienen cúpulas de vidrio, sino de smog. Y la Luna
volvió a ser, para muchos, eso que cuelga del cielo.
Hoy, sin la Spica pero con un WiFi que
todo lo sabe, vuelvo a pensar en Dalí. Y me lo
imagino diciendo, con la misma ironía intacta:
que medio siglo después, la humanidad sigue administrando
sus viejas glorias como si fueran logros recientes.
Quiero creer que el hombre viene de las estrellas. Que
por eso insiste en volver. Pero hay una duda que no se
va.
Lejos quedó la idea de un mundo por ganar. El foco
cambió. Las prioridades también.
El progreso ya no se mide en horizontes, sino en consumo.
Y el individuo, en nombre de futuros grandilocuentes,
fue perdiendo algo más básico: su lugar.
Las estrellas siguen ahí. Llamando.
Pero el viaje
tiene pocas plazas.
Nos dicen que vamos al espacio por la ciencia, por la
innovación, por la supervivencia, por el futuro.
Y sin embargo, algo no cierra.
Porque mientras proyectamos vivir en otros mundos, todavía
no sabemos habitar este.
Entonces la pregunta deja
de ser técnica. Y pasa a ser otra cosa:
¿vamos al espacio para evolucionar
o para
no tener que admitir que estamos estancados?
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