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Dando voz a la historia

- Prefacio -

Como periodista y escritor, siempre me ha fascinado la posibilidad de darle voz a la historia, de traer al presente a personajes que definieron épocas y que, de algún modo, siguen influenciando nuestro mundo.

Este trabajo no pretende ser una reconstrucción exacta, sino un ejercicio de imaginación y análisis, donde la historia se encuentra con la literatura.

Me propuse construir una conversación que bien podría haber ocurrido, basada en los discursos, escritos y decisiones del entrevistado pero también en las incógnitas que la historia deja abiertas.

Espero que estas entrevistas - o travesuras- despierte en ustedes la misma curiosidad que me impulsó a escribirlas.


Un Encuentro con la Historia y la Fe: Conversando con el Papa Francisco

El Camino que Nos Une: Santa Marta y el Corazón de Roma

Después de mucho insistir, de mucho tramitar, de muchos favores por gastar, finalmente llego a Santa Marta.


23 de abril de 2026



Fuente del contenido | @escobarsite
Autor | @jorgecarusso para Entre lo histórico y lo actual de @escobarsite

Sobre la firma

Camino por los pasillos silenciosos, donde las pisadas resuenan como latidos contenidos. Los vitrales dejan caer luces de colores en el suelo de piedra, dibujando caminos invisibles que se cruzan y se pierden. El aire huele a incienso viejo y a libros antiguos. Cada paso me acerca más a ese pórtico sencillo, despojado de oropeles, que guarda detrás suyo un momento que cambiará algo en mí.

Faltan pocos metros. Respiro hondo.

Allí está la puerta, apenas entornada, detrás de la cual me espera Francisco.
Ya no es sólo Jorge, el curita argentino que viajaba en subte y se mezclaba entre la gente como uno más.

Ahora es el Sumo Pontífice. El hombre que sostiene en sus manos las llaves de un puente que yo -de algún modo- debo cruzar.

Estoy a pasos de cruzar el umbral.

Ese umbral que me llevará a un nivel del cual ya nada será igual.
Porque, en última instancia, no importa cuál sea mi formación espiritual, ni las certezas o dudas que me acompañen: iba a conversar con el hombre más importante del mundo, y para muchos, con aquel que custodia el lazo con lo divino.

Me detengo un instante.
Cierro los ojos.
Siento el eco de tantas voces, tantos caminos recorridos, tantas preguntas aún sin respuesta.

Recuerdo, como un susurro, las palabras del padre Tomás: "No temas acercarte. Lo sagrado no aleja: invita."

Y también la inmensa espera en Luján, aquella vez en que, entre miles de peregrinos, sentí por primera vez el peso dulce de la fe colectiva, ese latido inmenso que hace temblar el suelo mismo.

Ahora, sólo un paso más.
El pomo de la puerta está al alcance de mi mano.
El puente está tendido.
Sólo debo cruzarlo.
¿Qué hacer?
¿Esperar? ¿Tocar? ¿Entrar?
Todo era demasiado para mí.
Me sentía indefenso, vulnerable, como un niño obligado a dar el discurso en el patio del colegio durante una fiesta patria, con la voz temblando y las manos sudadas.
¿Por qué? ¿Acaso no estoy preparado?
¿No he enfrentado ya personajes de todo pelaje y aún sigo en carrera?
Es -me repetía- una entrevista más.

Mentira.

Pero, en el fondo, sabía que no era así.
Que esta vez no era sólo una conversación.
Era, de algún modo, acercarme al borde mismo del misterio.

Respiré hondo.
Apreté el pomo de la puerta, sentí el frío del metal en la palma.
Y entonces, antes de que pudiera decidir...


La puerta no se abrió sola.
No hubo coros celestiales, ni rayos de luz cayendo desde un vitral.
Tampoco fue un acto heroico de mi parte.
Simplemente, golpeé dos veces, torpe, como quien duda de su propio impulso.
Y entonces sí, del otro lado, una voz conocida -cálida, casi cómplice- dijo:

-¡Pase, che! No se quede ahí parado como estatua...

Era él.
Era Francisco.
Era Jorge.
Era todos a la vez.

Lo abrazo, y por un momento, el mundo parece detenerse.
Mi mente sigue dando vueltas, como un engranaje que no termina de ajustarse. No sé qué hacer, no sé qué decir. ¿Una reverencia? ¿Un gesto formal? ¿O me lanzo a una despedida del protocolo y me dejo llevar por el momento? No termino de cuestionarme, cuando él avanza hacia mí y me envuelve en un tierno abrazo.

-¡Querido Giorgio! Tanto tiempo, ¡cuánto me alegra verte!

El "Giorgio" resuena como un eco en mi oído.
Es el mismo Jorge de siempre, el que conocí en Buenos Aires, el que compartía las tardes de mate y las charlas sobre todo y nada a la vez.
Pero algo ha cambiado. Él ya no es el cura argentino que viajaba en subte, que se confundía con la gente, que miraba el mundo desde abajo, sin pretensiones. Ahora es Francisco.

Pero, en ese abrazo, no hay barreras, no hay distancia. Hay solo un hombre que, como yo, tiene su historia. Su humanidad. Y eso me hace sentir de nuevo el peso de lo que significa estar ahí.

Francisco: Con una sonrisa cálida y un gesto afable, me mira a los ojos, me da un apretón de manos y me dice con tono afectuoso:

-¡Ah, Giorgio! Qué bueno verte, querido. El tiempo pasa rápido, pero aquí estamos, ¿no? ¿Cómo estás? ¿Cómo ha sido todo este tiempo para ti?

Giorgio:
Surtido padre... no quiero distraerlo se que tiene el tiempo limitado. Solo sepa que los míos y yo estamos bien. Le manda muchos afectos el padre Tomas y toda la banda de Vicentinos.

Francisco: Una sonrisa franca aparece en su rostro al escuchar el nombre del padre Tomás, su mirada se suaviza por un momento, y asiente con familiaridad, como si esas palabras le trajeran una calidez de casa.

-¡Qué bonito saberlo! Tomás es un hombre excepcional, siempre lleno de amor y generosidad. La banda de Vicentinos, ¡siempre presente! Les mando un abrazo enorme a todos, de corazón. Me alegra que estén bien, Giorgio. Eso siempre es lo más importante.
Se siguen juntando?

Giorgio: un viernes por mes. Como corresponde… pero ya quedamos pocos.

Hace una pausa, como para tomar un respiro, y observa con interés:

-Sabes, la vida de todos nosotros está llena de historias que no se ven, pero que nos marcan profundamente. ¿Cómo has vivido todo esto de los últimos años? ¿Cómo has cambiado tú, cómo te has visto a ti mismo en este tiempo?

Giorgio:
Todos somos víctimas de las circunstancias que nos rodean y estas se mueven rápido. El balance da positivo, pero al lado de lo suyo es como que estuve en coma estos años. Como soporta tanta presión? Como lo hace?
No hay manera que un hombre normal pueda manejar este cumulo de responsabilidades sin colapsar


Francisco: Una leve sonrisa se asoma, pero su rostro refleja la seriedad que marca la profundidad de sus palabras. Me mira con una mirada cálida, pero que también parece cargar con el peso de todo lo que lleva sobre sus hombros.

-La presión, Giorgio… La presión está siempre, y quizás más en este lugar. Pero no lo hago solo. No soy un hombre solo cargando un peso. Cada día, me encuentro con tantos que comparten la carga, desde el más pequeño gesto hasta los que son parte de la gran estructura de la Iglesia. Lo más importante es tener la conciencia que no se está solo, ni uno, ni el otro.

Pausa, mira hacia abajo un momento, como si las palabras flotaran en el aire por un instante.

-¿Sabes? Creo que el verdadero secreto está en mirar las cosas con los ojos de la esperanza, de la fe. No tanto con la perspectiva de lo que parece ser un peso, sino con la posibilidad de hacer algo con lo que se tiene, de transformar ese dolor, esa carga, en algo que aporte. Y si algún día me siento al borde de colapsar… bueno, ahí están las manos de los demás, y está la fe. La fe es la que te sostiene cuando el cuerpo o la mente ya no pueden más.

Suspira, y su voz se suaviza aún más, como si esa reflexión fuera una entrega sincera.

-A veces, lo que más cuesta es pedir ayuda. Y sin embargo, es en ese momento cuando uno se da cuenta de lo que significa el cuerpo de Cristo, o la comunidad, o simplemente, los demás. Nos sostenemos unos a otros. Todos, al final, somos frágiles.


Giorgio:
Como decía Wayne Dyer: "Cuando cambiamos la manera de mirar las cosas, las cosas cambian." es mi frase de cabecera, pero muchas veces tardan en cambiar o lo hacen en un periodo que supera la existencia del observador. Como van esos cambios su santidad?


Francisco: Me mira con una atención profunda, como si las palabras de Wayne Dyer resonaran en su interior, y asiente lentamente, con la mirada fija, reflexiva.

-Sí, Giorgio, esa frase… es sabia, profunda. Sonríe levemente, pero no con ligereza, sino con un entendimiento compartido. Cuando cambiamos nuestra manera de mirar las cosas, las cosas cambian. Pero, como dices, no siempre ocurre de inmediato. A veces, el tiempo nos juega en contra. Los cambios no siempre son visibles, ni inmediatos. A veces, parece que pasamos una vida observando, esperando que lo que hemos sembrado dé frutos, pero esos frutos pueden tardar… incluso más de lo que una vida humana alcanza a ver.

Hace una pausa, y su mirada se torna más introspectiva, casi distante, como si recordara algo profundo del camino recorrido.

-Mira, el cambio, en la Iglesia, en el mundo, no se da de manera instantánea. Lo que hacemos, nuestras palabras, nuestros gestos… son semillas que plantamos, pero las semillas necesitan tiempo, tierra, agua. No podemos forzar que crezcan de inmediato. A veces, no veremos los frutos de nuestro trabajo, ni en esta vida. Pero eso no significa que el trabajo haya sido en vano. No siempre somos los encargados de cosechar.

Su voz se hace más suave, con un toque de serenidad en la entrega.

-Lo que importa es el caminar, Giorgio. Lo importante es el cambio interior. Ese cambio, el que ocurre en el corazón de las personas, puede ser lento, como una corriente subterránea, pero es real. ¿Sabes? Creo que el verdadero cambio viene de cómo vivimos, de cómo nos relacionamos, de cómo amamos a los demás. El resto, al final, es secundario.

Me mira, y en sus ojos hay una mezcla de esperanza y de resignación, como si hubiera hecho las paces con la lentitud de los procesos humanos.

-Los cambios vienen, tarde o temprano. Sólo hay que mantener la fe, y seguir mirando las cosas con esperanza. Eso, al final, marca la diferencia.

Giorgio:
Ser Jesuita marca la diferencia?


Francisco: Su rostro se ilumina con una mirada que mezcla algo de nostalgia y de orgullo sereno, pero también una humildad profunda que lo caracteriza.

-Ser jesuita… -pausa, como si tomara un respiro para elegir las palabras correctas.- No es una diferencia en el sentido de estar por encima de los demás, ni de ser mejores o más importantes. Para un jesuita, lo esencial está en vivir el carisma que San Ignacio de Loyola nos dejó. Es una manera de vivir, de ver el mundo, de entrar en las realidades humanas con los pies en la tierra, pero con los ojos puestos en el cielo.

Una ligera sonrisa aparece, como si recordara su propio camino dentro de la Compañía de Jesús, los días de formación, las luchas internas.

-Ser jesuita implica una entrega al servicio, un compromiso con la justicia social, un llamado a estar cerca de los pobres, de los más olvidados, de los excluidos. No somos monjes apartados, Giorgio. Nosotros vivimos en el mundo, pero no somos del mundo. Vivir como jesuita significa estar dispuestos a ir a donde se nos necesita, sin buscar reconocimiento, sin que nuestra propia voluntad prevalezca.

La intensidad de sus palabras crece, pero con un tono de quietud interior.

-Ser jesuita, para mí, marcó una diferencia porque me enseñó a ver las cosas de otra manera. Hace una leve inclinación de cabeza, como si reconociera las enseñanzas recibidas en su formación... Siempre hay que discernir, preguntarse qué quiere Dios de uno. Y eso no significa tener todas las respuestas, sino estar en constante escucha, constante reflexión, y en constante acción.

Su mirada se fija en un punto lejano, como si tratara de captar algo más allá de lo inmediato.

-Pero en la vida, como en el sacerdocio, lo más importante es el servicio. Y en la Compañía de Jesús, hemos aprendido que, si queremos marcar la diferencia, es a través del amor y de la cercanía con los demás. No por lo que somos, sino por lo que damos, por lo que somos capaces de transformar en los demás, con humildad, con cariño y con fe.

Giorgio: Pero padre, en un mundo materialista, con corazones de piedra, basta con humildad, con cariño y con fe para transformar o sera que un toque del espíritu templario es necesario para hacer esa diferencia

Francisco: Su mirada se torna profunda y, por un momento, parece contemplar el peso de tus palabras, como si pesara cada frase antes de responder.

-El mundo materialista, como lo describes… se detiene un instante, como si quisiera encontrar el tono adecuado para abordar esa verdad… es una realidad compleja. El corazón humano está, por supuesto, muchas veces endurecido por el egoísmo, por el consumo, por la desesperanza. No hay duda de eso. Vivimos en un mundo que prioriza lo tangible, lo inmediato, lo que se puede ver, tocar y poseer.

La mirada de Francisco se endurece levemente, como quien enfrenta una lucha constante contra un enemigo invisible.

-Pero la humildad, el cariño, la fe, son armas poderosas, Giorgio. No lo subestimes. Son la antítesis de la agresión del materialismo. Son gestos pequeños, casi invisibles, pero capaces de penetrar el corazón humano. La verdadera diferencia no está en imponer, sino en acompañar, en sanar. Yo siempre digo que el Evangelio no es una receta para cambiar el mundo, sino un modo de vivir. No se trata de forzar un cambio, sino de sembrarlo pacientemente. Es cierto que los tiempos han cambiado, que las personas parecen más distantes, más desconfiadas, pero el amor nunca pierde su poder.

Sonríe suavemente, pero hay un atisbo de determinación en sus palabras.

-Ahora bien, si hablamos de un "toque del espíritu templario", como mencionas… una chispa de humor atraviesa su rostro, pero se desvanece rápidamente, dejando espacio para una reflexión más seria… Eso podría ser una forma de llamar a un espíritu de valentía, de fortaleza. Un toque de ese espíritu templario, si lo entiendes como una llamada a la valentía y al compromiso sin miedo, podría ser necesario. Es cierto que, en algunos momentos, no basta con solo ser "buenos". También hay que ser firmes, hay que ser capaces de desafiar las injusticias, de enfrentar los poderosos que someten y destruyen. Hace una pausa, y en sus ojos se percibe la conciencia de lo que significa ser líder en tiempos difíciles.

-Pero te diré algo, Giorgio. Lo que más transforma el mundo, lo que realmente da la vuelta a las estructuras que parecen inquebrantables, no es la fuerza bruta. Es el testimonio auténtico. La gente busca a alguien en quien creer, alguien que no solo predique, sino que viva lo que dice. El toque templario, si es que lo quieres ver así, está en vivir con valentía la verdad del Evangelio, aun cuando el mundo te presione para que cedas.

Se inclina hacia adelante, como si quisiera compartir un secreto íntimo.

-Sí, la humildad, la fe, el cariño… no son suficientes en un mundo que te exige más. Pero el verdadero cambio comienza en lo más profundo del corazón humano. Ahí es donde se da la batalla más importante, Giorgio. La diferencia está en ser testigos del amor divino, en todos nuestros gestos, grandes y pequeños, en todos nuestros actos, visibles o invisibles. Eso, al final, es lo que transforma.

Mientras seguimos conversando, un leve toque en la puerta interrumpe suavemente el ambiente relajado. El secretario, discreto y respetuoso, entra con una ligera inclinación de cabeza.

-Lo siento, Santo Padre, pero el tiempo ha avanzado. La reunión con los obispos de la Conferencia Episcopal de Mozambique está por comenzar, y debemos partir para llegar a tiempo.

Francisco: Mira al secretario con una ligera sonrisa, pero su rostro refleja una comprensión y aceptación inmediata de la situación. Se vuelve hacia mi con un brillo de gratitud en los ojos, y toma un respiro profundo.

-Ah, Giorgio… el tiempo, siempre tan escurridizo. Pero no te preocupes, estas charlas son muy valiosas para mí, y nunca me quiero ir sin agradecerte. Por favor, transmite mi cariño a todos los de la congregación de San Vicente de Paul, cuídalos, son parte del corazón de este trabajo.

Con una mirada franca y cálida, sus palabras parecen atravesar la distancia de todo el edificio de Santa Marta.

-No quiero que pasen tantos años para vernos nuevamente. La próxima vez, espero que podamos seguir conversando con más tiempo.

Se levanta con un gesto suave, una inclinación de cabeza y una mano que se extiende para despedirse.

-Que Dios te bendiga, Giorgio. Que tu camino siga iluminado. Hasta pronto.

El secretario asiente y se aleja para darle paso a una última despedida cordial, mientras las puertas se cierran lentamente detrás de ti. La atmósfera se queda suspendida por un momento, como si el eco de la conversación aún se mantuviera en el aire.


El Camino a Roma


Dejé atrás las puertas del Vaticano, y mis pasos comenzaron a resonar con más claridad a medida que me alejaba de la residencia papal. El aire romano acariciaba mi piel, un aire impregnado de historia, de siglos de transformación y fe. A pocos metros, la ciudad comenzaba a cobrar vida. El bullicio de los transeúntes, el zumbido de las bicicletas, las conversaciones entrecortadas en italiano se fundían en una sinfonía que solo Roma sabe componer.

Cada calle que recorría me llevaba un paso más cerca del Coliseo. Desde las estrechas y empedradas vías cercanas a la plaza, se podían ver las siluetas de los edificios históricos que custodiaban el alma de la ciudad. El Foro Romano estaba a solo unas cuadras de distancia, un recordatorio viviente de un pasado glorioso que se encontraba aún latente en las piedras. La antigua Roma, la cuna del imperio que gobernó el mundo, estaba a mis pies, testigo de innumerables luchas y victorias, de traiciones y redenciones.

Al llegar cerca del Coliseo, la sombra de su enorme estructura se hacía más presente. Es imposible no pensar en las crueles luchas que allí tuvieron lugar, las persecuciones de los primeros cristianos. Pero, en un giro irónico de la historia, lo mismo que comenzó como un lugar de sufrimiento se convirtió en un símbolo de resistencia y fe. Fue en estos mismos pasillos, donde miles de cristianos encontraron la muerte, donde Constantino, al final de su lucha interna, vio la luz. En la batalla del Puente Milvio, después de una noche de visiones, el emperador romano adoptó el cristianismo como su bandera, dando forma a un mundo completamente nuevo. Ese camino de conversión, marcado por la violencia y la desesperación, fue seguido por una iluminación, un cambio radical de rumbo. Un cambio que no solo transformó al hombre, sino al mundo entero.

Es como si, en ese preciso momento de la historia, el hombre hubiera comprendido que su verdadera lucha no era contra otros hombres, sino contra su propia naturaleza. La fe, esa llama que arde silenciosa, comenzó a iluminar incluso los rincones más oscuros de Roma. Al igual que Constantino, todos buscamos un propósito, una verdad, una luz que nos guíe. Quizás la búsqueda nunca termine, pero el Papa me dejó una pista en sus palabras: "La verdadera diferencia está en vivir con valentía lo que creemos, en no temer a ser auténticos, a dar lo mejor de nosotros, incluso cuando el mundo no lo entienda."

Cierre

Al caminar por esas calles, me di cuenta de que mi propia búsqueda no era diferente a la de los hombres que pisaron esos mismos suelos hace siglos. Todos estamos en busca de algo más, algo que nos devuelva la paz, que nos oriente en medio del caos. Y al igual que Constantino, todos enfrentamos nuestras propias batallas internas, nuestros miedos, nuestras dudas. Pero la clave, como me enseñó el Papa, es nunca dejar de buscar, nunca dejar de vivir el amor con valentía.

Roma me enseñó que, en la vida, los momentos de silencio y los de lucha son igualmente sagrados. Son oportunidades para encontrar la iluminación, para reconocer que, al final, todos estamos caminando hacia la misma luz. Quizás, en el proceso, el viaje mismo sea lo único que realmente importe.



 

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Sobre la Firma
                 @jorgecarusso | linkedin.com/in/jorgecarusso | 
                 Periodista - Matr. 14.856 Ley 12.908 

 


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Recomendación

Las historias narradas en esta columna son producto de la imaginación del autor y, en ocasiones, pueden estar basadas en eventos reales o inspiradas en situaciones de la vida cotidiana.

Si bien se han tomado ciertas libertades creativas para construir los relatos, es importante destacar que cualquier parecido con personas reales, vivas o fallecidas, o con eventos que hayan ocurrido o puedan ocurrir, es pura coincidencia.

Además, el autor utiliza recursos gramaticales no convencionales con el objetivo de lograr efectos específicos sobre el lector, explorando distintas técnicas narrativas para transmitir emociones, generar atmósferas o crear suspenso. Por lo tanto, la experiencia de lectura puede variar según la interpretación individual de cada uno.

Se advierte que el contenido de esta narrativa puede ser impactante, sorprendente o incluso perturbador. Por ello, se recomienda la discreción del lector y se lee bajo su propio riesgo.

Sin embargo, también se lo invita a sumergirse en las páginas de estas historias con mente abierta y disposición para explorar nuevos mundos, descubrir emociones y reflexionar sobre la naturaleza humana y el universo que nos rodea.

¡Que disfrutes de la lectura!


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