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Camino por los pasillos silenciosos, donde
las pisadas resuenan como latidos contenidos. Los vitrales
dejan caer luces de colores en el suelo de piedra, dibujando
caminos invisibles que se cruzan y se pierden. El aire
huele a incienso viejo y a libros antiguos. Cada paso
me acerca más a ese pórtico sencillo, despojado
de oropeles, que guarda detrás suyo un momento
que cambiará algo en mí.
Faltan pocos metros. Respiro hondo.
Allí está la puerta, apenas entornada, detrás
de la cual me espera Francisco.
Ya no es sólo Jorge, el curita argentino que viajaba
en subte y se mezclaba entre la gente como uno más.
Ahora es el Sumo Pontífice. El hombre que sostiene
en sus manos las llaves de un puente que yo -de algún
modo- debo cruzar.
Estoy a pasos de cruzar el umbral.
Ese umbral que me llevará a un nivel del cual ya
nada será igual.
Porque, en última instancia, no importa cuál
sea mi formación espiritual, ni las certezas o
dudas que me acompañen: iba a conversar con el
hombre más importante del mundo, y para muchos,
con aquel que custodia el lazo con lo divino.
Me detengo un instante.
Cierro los ojos.
Siento el eco de tantas voces, tantos caminos recorridos,
tantas preguntas aún sin respuesta.
Recuerdo, como un susurro, las palabras
del padre Tomás: "No temas acercarte. Lo sagrado
no aleja: invita."
Y también la inmensa espera en Luján, aquella
vez en que, entre miles de peregrinos, sentí por
primera vez el peso dulce de la fe colectiva, ese latido
inmenso que hace temblar el suelo mismo.
Ahora, sólo un paso más.
El pomo de la puerta está al alcance de mi mano.
El puente está tendido.
Sólo debo cruzarlo.
¿Qué hacer?
¿Esperar? ¿Tocar? ¿Entrar?
Todo era demasiado para mí.
Me sentía indefenso, vulnerable, como un niño
obligado a dar el discurso en el patio del colegio durante
una fiesta patria, con la voz temblando y las manos sudadas.
¿Por qué? ¿Acaso no estoy preparado?
¿No he enfrentado ya personajes de todo pelaje
y aún sigo en carrera?
Es -me repetía- una entrevista más.
Mentira.
Pero, en el fondo, sabía que
no era así.
Que esta vez no era sólo una conversación.
Era, de algún modo, acercarme al borde mismo del
misterio.
Respiré hondo.
Apreté el pomo de la puerta, sentí el frío
del metal en la palma.
Y entonces, antes de que pudiera decidir...
La puerta no se abrió sola.
No hubo coros celestiales, ni rayos de luz cayendo desde
un vitral.
Tampoco fue un acto heroico de mi parte.
Simplemente, golpeé dos veces, torpe, como quien
duda de su propio impulso.
Y entonces sí, del otro lado, una voz conocida
-cálida, casi cómplice- dijo:
-¡Pase, che! No se quede ahí
parado como estatua...
Era él.
Era Francisco.
Era Jorge.
Era todos a la vez.
Lo abrazo, y por un momento, el mundo
parece detenerse.
Mi mente sigue dando vueltas, como un engranaje que no
termina de ajustarse. No sé qué hacer, no
sé qué decir. ¿Una reverencia? ¿Un
gesto formal? ¿O me lanzo a una despedida del protocolo
y me dejo llevar por el momento? No termino de cuestionarme,
cuando él avanza hacia mí y me envuelve
en un tierno abrazo.
-¡Querido Giorgio! Tanto tiempo,
¡cuánto me alegra verte!
El "Giorgio" resuena como un
eco en mi oído.
Es el mismo Jorge de siempre, el que conocí en
Buenos Aires, el que compartía las tardes de mate
y las charlas sobre todo y nada a la vez.
Pero algo ha cambiado. Él ya no es el cura argentino
que viajaba en subte, que se confundía con la gente,
que miraba el mundo desde abajo, sin pretensiones. Ahora
es Francisco.
Pero, en ese abrazo, no hay barreras, no hay distancia.
Hay solo un hombre que, como yo, tiene su historia. Su
humanidad. Y eso me hace sentir de nuevo el peso de lo
que significa estar ahí.
Francisco: Con una sonrisa cálida
y un gesto afable, me mira a los ojos, me da un apretón
de manos y me dice con tono afectuoso:
-¡Ah, Giorgio! Qué bueno
verte, querido. El tiempo pasa rápido, pero aquí
estamos, ¿no? ¿Cómo estás?
¿Cómo ha sido todo este tiempo para ti?
Giorgio:
Surtido padre... no quiero distraerlo se que tiene el
tiempo limitado. Solo sepa que los míos y yo estamos
bien. Le manda muchos afectos el padre Tomas y toda la
banda de Vicentinos.
Francisco: Una sonrisa franca aparece
en su rostro al escuchar el nombre del padre Tomás,
su mirada se suaviza por un momento, y asiente con familiaridad,
como si esas palabras le trajeran una calidez de casa.
-¡Qué bonito saberlo! Tomás
es un hombre excepcional, siempre lleno de amor y generosidad.
La banda de Vicentinos, ¡siempre presente! Les mando
un abrazo enorme a todos, de corazón. Me alegra
que estén bien, Giorgio. Eso siempre es lo más
importante.
Se siguen juntando?
Giorgio: un viernes por mes. Como corresponde
pero ya quedamos pocos.
Hace una pausa, como para tomar un respiro,
y observa con interés:
-Sabes, la vida de todos nosotros está
llena de historias que no se ven, pero que nos marcan
profundamente. ¿Cómo has vivido todo esto
de los últimos años? ¿Cómo
has cambiado tú, cómo te has visto a ti
mismo en este tiempo?
Giorgio:
Todos somos víctimas de las circunstancias que
nos rodean y estas se mueven rápido. El balance
da positivo, pero al lado de lo suyo es como que estuve
en coma estos años. Como soporta tanta presión?
Como lo hace?
No hay manera que un hombre normal pueda manejar este
cumulo de responsabilidades sin colapsar
Francisco: Una leve sonrisa se asoma, pero su rostro refleja
la seriedad que marca la profundidad de sus palabras.
Me mira con una mirada cálida, pero que también
parece cargar con el peso de todo lo que lleva sobre sus
hombros.
-La presión, Giorgio
La presión
está siempre, y quizás más en este
lugar. Pero no lo hago solo. No soy un hombre solo cargando
un peso. Cada día, me encuentro con tantos que
comparten la carga, desde el más pequeño
gesto hasta los que son parte de la gran estructura de
la Iglesia. Lo más importante es tener la conciencia
que no se está solo, ni uno, ni el otro.
Pausa, mira hacia abajo un momento, como
si las palabras flotaran en el aire por un instante.
-¿Sabes? Creo que el verdadero
secreto está en mirar las cosas con los ojos de
la esperanza, de la fe. No tanto con la perspectiva de
lo que parece ser un peso, sino con la posibilidad de
hacer algo con lo que se tiene, de transformar ese dolor,
esa carga, en algo que aporte. Y si algún día
me siento al borde de colapsar
bueno, ahí
están las manos de los demás, y está
la fe. La fe es la que te sostiene cuando el cuerpo o
la mente ya no pueden más.
Suspira, y su voz se suaviza aún
más, como si esa reflexión fuera una entrega
sincera.
-A veces, lo que más cuesta es
pedir ayuda. Y sin embargo, es en ese momento cuando uno
se da cuenta de lo que significa el cuerpo de Cristo,
o la comunidad, o simplemente, los demás. Nos sostenemos
unos a otros. Todos, al final, somos frágiles.
Giorgio: Como decía Wayne
Dyer: "Cuando cambiamos la manera de mirar las cosas,
las cosas cambian." es mi frase de cabecera, pero
muchas veces tardan en cambiar o lo hacen en un periodo
que supera la existencia del observador. Como van esos
cambios su santidad?
Francisco: Me mira con una atención profunda, como
si las palabras de Wayne Dyer resonaran en su interior,
y asiente lentamente, con la mirada fija, reflexiva.
-Sí, Giorgio, esa frase
es
sabia, profunda. Sonríe levemente, pero no con
ligereza, sino con un entendimiento compartido. Cuando
cambiamos nuestra manera de mirar las cosas, las cosas
cambian. Pero, como dices, no siempre ocurre de inmediato.
A veces, el tiempo nos juega en contra. Los cambios no
siempre son visibles, ni inmediatos. A veces, parece que
pasamos una vida observando, esperando que lo que hemos
sembrado dé frutos, pero esos frutos pueden tardar
incluso más de lo que una vida humana alcanza a
ver.
Hace una pausa, y su mirada se torna más
introspectiva, casi distante, como si recordara algo profundo
del camino recorrido.
-Mira, el cambio, en la Iglesia, en el
mundo, no se da de manera instantánea. Lo que hacemos,
nuestras palabras, nuestros gestos
son semillas
que plantamos, pero las semillas necesitan tiempo, tierra,
agua. No podemos forzar que crezcan de inmediato. A veces,
no veremos los frutos de nuestro trabajo, ni en esta vida.
Pero eso no significa que el trabajo haya sido en vano.
No siempre somos los encargados de cosechar.
Su voz se hace más suave, con un
toque de serenidad en la entrega.
-Lo que importa es el caminar, Giorgio.
Lo importante es el cambio interior. Ese cambio, el que
ocurre en el corazón de las personas, puede ser
lento, como una corriente subterránea, pero es
real. ¿Sabes? Creo que el verdadero cambio viene
de cómo vivimos, de cómo nos relacionamos,
de cómo amamos a los demás. El resto, al
final, es secundario.
Me mira, y en sus ojos hay una mezcla
de esperanza y de resignación, como si hubiera
hecho las paces con la lentitud de los procesos humanos.
-Los cambios vienen, tarde o temprano.
Sólo hay que mantener la fe, y seguir mirando las
cosas con esperanza. Eso, al final, marca la diferencia.
Giorgio:
Ser Jesuita marca la diferencia?
Francisco: Su rostro se ilumina con una mirada que mezcla
algo de nostalgia y de orgullo sereno, pero también
una humildad profunda que lo caracteriza.
-Ser jesuita
-pausa, como si tomara
un respiro para elegir las palabras correctas.- No es
una diferencia en el sentido de estar por encima de los
demás, ni de ser mejores o más importantes.
Para un jesuita, lo esencial está en vivir el carisma
que San Ignacio de Loyola nos dejó. Es una manera
de vivir, de ver el mundo, de entrar en las realidades
humanas con los pies en la tierra, pero con los ojos puestos
en el cielo.
Una ligera sonrisa aparece, como si recordara
su propio camino dentro de la Compañía de
Jesús, los días de formación, las
luchas internas.
-Ser jesuita implica una entrega al servicio,
un compromiso con la justicia social, un llamado a estar
cerca de los pobres, de los más olvidados, de los
excluidos. No somos monjes apartados, Giorgio. Nosotros
vivimos en el mundo, pero no somos del mundo. Vivir como
jesuita significa estar dispuestos a ir a donde se nos
necesita, sin buscar reconocimiento, sin que nuestra propia
voluntad prevalezca.
La intensidad de sus palabras crece, pero
con un tono de quietud interior.
-Ser jesuita, para mí, marcó
una diferencia porque me enseñó a ver las
cosas de otra manera. Hace una leve inclinación
de cabeza, como si reconociera las enseñanzas recibidas
en su formación... Siempre hay que discernir, preguntarse
qué quiere Dios de uno. Y eso no significa tener
todas las respuestas, sino estar en constante escucha,
constante reflexión, y en constante acción.
Su mirada se fija en un punto lejano,
como si tratara de captar algo más allá
de lo inmediato.
-Pero en la vida, como en el sacerdocio,
lo más importante es el servicio. Y en la Compañía
de Jesús, hemos aprendido que, si queremos marcar
la diferencia, es a través del amor y de la cercanía
con los demás. No por lo que somos, sino por lo
que damos, por lo que somos capaces de transformar en
los demás, con humildad, con cariño y con
fe.
Giorgio: Pero padre, en un mundo materialista,
con corazones de piedra, basta con humildad, con cariño
y con fe para transformar o sera que un toque del espíritu
templario es necesario para hacer esa diferencia
Francisco: Su mirada se torna profunda
y, por un momento, parece contemplar el peso de tus palabras,
como si pesara cada frase antes de responder.
-El mundo materialista, como lo describes
se detiene un instante, como si quisiera encontrar el
tono adecuado para abordar esa verdad
es una realidad
compleja. El corazón humano está, por supuesto,
muchas veces endurecido por el egoísmo, por el
consumo, por la desesperanza. No hay duda de eso. Vivimos
en un mundo que prioriza lo tangible, lo inmediato, lo
que se puede ver, tocar y poseer.
La mirada de Francisco se endurece levemente,
como quien enfrenta una lucha constante contra un enemigo
invisible.
-Pero la humildad, el cariño, la
fe, son armas poderosas, Giorgio. No lo subestimes. Son
la antítesis de la agresión del materialismo.
Son gestos pequeños, casi invisibles, pero capaces
de penetrar el corazón humano. La verdadera diferencia
no está en imponer, sino en acompañar, en
sanar. Yo siempre digo que el Evangelio no es una receta
para cambiar el mundo, sino un modo de vivir. No se trata
de forzar un cambio, sino de sembrarlo pacientemente.
Es cierto que los tiempos han cambiado, que las personas
parecen más distantes, más desconfiadas,
pero el amor nunca pierde su poder.
Sonríe suavemente, pero hay un
atisbo de determinación en sus palabras.
-Ahora bien, si hablamos de un "toque
del espíritu templario", como mencionas
una chispa de humor atraviesa su rostro, pero se desvanece
rápidamente, dejando espacio para una reflexión
más seria
Eso podría ser una forma
de llamar a un espíritu de valentía, de
fortaleza. Un toque de ese espíritu templario,
si lo entiendes como una llamada a la valentía
y al compromiso sin miedo, podría ser necesario.
Es cierto que, en algunos momentos, no basta con solo
ser "buenos". También hay que ser firmes,
hay que ser capaces de desafiar las injusticias, de enfrentar
los poderosos que someten y destruyen. Hace una pausa,
y en sus ojos se percibe la conciencia de lo que significa
ser líder en tiempos difíciles.
-Pero te diré algo, Giorgio. Lo
que más transforma el mundo, lo que realmente da
la vuelta a las estructuras que parecen inquebrantables,
no es la fuerza bruta. Es el testimonio auténtico.
La gente busca a alguien en quien creer, alguien que no
solo predique, sino que viva lo que dice. El toque templario,
si es que lo quieres ver así, está en vivir
con valentía la verdad del Evangelio, aun cuando
el mundo te presione para que cedas.
Se inclina hacia adelante, como si quisiera
compartir un secreto íntimo.
-Sí, la humildad, la fe, el cariño
no son suficientes en un mundo que te exige más.
Pero el verdadero cambio comienza en lo más profundo
del corazón humano. Ahí es donde se da la
batalla más importante, Giorgio. La diferencia
está en ser testigos del amor divino, en todos
nuestros gestos, grandes y pequeños, en todos nuestros
actos, visibles o invisibles. Eso, al final, es lo que
transforma.
Mientras seguimos conversando, un
leve toque en la puerta interrumpe suavemente el ambiente
relajado. El secretario, discreto y respetuoso, entra
con una ligera inclinación de cabeza.
-Lo siento, Santo Padre, pero el tiempo
ha avanzado. La reunión con los obispos de la Conferencia
Episcopal de Mozambique está por comenzar, y debemos
partir para llegar a tiempo.
Francisco: Mira al secretario con una
ligera sonrisa, pero su rostro refleja una comprensión
y aceptación inmediata de la situación.
Se vuelve hacia mi con un brillo de gratitud en los ojos,
y toma un respiro profundo.
-Ah, Giorgio
el tiempo, siempre
tan escurridizo. Pero no te preocupes, estas charlas son
muy valiosas para mí, y nunca me quiero ir sin
agradecerte. Por favor, transmite mi cariño a todos
los de la congregación de San Vicente de Paul,
cuídalos, son parte del corazón de este
trabajo.
Con una mirada franca y cálida,
sus palabras parecen atravesar la distancia de todo el
edificio de Santa Marta.
-No quiero que pasen tantos
años para vernos nuevamente. La próxima
vez, espero que podamos seguir conversando con más
tiempo.
Se levanta con un gesto suave, una inclinación
de cabeza y una mano que se extiende para despedirse.
-Que Dios te bendiga, Giorgio. Que tu
camino siga iluminado. Hasta pronto.
El secretario asiente y se aleja para
darle paso a una última despedida cordial, mientras
las puertas se cierran lentamente detrás de ti.
La atmósfera se queda suspendida por un momento,
como si el eco de la conversación aún se
mantuviera en el aire.
El Camino a Roma
Dejé atrás las puertas del Vaticano, y mis
pasos comenzaron a resonar con más claridad a medida
que me alejaba de la residencia papal. El aire romano
acariciaba mi piel, un aire impregnado de historia, de
siglos de transformación y fe. A pocos metros,
la ciudad comenzaba a cobrar vida. El bullicio de los
transeúntes, el zumbido de las bicicletas, las
conversaciones entrecortadas en italiano se fundían
en una sinfonía que solo Roma sabe componer.
Cada calle que recorría me llevaba
un paso más cerca del Coliseo. Desde las estrechas
y empedradas vías cercanas a la plaza, se podían
ver las siluetas de los edificios históricos que
custodiaban el alma de la ciudad. El Foro Romano estaba
a solo unas cuadras de distancia, un recordatorio viviente
de un pasado glorioso que se encontraba aún latente
en las piedras. La antigua Roma, la cuna del imperio que
gobernó el mundo, estaba a mis pies, testigo de
innumerables luchas y victorias, de traiciones y redenciones.
Al llegar cerca del Coliseo, la sombra
de su enorme estructura se hacía más presente.
Es imposible no pensar en las crueles luchas que allí
tuvieron lugar, las persecuciones de los primeros cristianos.
Pero, en un giro irónico de la historia, lo mismo
que comenzó como un lugar de sufrimiento se convirtió
en un símbolo de resistencia y fe. Fue en estos
mismos pasillos, donde miles de cristianos encontraron
la muerte, donde Constantino, al final de su lucha interna,
vio la luz. En la batalla del Puente Milvio, después
de una noche de visiones, el emperador romano adoptó
el cristianismo como su bandera, dando forma a un mundo
completamente nuevo. Ese camino de conversión,
marcado por la violencia y la desesperación, fue
seguido por una iluminación, un cambio radical
de rumbo. Un cambio que no solo transformó al hombre,
sino al mundo entero.
Es como si, en ese preciso momento de
la historia, el hombre hubiera comprendido que su verdadera
lucha no era contra otros hombres, sino contra su propia
naturaleza. La fe, esa llama que arde silenciosa, comenzó
a iluminar incluso los rincones más oscuros de
Roma. Al igual que Constantino, todos buscamos un propósito,
una verdad, una luz que nos guíe. Quizás
la búsqueda nunca termine, pero el Papa me dejó
una pista en sus palabras: "La verdadera diferencia
está en vivir con valentía lo que creemos,
en no temer a ser auténticos, a dar lo mejor de
nosotros, incluso cuando el mundo no lo entienda."
Cierre
Al caminar por esas calles, me di cuenta
de que mi propia búsqueda no era diferente a la
de los hombres que pisaron esos mismos suelos hace siglos.
Todos estamos en busca de algo más, algo que nos
devuelva la paz, que nos oriente en medio del caos. Y
al igual que Constantino, todos enfrentamos nuestras propias
batallas internas, nuestros miedos, nuestras dudas. Pero
la clave, como me enseñó el Papa, es nunca
dejar de buscar, nunca dejar de vivir el amor con valentía.
Roma me enseñó que, en
la vida, los momentos de silencio y los de lucha son igualmente
sagrados. Son oportunidades para encontrar la iluminación,
para reconocer que, al final, todos estamos caminando
hacia la misma luz. Quizás, en el proceso, el viaje
mismo sea lo único que realmente importe.
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