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Después del quiebre, no hubo inmediato
entendimiento. Hubo silencio.
Un silencio que no siempre fue impuesto, pero que rápidamente
encontró lugar. Las voces se replegaron, los márgenes
se achicaron y la vida cotidiana empezó a reorganizarse
bajo nuevas reglas.
El cambio no fue sólo
político. Fue también cultural, social,
incluso emocional.
Las sociedades no se transforman únicamente
por lo que ocurre, sino por lo que dejan de decir. Y en
ese tiempo, muchas cosas dejaron de decirse.
Con los años, la recuperación
democrática permitió reconstruir parte de
lo perdido. Pero no todo.
El país acumuló marcas que
no prescriben. Algunas visibles. Otras más profundas.
A veces, en medio de la frustración,
aparece esa sentencia brutal: que este es un país
perdido. Y por momentos parece difícil discutirla.
Pero el país, en sí mismo, no fracasa. Fracasan
sus decisiones, sus dirigencias, sus mecanismos de respuesta.
Porque, al mismo tiempo, existe un entramado
silencioso que sostiene. Personas que trabajan, que resisten,
que empujan incluso cuando el contexto no acompaña.
Pero no alcanza.
Los "hombres buenos", en términos
de Jean-Jacques Rousseau, suelen ser mayoría. El
problema es que rara vez actúan como tal. Se dispersan,
se adaptan o quedan atrapados en estructuras que terminan
neutralizándolos.
La historia lo muestra con crudeza: quienes
erosionan las reglas suelen estar más organizados
que quienes intentan sostenerlas.
Cuando ese desequilibrio se consolida,
el deterioro deja de ser una posibilidad y pasa a ser
un proceso.
Sin embargo, la historia también
deja otra enseñanza: los procesos no son inevitables.
Se construyen.
Y si se construyen, también pueden
evitarse.
A 50 años, la discusión
no debería limitarse al pasado. Tampoco a la memoria
como ejercicio aislado.
Las señales siguen existiendo. Las tensiones también.
La diferencia, como siempre, no está en lo que
ocurre, sino en cómo se responde.
Porque ninguna
sociedad está definitivamente a salvo. Ni definitivamente
perdida.
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