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Mientras el mundo corre detrás
de pantallas, estadísticas y urgencias, en algún
rincón de la Quebrada de Humahuaca, en una comunidad
perdida de la Puna, en un patio de adobe del norte argentino,
alguien abre un pequeño hoyo en la tierra. Deposita
un poco de comida, unas hojas de coca, un sorbo de bebida,
quizá un puñado de maíz. No está
alimentando a un dios. Está diciendo gracias.
Eso es, en el fondo, la
Pachamama. La gratitud convertida en ceremonia.
Nos hemos acostumbrado a creer que la
naturaleza es un recurso. Ellos nunca la llamaron así.
Para los pueblos andinos la tierra no era una propiedad:
era una madre. No se la conquistaba; se la respetaba.
No se la explotaba; se convivía con ella.
Hay una enorme diferencia
entre vivir sobre la tierra y vivir con la tierra.
Cada vez que viajo al norte argentino
vuelvo con esa sensación difícil de explicar.
La inmensidad de los cerros, los cardones que parecen
custodios del tiempo, el silencio de la Puna, el sonido
lejano de una quena o un charango, las cajas copleras
que parecen latidos... Todo invita a bajar la voz. Allí
uno descubre que la naturaleza no necesita hacer ruido
para enseñarnos.
Quizá por eso siempre
regreso distinto.
El jefe indígena Seattle, cuya
figura quedó asociada a una de las más profundas
reflexiones sobre la relación entre el hombre y
la naturaleza, expresó una idea que sigue atravesando
los siglos: la Tierra no pertenece al hombre; el hombre
pertenece a la Tierra.
Más allá de los debates
históricos sobre la forma exacta de aquellas palabras,
la enseñanza permanece intacta.
Nosotros somos una pequeña
parte de algo inmensamente mayor.
Sin embargo, vivimos como si todo nos
perteneciera. Extraemos, talamos, contaminamos, construimos
y descartamos con la velocidad de quien cree que siempre
habrá otra oportunidad. La Pachamama, en cambio,
propone exactamente lo contrario: detenerse. Agradecer
antes de pedir. Devolver antes de tomar.
No es casual que la tradición de
la caña con ruda también llegue cada primero
de agosto. Los antiguos buscaban proteger el cuerpo de
las enfermedades del invierno. Pero acaso el remedio más
necesario hoy sea otro: curar nuestra soberbia.
Tal vez el progreso nos
hizo olvidar algo elemental.
No somos dueños del río
que bebemos, ni del aire que respiramos, ni del árbol
que nos da sombra. Apenas somos pasajeros.
Y, como todo buen pasajero, deberíamos
dejar el lugar al menos tal como lo encontramos.
Pienso en los niños que todavía
juegan descalzos sobre la tierra. Ellos no necesitan que
nadie les explique el significado de la Pachamama. Lo
entienden con las manos. Con el barro. Con el olor de
la lluvia. Con esa alegría simple que los adultos
vamos perdiendo mientras llenamos la vida de cosas que
nunca terminan de llenarnos.
Quizá por eso esta celebración
sigue viva después de tantos siglos. Porque nos
recuerda una verdad que ninguna tecnología podrá
reemplazar.
Venimos de la tierra. Vivimos gracias
a la tierra. Y algún día volveremos a la
tierra.
Entre esos dos momentos
transcurre nuestra historia.
Tal vez la verdadera sabiduría
consista en no olvidar nunca que cada paso que damos lo
hacemos sobre el mismo suelo que sostuvo a quienes estuvieron
antes y que sostendrá a quienes todavía
no han nacido.
Hoy, cuando muchos levantarán un
vaso de caña con ruda y otros abrirán un
pequeño altar frente a la montaña, no importa
tanto el ritual como la intención.
Basta con detenerse un instante. Mirar
un árbol. Escuchar el viento. Sentir el perfume
de la tierra después de la lluvia. Y decir, simplemente:
Gracias.
Las civilizaciones se recuerdan por las
ciudades que construyeron. Pero quizá algún
día sean juzgadas por los bosques que conservaron,
los ríos que protegieron y la tierra que supieron
devolver con la misma generosidad con que la recibieron.
Ese, tal vez, sea el mensaje más profundo de la
Pachamama. Y nunca fue tan actual como hoy.
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