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Pachamama: cuando la tierra todavía nos llama por nuestro nombre

Hay días que llegan al calendario como una fecha más. Y hay otros que parecen venir desde muy lejos, desde un tiempo en que el hombre todavía sabía escuchar el viento. El 1º de agosto pertenece a esa segunda categoría.


1 de agosto de 2026

Fuente del contenido | @escobarsite



Mientras el mundo corre detrás de pantallas, estadísticas y urgencias, en algún rincón de la Quebrada de Humahuaca, en una comunidad perdida de la Puna, en un patio de adobe del norte argentino, alguien abre un pequeño hoyo en la tierra. Deposita un poco de comida, unas hojas de coca, un sorbo de bebida, quizá un puñado de maíz. No está alimentando a un dios. Está diciendo gracias.

Eso es, en el fondo, la Pachamama. La gratitud convertida en ceremonia.

Nos hemos acostumbrado a creer que la naturaleza es un recurso. Ellos nunca la llamaron así. Para los pueblos andinos la tierra no era una propiedad: era una madre. No se la conquistaba; se la respetaba. No se la explotaba; se convivía con ella.

Hay una enorme diferencia entre vivir sobre la tierra y vivir con la tierra.

Cada vez que viajo al norte argentino vuelvo con esa sensación difícil de explicar. La inmensidad de los cerros, los cardones que parecen custodios del tiempo, el silencio de la Puna, el sonido lejano de una quena o un charango, las cajas copleras que parecen latidos... Todo invita a bajar la voz. Allí uno descubre que la naturaleza no necesita hacer ruido para enseñarnos.

Quizá por eso siempre regreso distinto.

El jefe indígena Seattle, cuya figura quedó asociada a una de las más profundas reflexiones sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, expresó una idea que sigue atravesando los siglos: la Tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la Tierra.

Más allá de los debates históricos sobre la forma exacta de aquellas palabras, la enseñanza permanece intacta.

Nosotros somos una pequeña parte de algo inmensamente mayor.

Sin embargo, vivimos como si todo nos perteneciera. Extraemos, talamos, contaminamos, construimos y descartamos con la velocidad de quien cree que siempre habrá otra oportunidad. La Pachamama, en cambio, propone exactamente lo contrario: detenerse. Agradecer antes de pedir. Devolver antes de tomar.

No es casual que la tradición de la caña con ruda también llegue cada primero de agosto. Los antiguos buscaban proteger el cuerpo de las enfermedades del invierno. Pero acaso el remedio más necesario hoy sea otro: curar nuestra soberbia.

Tal vez el progreso nos hizo olvidar algo elemental.

No somos dueños del río que bebemos, ni del aire que respiramos, ni del árbol que nos da sombra. Apenas somos pasajeros.

Y, como todo buen pasajero, deberíamos dejar el lugar al menos tal como lo encontramos.

Pienso en los niños que todavía juegan descalzos sobre la tierra. Ellos no necesitan que nadie les explique el significado de la Pachamama. Lo entienden con las manos. Con el barro. Con el olor de la lluvia. Con esa alegría simple que los adultos vamos perdiendo mientras llenamos la vida de cosas que nunca terminan de llenarnos.

Quizá por eso esta celebración sigue viva después de tantos siglos. Porque nos recuerda una verdad que ninguna tecnología podrá reemplazar.

Venimos de la tierra. Vivimos gracias a la tierra. Y algún día volveremos a la tierra.

Entre esos dos momentos transcurre nuestra historia.

Tal vez la verdadera sabiduría consista en no olvidar nunca que cada paso que damos lo hacemos sobre el mismo suelo que sostuvo a quienes estuvieron antes y que sostendrá a quienes todavía no han nacido.

Hoy, cuando muchos levantarán un vaso de caña con ruda y otros abrirán un pequeño altar frente a la montaña, no importa tanto el ritual como la intención.

Basta con detenerse un instante. Mirar un árbol. Escuchar el viento. Sentir el perfume de la tierra después de la lluvia. Y decir, simplemente: Gracias.

Las civilizaciones se recuerdan por las ciudades que construyeron. Pero quizá algún día sean juzgadas por los bosques que conservaron, los ríos que protegieron y la tierra que supieron devolver con la misma generosidad con que la recibieron. Ese, tal vez, sea el mensaje más profundo de la Pachamama. Y nunca fue tan actual como hoy.



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