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Cuando Lionel Messi levantó la
Copa del Mundo, millones de argentinos sintieron que algo
se había acomodado dentro de ellos. No era solamente
la alegría de un título esperado durante
décadas. Había algo más profundo,
más íntimo y difícil de explicar.
Con el paso del tiempo comprendimos que aquella Selección
no nos emocionó únicamente por ganar. Nos
emocionó por la manera en que lo hizo.
Durante mucho tiempo el éxito deportivo
estuvo asociado al talento individual, a la picardía,
a la figura del héroe capaz de resolverlo todo
en soledad. La generación de Lionel Scaloni rompió
con esa idea. Incluso ahora, después de haber perdido
una final frente a España, esa imagen permanece
intacta. Un partido puede modificar una estadística;
difícilmente pueda borrar una identidad construida
durante años.
Aquella Selección volvió
a poner en primer plano valores que parecían haber
desaparecido del discurso cotidiano: humildad, respeto,
sacrificio, compañerismo, gratitud y trabajo silencioso.
No fueron palabras pronunciadas en conferencias de prensa.
Fueron conductas repetidas una y otra vez.
Scaloni nunca habló desde la soberbia. Messi jamás
reclamó un lugar privilegiado. Los suplentes celebraban
los goles con la misma intensidad que los titulares y
quien dejaba la cancha abrazaba al que ingresaba. El éxito
dejó de pertenecer a una figura para convertirse
en una construcción colectiva.
Sin embargo, esa historia tampoco comenzó en el
predio de Ezeiza.
Si uno busca el origen de esa forma de entender el fútbol,
probablemente deba alejarse de las canchas y entrar en
una cocina familiar, sentarse alrededor de una mesa o
mirar el esfuerzo silencioso de un abuelo, una madre o
un padre. Allí empezó a construirse mucho
antes que existieran las cámaras, las entrevistas
o los contratos millonarios.
Rodrigo De Paul alguna vez contó una historia que
explica mejor que cualquier discurso cómo se forma
un campeón. Su abuelo lo llevaba todos los días
a entrenar a Racing y, antes de despedirse, le dejaba
unas monedas para que pudiera comprarse unas golosinas.
Durante años el mediocampista creyó que
aquel gesto era una simple muestra de cariño. Recién
de grande descubrió la verdad. El dinero que recibía
era el del pasaje de regreso. Mientras él volvía
en colectivo, su abuelo hacía el camino caminando.
No era un sacrificio extraordinario. Era amor. Y el amor,
muchas veces, se parece al sacrificio silencioso.
Seguramente detrás de cada integrante
de esta Selección existan historias parecidas.
Horas de espera bajo la lluvia, madrugadas interminables,
ropa lavada de noche para el entrenamiento del día
siguiente, botines remendados una y otra vez, kilómetros
recorridos para llegar a un club de barrio y padres o
abuelos que postergaron sueños propios para alimentar
los de sus hijos o nietos. Ninguna de esas escenas aparece
en las estadísticas, pero probablemente allí
haya comenzado a construirse el verdadero campeón.
Lionel Scaloni también habló
más de una vez de esa deuda afectiva. Recordó
que su padre trabajaba durante todo el día y, aun
así, encontraba fuerzas para llevar a entrenar
a sus hijos. "Tenía más ganas él
que nosotros de entrenar", dijo alguna vez con una
mezcla de sonrisa y gratitud. Después fue todavía
más lejos al reconocer que, sin ese esfuerzo cotidiano,
ni él ni su hermano habrían llegado siquiera
a jugar en Primera División. En otra entrevista
recordó que la enseñanza más importante
que recibió en su casa no tuvo que ver con el fútbol,
sino con la familia: mantenerse unidos, comprender que
el dinero tiene un valor relativo y que existen vínculos
que nunca deberían negociarse.
Quizá por eso tampoco resulte casual
una de las frases que Rodrigo De Paul le atribuyó
al propio Scaloni y que, en realidad, resume toda una
filosofía de vida: "No somos jugadores de
fútbol; somos personas que juegan al fútbol".
Parece una diferencia mínima, apenas un cambio
en el orden de las palabras. Sin embargo, allí
reside toda una concepción de la educación
y del ser humano.
Hace más de dos mil años
Aristóteles sostenía que el verdadero propósito
de la educación no era fabricar especialistas,
sino formar personas virtuosas. Las habilidades podían
aprenderse; el carácter debía construirse.
Primero estaba el hombre y después el oficio. Dos
milenios después, sin citar al filósofo
griego, Scaloni expresó exactamente la misma idea
dentro de un vestuario de fútbol.
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