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En muchos pueblos bonaerenses, especialmente
aquellos marcados por la inmigración española
e italiana, las fogatas fueron durante décadas
una excusa perfecta para reunir vecinos, quemar muñecos
y celebrar la llegada del invierno. Lo que comenzó
como una tradición traída desde Europa terminó
adquiriendo una identidad propia en estas tierras.
La fogata de San Juan
Se celebra durante la noche del 23 al 24 de junio, víspera
de la festividad de San Juan Bautista.
La costumbre tiene raíces mucho más antiguas
que el cristianismo. En Europa coincidía con las
celebraciones del solsticio de verano del hemisferio norte.
Las hogueras simbolizaban la fuerza del sol, la purificación
y la protección frente a los malos espíritus.
Con el paso del tiempo, la Iglesia incorporó estas
prácticas populares a la festividad de San Juan.
La fogata de San Pedro
y San Pablo
Tiene lugar alrededor del 29 de junio, día dedicado
a San Pedro y San Pablo.
En buena parte de América Latina, especialmente
en zonas rurales, la tradición evolucionó
de manera diferente. Las fogatas adquirieron un carácter
más comunitario y festivo que ritual. Lo importante
ya no era tanto la purificación como el encuentro.
Con el tiempo, ambas celebraciones terminaron mezclándose.
Por eso, en muchas localidades la gente sigue hablando
simplemente de "la fogata de San Juan", aunque
la quema se realice cerca del día de San Pedro
y San Pablo.
El fuego, desde que el ser humano logró dominarlo,
brindó calor, cobijo y seguridad. También
se convirtió en un punto de encuentro. A su alrededor
se compartieron historias, agradecimientos, pedidos y
silencios.
Durante gran parte del siglo pasado, la última
semana de junio tenía un ritual propio. Los chicos
recorrían el barrio buscando ramas, cajones, papeles
y cualquier material combustible que pudiera alimentar
la fogata. Todo terminaba apilado en algún terreno
baldío y, para darle mayor espectacularidad al
acontecimiento, no faltaban las viejas cubiertas que producían
llamas altas y densas columnas de humo.
Con el paso de los años, la desaparición
de muchos baldíos, las normas de seguridad y la
intervención de los organismos de control transformaron
aquellas celebraciones. Las fogatas no desaparecieron,
pero dejaron de ser aquellas construcciones espontáneas
levantadas por los propios vecinos.
Existe además una curiosa paradoja histórica.
Mientras en Europa las hogueras celebraban el día
más largo del año y el triunfo de la luz
sobre la oscuridad, en Argentina se encendían precisamente
en la época más fría y oscura. El
fuego conservó su valor simbólico, aunque
el significado astronómico quedó invertido
por el simple hecho de haberse trasladado de hemisferio.
Quizás por eso la tradición sobrevivió.
Porque aquí nunca se trató de festejar el
verano. Se trató de desafiar al invierno. De reunirse
alrededor de una llama compartida. De olvidar por un rato
las preocupaciones, quemar simbólicamente lo malo
y pedir por tiempos mejores.
Una vieja historia cuenta que un grupo de aldeanos se
reunía una vez al año junto a una fogata
en la montaña para agradecer lo recibido. Un anciano
pronunciaba unas palabras que nadie comprendía.
Algunos bailaban. Otros conversaban. Muchos simplemente
contemplaban las llamas.
Nadie recuerda hoy qué decía aquel anciano
ni dónde estaba aquella montaña. Pero la
leyenda asegura que a Dios le gustaba tanto ver a las
personas reunidas alrededor del fuego que nunca podía
resistirse a escuchar sus deseos.
Es apenas una historia. Una de tantas que el tiempo se
encarga de volver difusas.
Pero basta observar una fogata en una
noche fría para comprender por qué todavía
seguimos contándola.
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