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Tradiciones que resisten al tiempo


Cuando el fuego reunía al barrio

Las fogatas de San Juan, San Pedro y San Pablo llegaron con los inmigrantes y durante décadas fueron una de las celebraciones más esperadas del invierno. Entre historia, rituales y recuerdos, el fuego sigue conservando un extraño poder de convocatoria.


27 de Junio de 2026

Fuente del contenido | @escobarsite



En muchos pueblos bonaerenses, especialmente aquellos marcados por la inmigración española e italiana, las fogatas fueron durante décadas una excusa perfecta para reunir vecinos, quemar muñecos y celebrar la llegada del invierno. Lo que comenzó como una tradición traída desde Europa terminó adquiriendo una identidad propia en estas tierras.

La fogata de San Juan


Se celebra durante la noche del 23 al 24 de junio, víspera de la festividad de San Juan Bautista.
La costumbre tiene raíces mucho más antiguas que el cristianismo. En Europa coincidía con las celebraciones del solsticio de verano del hemisferio norte. Las hogueras simbolizaban la fuerza del sol, la purificación y la protección frente a los malos espíritus. Con el paso del tiempo, la Iglesia incorporó estas prácticas populares a la festividad de San Juan.

La fogata de San Pedro y San Pablo

Tiene lugar alrededor del 29 de junio, día dedicado a San Pedro y San Pablo.
En buena parte de América Latina, especialmente en zonas rurales, la tradición evolucionó de manera diferente. Las fogatas adquirieron un carácter más comunitario y festivo que ritual. Lo importante ya no era tanto la purificación como el encuentro.

Con el tiempo, ambas celebraciones terminaron mezclándose. Por eso, en muchas localidades la gente sigue hablando simplemente de "la fogata de San Juan", aunque la quema se realice cerca del día de San Pedro y San Pablo.
El fuego, desde que el ser humano logró dominarlo, brindó calor, cobijo y seguridad. También se convirtió en un punto de encuentro. A su alrededor se compartieron historias, agradecimientos, pedidos y silencios.

Durante gran parte del siglo pasado, la última semana de junio tenía un ritual propio. Los chicos recorrían el barrio buscando ramas, cajones, papeles y cualquier material combustible que pudiera alimentar la fogata. Todo terminaba apilado en algún terreno baldío y, para darle mayor espectacularidad al acontecimiento, no faltaban las viejas cubiertas que producían llamas altas y densas columnas de humo.

Con el paso de los años, la desaparición de muchos baldíos, las normas de seguridad y la intervención de los organismos de control transformaron aquellas celebraciones. Las fogatas no desaparecieron, pero dejaron de ser aquellas construcciones espontáneas levantadas por los propios vecinos.

Existe además una curiosa paradoja histórica. Mientras en Europa las hogueras celebraban el día más largo del año y el triunfo de la luz sobre la oscuridad, en Argentina se encendían precisamente en la época más fría y oscura. El fuego conservó su valor simbólico, aunque el significado astronómico quedó invertido por el simple hecho de haberse trasladado de hemisferio.

Quizás por eso la tradición sobrevivió. Porque aquí nunca se trató de festejar el verano. Se trató de desafiar al invierno. De reunirse alrededor de una llama compartida. De olvidar por un rato las preocupaciones, quemar simbólicamente lo malo y pedir por tiempos mejores.

Una vieja historia cuenta que un grupo de aldeanos se reunía una vez al año junto a una fogata en la montaña para agradecer lo recibido. Un anciano pronunciaba unas palabras que nadie comprendía. Algunos bailaban. Otros conversaban. Muchos simplemente contemplaban las llamas.

Nadie recuerda hoy qué decía aquel anciano ni dónde estaba aquella montaña. Pero la leyenda asegura que a Dios le gustaba tanto ver a las personas reunidas alrededor del fuego que nunca podía resistirse a escuchar sus deseos.
Es apenas una historia. Una de tantas que el tiempo se encarga de volver difusas.

Pero basta observar una fogata en una noche fría para comprender por qué todavía seguimos contándola.


 







 


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