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Hay historias que uno conoce desde siempre,
aunque el tiempo y las vueltas de la vida terminen alejándonos
de sus protagonistas.
A Yolanda Kener la conozco desde chica.
Recuerdo aquella jovencita de rasgos europeos, con quien
compartimos, en algún punto de nuestros caminos,
parentescos y encuentros familiares. Después, como
suele suceder, cada uno siguió su rumbo y los contactos
se fueron espaciando hasta perderse.
Mucho tiempo después me enteré
de una desgracia que golpeó duramente a su familia:
la muerte de su hijo Marcos, en un episodio familiar cuyas
circunstancias merecen ser tratadas con la prudencia que
corresponde. Fue una pérdida enorme, de esas que
dejan marcas difíciles de borrar. Con el dolor
a cuestas, Yolanda y los suyos intentaron seguir adelante.
Les quedaba Priscilla, su hija.
Pero la vida, que no siempre da tregua,
parece haberles reservado una nueva prueba.
Un vínculo que
comenzó a preocupar a la familia
Por razones laborales, el marido de Yolanda
consiguió trabajo en Mendoza y la familia se trasladó
allí. Fue durante esa etapa cuando Priscilla conoció,
a través de una amiga, a un hombre mayor que, según
el relato familiar, se mostraba amable, simpático
y siempre dispuesto a aconsejarla.
Con el tiempo, aquella relación
empezó a despertar inquietud. El hombre le recomendaba
hierbas, le hablaba de cuestiones espirituales y parecía
ocupar un lugar cada vez más importante en su vida.
La familia regresó posteriormente
a Escobar, pero, según cuenta Yolanda, el vínculo
entre su hija y ese hombre continuó. Llegaban encomiendas
con hierbas, velas, figuras y otros elementos que Priscilla
habría utilizado para montar una especie de altar
en un rincón de la vivienda.
Cuando su madre y una tía descubrieron
aquel espacio, manifestaron su preocupación. El
tema generó discusiones y un distanciamiento que,
con el paso del tiempo, se profundizó.
La familia comenzó a percibir cambios
en Priscilla y temía que aquella relación
estuviera condicionando sus decisiones. Sin embargo, establecer
qué ocurría realmente requiere información
que vaya más allá de las impresiones de
sus allegados.
El regreso
a Mendoza y la pérdida de contacto
Finalmente, Priscilla decidió regresar
a Mendoza. Preocupados por su situación, sus familiares
viajaron para verla. En un primer encuentro, ella les
aseguró que estaba bien y les pidió que
no se inquietaran.
Tiempo después, una prima volvió
a visitarla y, según el relato de la familia, la
encontró en peores condiciones. Cuando sus padres
regresaron, también advirtieron un deterioro que
los alarmó. La relación se había
vuelto difícil y, en una de esas visitas, Priscilla
les pidió que se fueran.
A partir de entonces,
el contacto comenzó a perderse.
Las redes sociales dejaron de mostrar
actividad, el teléfono dejó de responder
y sus familiares ya no lograban encontrarla en los lugares
donde solía estar. La preocupación se convirtió
en desesperación cuando viajaron nuevamente a Mendoza
y no pudieron localizarla.
La familia afirma que realizó una
denuncia, pero siente que hasta el momento no ha obtenido
las respuestas que necesita. Según su testimonio,
lleva alrededor de cuatro meses sin noticias de Priscilla.
Es importante que las circunstancias de
la denuncia, las actuaciones realizadas y las últimas
referencias concretas sobre su paradero puedan ser confirmadas
por las autoridades competentes.
El miedo
de una madre
Alrededor de la relación que Priscilla
mantenía con aquel hombre circulan versiones inquietantes.
Entre ellas, algunas aluden a una posible explotación
de mujeres jóvenes. Por su gravedad, esas versiones
no pueden presentarse como hechos comprobados ni atribuirse
responsabilidades sin pruebas. Corresponde que cualquier
información concreta sea puesta en conocimiento
de la Justicia.
Pero hay una realidad inmediata que no
admite indiferencia: una familia dice no saber dónde
está su hija y necesita ayuda para encontrarla.
En el mensaje que difundió públicamente,
Yolanda pidió colaboración a los organismos
judiciales, policiales y a las asociaciones que pudieran
aportar información. También apeló
a la solidaridad de quienes puedan haberla visto o sepan
algo sobre su situación.
Detrás de ese pedido hay una mujer
que ya tuvo que afrontar la muerte de un hijo y que hoy
convive con una incertidumbre que no le permite recuperar
la tranquilidad.
Hay una frase que resume el miedo que
atraviesa a una madre en esas circunstancias: *¿Y
si le hicieron algo? ¿Y si está muerta?*
No es una conclusión ni una confirmación.
Es el temor de quien no tiene noticias de una hija y carece
de respuestas que le permitan saber qué pasó.
Foto testimonio
La secuencia de fotografías que
acompaña el posteo de su madre merece detenerse
en ella. Habla por sí sola, aunque no necesariamente
explique lo que ocurrió. No hace falta agregarle
interpretaciones ni buscar en esas imágenes respuestas
que no pueden ofrecer. Lo que muestran son distintos momentos
de la vida de Priscilla; lo que la familia relata es un
deterioro que habría advertido con el paso del
tiempo. Las fotografías no prueban las causas ni
conducen, por sí mismas, a una conclusión.
Pero forman parte de un testimonio familiar que merece
ser escuchado y de una búsqueda que necesita respuestas.
Una búsqueda que
necesita respuestas
Priscilla Antonella Bucciarelli es la
persona a quien su familia busca. La última referencia
difundida por su madre señala la ciudad de San
Rafael, en Mendoza.
Quienes puedan aportar información
deben comunicarse con Yolanda Kener a través del
correo electrónico kener716@gmail.com. Si cuentan
con datos concretos sobre su paradero, también
es importante que los comuniquen a las autoridades policiales
o judiciales correspondientes.
La difusión responsable de su imagen
y de la información confirmada puede ayudar a reconstruir
sus últimos movimientos y acercar respuestas a
sus seres queridos.
Una familia que ya conoció el dolor
de una pérdida hoy vuelve a vivir con miedo. No
se trata de alimentar sospechas ni de anticipar desenlaces,
sino de ayudar a esclarecer qué ocurrió
con Priscilla.
A veces, la incertidumbre se convierte
en una forma de sufrimiento que no termina nunca. Por
eso, cuando una familia pide ayuda para encontrar a uno
de los suyos, la primera obligación de la sociedad
es escuchar. Y la de las instituciones, investigar y ofrecer
respuestas.
Porque detrás
de cada persona que falta hay una historia, una familia
y un lugar vacío que nadie puede ocupar.
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