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Cuando no importa el otro

La permisividad también tiene consecuencias

Un joven circuló a una velocidad que multiplicaba por más de tres la máxima permitida, filmándose mientras conducía, con la VTV vencida y realizando maniobras peligrosas. Chocó. Esta vez no hubo víctimas. La pregunta es qué hacemos como sociedad antes de que las haya.


2 de octubre de 2026

Fuente del contenido | Prensa Municipio de Escobar | @escobarsite | N de la R



Hay quienes sostienen que el Estado debe ser pequeño, intervenir poco y dejar que el mercado -o la propia sociedad- resuelva sus problemas. Otros creemos que el Estado tiene una función que no puede delegar: estar presente, ser eficiente, actuar a tiempo y cuidar a quienes cumplen las reglas.

Porque cuando hablamos de seguridad vial no hablamos solamente de multas, licencias o expedientes administrativos. Hablamos de personas.

La calle Boote no es una pista de carreras. Es el acceso y la salida habitual de numerosos vecinos de Loma Verde y un corredor indispensable para quienes viven en San Sebastián. Por allí circulan familias con sus hijos, transporte escolar, trabajadores, ciclistas y vehículos de todo tipo. Y también, por las características del lugar, es habitual encontrarse con animales atravesando la calzada.

Por eso hay reductores de velocidad. Por eso existen señales. Por eso la velocidad máxima está establecida en 40 kilómetros por hora. Y por eso cualquier persona con un mínimo de empatía entiende que ese tramo exige atención y prudencia.

Bueno, casi cualquiera.

Según la actuación municipal, un joven de 20 años circulaba por allí a una velocidad que las imágenes difundidas estimaron en 140 kilómetros por hora. Se filmaba mientras manejaba, realizaba maniobras peligrosas y la camioneta tenía la VTV vencida.

Terminó contra un poste.

Esta vez, sus ocupantes no sufrieron heridas de gravedad. Podría haber sido distinto. Y ahí es donde el episodio deja de ser solamente la historia de un conductor imprudente.

Porque una sociedad no puede acostumbrarse a enterarse de determinadas conductas recién cuando terminan en un accidente.

Durante años, nuestro distrito ha conocido episodios protagonizados por personas que parecían creer que determinadas reglas podían ser relativizadas según quién las incumpliera. En algunos casos hubo consecuencias irreparables y también hubo silencios, olvidos y demasiada tierra echada sobre historias que merecían otra respuesta.

No se trata de establecer equivalencias entre hechos diferentes. Se trata de reconocer una cultura peligrosa: la idea de que siempre habrá una oportunidad para mirar hacia otro lado.

Y mirar hacia otro lado también es una forma de permisividad.

Mientras la enorme mayoría de la sociedad trabaja, estudia, lleva a sus hijos a la escuela, cumple horarios, paga impuestos, respeta semáforos, reduce la velocidad y procura no poner en peligro al otro, existe una minoría que parece haber confundido libertad con ausencia de límites.

Y las redes sociales agregaron algo más: la necesidad de mostrarlo.

Cinco minutos de fama pueden convertirse en una exposición pública de la propia irresponsabilidad. Pero el problema no termina allí.

La respuesta municipal llegó después del accidente: acta, secuestro del vehículo e inhabilitación preventiva. Es una respuesta que corresponde. La pregunta periodística, sin embargo, es otra: ¿cuántas veces tiene que ocurrir algo antes de que el Estado pueda intervenir?

El Estado no está para perseguir a los ciudadanos. Está para protegerlos. Y proteger también significa controlar.
Controlar la velocidad. Controlar la documentación. Controlar las condiciones en que circulan los vehículos. Controlar aquellos lugares donde una conducta irresponsable puede convertirse, en segundos, en una tragedia.

No alcanza con llegar después. Porque cuando hay una víctima, ninguna multa, ninguna inhabilitación y ningún expediente devuelve la vida.

Tal vez haya llegado el momento de abandonar cierta tolerancia social hacia quienes convierten la vía pública en territorio propio. La libertad individual termina donde comienza el riesgo concreto para los demás.

Y una comunidad madura no debería esperar a que alguien muera para descubrir que aquello que ayer parecía una simple imprudencia era, en realidad, una amenaza.

La permisividad puede parecer inofensiva mientras no ocurre nada. El problema es que cuando ocurre, suele ser demasiado tarde. Ya lo vivimos. Ya lo contamos… y duele recordarlo.



 







 


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