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60 días para cambiar un sistema:

¿Qué pasará cuando termine la suspensión del Régimen Penal Juvenil?


La Justicia bonaerense suspendió por 60 días la aplicación del nuevo Régimen Penal Juvenil. Durante ese período, la Provincia deberá explicar qué medidas adoptará para adecuar el sistema. Pero la pregunta más importante aparecerá el día 61: ¿alcanzará el plazo para resolver las deficiencias existentes o habrá que prorrogar una suspensión que, en principio, es transitoria?


8 de setiembre de 2026

Fuente del contenido | @escobarsite | N. de la R.



La Ley N° 27.801, que establece el nuevo Régimen Penal Juvenil, comenzó a regir el 5 de septiembre. Apenas dos días después, la Justicia bonaerense ordenó suspender preventivamente su aplicación durante 60 días.

La medida fue dictada por Marta Elba Pascual, titular del Juzgado de Responsabilidad Penal Juvenil N° 2 de Lomas de Zamora, al hacer lugar a un hábeas corpus preventivo colectivo presentado por la Federación Familia Grande Hogar de Cristo en favor de adolescentes privados de su libertad.

La decisión no elimina la ley ni la declara inexistente. La pone en pausa. Y esa pausa tiene una fecha de vencimiento.

Porque dentro de 60 días habrá que responder una pregunta bastante más concreta que la discusión acerca de la edad de imputabilidad: "¿estará la provincia de Buenos Aires en condiciones de aplicar el nuevo régimen?"

La jueza deberá evaluar durante ese período las respuestas que brinde el Estado provincial sobre las condiciones del sistema, mientras la Provincia tendrá que demostrar qué hizo y qué piensa hacer para adecuarlo a las nuevas exigencias.

Sesenta días pueden parecer mucho tiempo. En materia de administración pública, probablemente no lo sean.

Construir o adecuar establecimientos, incorporar personal especializado, organizar procedimientos, capacitar operadores, garantizar asistencia jurídica, educativa y sanitaria y establecer mecanismos de seguimiento no parece una tarea que pueda resolverse de un día para otro.

Y aquí aparece el verdadero problema.

Porque el nuevo régimen no llega a una provincia con un sistema de seguridad funcionando como un reloj suizo. Llega a una estructura que desde hace años intenta responder a una demanda creciente, con recursos limitados y con responsabilidades que, en los hechos, se fueron repartiendo entre distintos niveles del Estado.

La Provincia conserva formalmente la responsabilidad sobre la seguridad y la conducción policial. Pero los municipios participan cada vez más en la prevención: aportan recursos, compran patrulleros, instalan cámaras, desarrollan sistemas de monitoreo, elaboran programas propios y crean estructuras destinadas a intervenir antes de que el delito ocurra.

No es necesariamente una delegación formal de competencias. Es algo más complejo.

Es una "descentralización de hecho de la gestión cotidiana de la seguridad".
Cada municipio enfrenta el problema con las herramientas que tiene, con los recursos que consigue y, muchas veces, con ideas propias.

Algunos desarrollaron experiencias de prevención y abordaje de adolescentes y jóvenes en conflicto con la ley mucho antes que el debate nacional llegara nuevamente al Congreso. Otros recién comienzan a construir esas herramientas. El resultado es un mapa profundamente desigual.

Un mismo problema puede recibir respuestas diferentes según el distrito en el que ocurra.

Y allí aparece una zona gris que merece ser discutida: no necesariamente una zona de ilegalidad, sino una frontera cada vez más difusa entre las competencias formales de cada nivel del Estado y las responsabilidades que alguien termina asumiendo porque, sencillamente, hay que hacer algo.

Una suerte de "sálvese quien pueda institucional".

Solo que en seguridad el sálvese quien pueda puede adquirir una dimensión de extrema crueldad.

Porque cuando el Estado no logra ofrecer una respuesta uniforme, el costo no lo pagan las abstracciones administrativas. Lo pagan las víctimas de un delito. Lo pagan los vecinos que viven con miedo. Y también lo pagan los adolescentes que ingresan al sistema penal sin que exista una estructura adecuada para trabajar sobre las causas que los llevaron hasta allí.

La propia jueza Pascual puso el acento en esta cuestión. En declaraciones públicas cuestionó que bajar la edad de imputabilidad pueda, por sí mismo, traducirse en mayor seguridad y advirtió sobre las consecuencias de incorporar adolescentes a un sistema que no estaría preparado para recibirlos.

La discusión, entonces, tiene dos planos.

Uno es jurídico: "¿hasta dónde puede llegar un juez al suspender la aplicación de una ley sancionada por el Congreso?"

El otro es mucho más terrenal: "¿qué Estado tenemos preparado para aplicar esa ley?"

Y quizás el segundo sea el que debería preocuparnos más.

Porque si después de 60 días la respuesta es que todavía no están dadas las condiciones, aparecerá una nueva pregunta: ¿se levanta la suspensión de todos modos o se extiende?

Si se extiende, ¿por cuánto tiempo? ¿Otros 60 días? ¿Seis meses? ¿Un año?

Y si no se extiende, ¿quién se hace responsable de aplicar un régimen para el cual la propia Justicia acaba de advertir que existen deficiencias?

El día 61 puede terminar siendo más importante que el día 1. Porque el día 1 comenzó a regir una ley. El día 2 un juez la suspendió. Pero el día 61 habrá que demostrar si esos 60 días sirvieron para cambiar algo.


¿Los 60 días alcanzan para que el Estado haga lo que durante meses -y eventualmente años- no hizo?



O simplemente para ganar tiempo.

Y hay una última cuestión que quizás sea la más importante de todas.

En Argentina tenemos una particular habilidad para convertir las soluciones transitorias en sistemas permanentes. Lo excepcional se vuelve habitual, el parche reemplaza a la política pública y la emergencia termina funcionando como método de gobierno.

Sesenta días pueden ser suficientes para corregir procedimientos. Difícilmente alcancen para reconstruir un sistema.

Y si al llegar el día 61 todavía nadie sabe exactamente qué hacer, quizás el problema no sea solamente el Régimen Penal Juvenil.

Quizás el problema sea que hace demasiado tiempo que estamos intentando administrar la seguridad con un Estado que, en buena medida, aprendió a sobrevivir a fuerza de parches.

"No digo que sea este el caso, porque no creo en brujas… Pero que las hay, las hay."



 







 


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