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En la Basílica de Luján,
donde los pecadores piden clemencia y los poderosos
negocian con Dios por otro mandato, se ofició
una ceremonia en homenaje a Jorge Bergoglio.
Un año sin Francisco
y con los mismos pecados
de siempre, pero mejor organizados.
La política argentina, que no
cree en el infierno porque lo administra, decidió
asistir en masa
pero tarde.
Los hermanos Milei -con Javier Milei rezando lejos,
en tierra santa, como quien busca cobertura internacional
para sus pecados domésticos- mandaron a último
momento a su tropa. No por devoción, claro. Por
control de daños. Como todo acto de fe que se
ordena por WhatsApp desde el poder.
Al frente, Manuel Adorni, con cara de
monaguillo que aprendió a repartir hostias
pero en conferencias de prensa.
La escena era perfecta: funcionarios en primera fila,
devotos de ocasión, billeteras abiertas y almas
en oferta.
En algún momento, el gesto más sincero
de la jornada fue el de un billete de veinte mil pesos
deslizándose en la bolsa del limosnero.
La fe cotiza en pesos, pero el perdón
ese sigue atado al dólar.
A unos metros, Martín Menem
miraba la escena con la expresión típica
de la política argentina: una mezcla de resignación,
cálculo y una vaga sospecha de que todo esto
ya lo vimos
y no terminó bien.
Mientras tanto, la gran ausencia con
presencia fue Victoria Villarruel, que decidió
no ir donde estaban todos
para poder decir que
estaban "todos los que sobran".
Un clásico criollo: bajarse del barco para después
denunciar que se hunde.
Eligió otra iglesia, otro escenario, otro relato.
Porque en la política argentina, la fe también
se terceriza.
Y ahí estaban también
los otros. Los de siempre. Los que se saludan en privado
y se ignoran en público.
Los que, en la señal de la paz, decidieron que
un pasillo era más fuerte que el Evangelio. Ni
Judas se animó a tanto protocolo.
Entre ellos, Axel Kicillof, intendentes
del conurbano y una colección de nombres que
convierten cualquier misa en una antesala del infierno.
Porque si algo une a la política argentina no
es la fe
es la oportunidad.
En otro rincón del mundo, el
Presidente apoyaba la cabeza en el Muro de los Lamentos.
La imagen era potente: un hombre hablando con Dios como
quien negocia una deuda imposible.
Tal vez pidiendo un milagro. O tal vez, simplemente,
tiempo.
Pero volvamos a casa.
Porque si algo quedó claro en
Luján es que la relación entre la Iglesia
y el poder sigue intacta: cambian los decorados, cambian
los nombres, pero el guion es el mismo.
Antes eran coronas y sotanas. Hoy son micrófonos
y estrategias.
Y en el medio, siempre el mismo negocio: la salvación
en cuotas.
Alguien recordó, casi en voz
baja, a Raúl Alfonsín, aquel que intentó
devolverle a la política un poco de ética
en un país que ya caminaba hacia el cadalso.
Y también aquella frase brutal, casi profética:
"a vos no te va tan mal, gordito
"
Tal vez tenía razón.
En la Argentina, a nadie le va tan mal
o mejor dicho
hay un grupito que le va muy bien.
Por eso Bergoglio no volvió.
No fue agenda. No fue estrategia. Fue, simplemente,
pudor.
Porque hay lugares donde
ni Dios quiere meterse
y la política argentina
es uno de ellos.
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