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Hay una hora extraña en la noche
del 5 de enero. No figura en los relojes ni en los calendarios,
pero existe. Es ese instante previo al sueño en
el que las casas bajan el volumen, los adultos fingen
distracción y los chicos negocian con el insomnio.
Afuera no pasa nada. Adentro, todo.
La llegada de los Reyes Magos no necesita
multitudes ni mesas largas. No reclama brindis ni fuegos
artificiales. Es una ceremonia íntima, casi clandestina,
que se transmite en voz baja y se renueva cada año
con la misma eficacia de un conjuro antiguo. Tal vez por
eso sobrevive. Tal vez por eso importa.
La tradición marca que esa noche
se deja agua y pasto para los camellos, algún alimento
sencillo para los viajeros y los zapatos alineados como
pequeñas ofrendas domésticas. El gesto es
simple, pero el mensaje es profundo: alguien vendrá,
alguien vio, alguien escuchó. Incluso en silencio.
El amanecer del 6 de enero funciona como
revelación. No tanto por los regalos -generalmente
modestos, pensados más para jugar que para acumular-
sino por las señales. El vaso con menos agua. El
pasto revuelto. Alguna migaja fuera de lugar. Pruebas
mínimas, pero suficientes, de que algo ocurrió
mientras dormíamos. O mientras creíamos
dormir.
Ahí aparece la palabra clave: Epifanía.
Revelación. Manifestación. En el relato
cristiano, es el momento en que unos sabios de Oriente
reconocen en un niño pobre algo que el mundo todavía
no entiende. Pero la Epifanía, antes y después
del cristianismo, siempre fue eso: el instante en que
una verdad se deja ver, aunque sea de reojo.
No está de más recordar
que la historia no fue siempre tan clara ni tan prolija.
Durante siglos, aquellos magos fueron astrólogos
persas, hechiceros incómodos, lectores de estrellas.
Recién con Tertuliano, en el siglo III, pasaron
a ser "reyes", un ascenso simbólico necesario
para que la Iglesia los volviera presentables. La teología
también hace marketing.
El número tres tampoco fue una
certeza original, sino una elección cargada de
sentido: tres edades, tres continentes, tres linajes descendientes
de Noé, tres regalos que condensaban poder, fe
y destino. El oro para la realeza, el incienso para lo
divino, la mirra -detalle inquietante- para anunciar que
incluso los dioses mueren.
Gaspar, Melchor y Baltasar fueron mutando
con los siglos, los pinceles y las necesidades simbólicas
de cada época. Jóvenes, viejos, blancos,
negros, orientales, africanos. Más mito que biografía.
Más mensaje que personas. Incluso hubo -y aún
hay- tradiciones que hablan de un cuarto mago, perdido
en el camino, condenado a llegar siempre tarde. Una figura
perfecta para tiempos modernos.
Mientras tanto, en algún punto
del norte, Papá Noel terminó apropiándose
de parte del relato. Rojo, globalizado, puntual. Un rey
sin estrella, pero con logística impecable. Tal
vez por eso muchos prefieren que los Reyes sigan llegando
en secreto, sin sponsors ni cuotas sin interés.
Porque la Noche de Reyes no trata de consumo,
sino de espera. De creer que alguien viene sin avisar.
De aceptar que la magia no grita, no interrumpe, no se
impone. Apenas deja rastros.
Y quizás por eso, cada 6 de enero,
cuando el ritual se cumple y el misterio se retira sin
despedirse, no celebramos tanto lo que llegó como
lo que, por unas horas, volvió a ser posible: la
ilusión compartida, la fe sin dogma, la infancia
como territorio sagrado.
Después, claro, el mundo sigue.
Pero algo queda. Como una estrella apagándose lento
en la memoria.
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