|
La llegada de Peter Thiel a la Argentina
no habría pasado de ser una noticia empresarial
más si no fuera por el contexto que rodeó
su desembarco. El fundador de PayPal, principal impulsor
de Palantir Technologies y uno de los hombres más
influyentes del ecosistema tecnológico global,
arribó al país en medio de reuniones reservadas
con el círculo íntimo del poder, reformas
sensibles en áreas vinculadas a inteligencia y
seguridad, y una inédita restricción al
trabajo periodístico en la Casa Rosada.
La coincidencia temporal encendió
interrogantes inevitables. Mientras Thiel mantenía
encuentros con el presidente Javier Milei y figuras estratégicas
del oficialismo, el Gobierno restringía acreditaciones
periodísticas y cerraba temporalmente espacios
de prensa. Tal vez todo haya sido una simple superposición
de hechos administrativos. O tal vez no. En política,
como en inteligencia, las coincidencias suelen analizarse
menos por lo que prueban que por lo que revelan.
Pero el verdadero punto no es la visita
en sí misma. El problema es comprender quién
es realmente Peter Thiel y qué representa dentro
de una nueva generación de magnates tecnológicos
que ya no se limitan a construir empresas: intentan rediseñar
las reglas de funcionamiento de las sociedades modernas.
El hombre que dejó
de creer en la democracia
Durante años, Thiel fue presentado
como uno de los grandes genios de Silicon Valley. Cofundador
de PayPal, primer gran inversor de Facebook y multimillonario
visionario. Sin embargo, detrás de la narrativa
empresarial existe un perfil mucho más inquietante.
En 2009 escribió una frase que todavía hoy
persigue toda su trayectoria política e intelectual:
"Ya no creo que libertad y democracia sean compatibles".
No fue un exabrupto aislado. Fue una declaración
filosófica. Desde entonces, Thiel financió
proyectos políticos antisistema, promovió
modelos radicales de desregulación y se convirtió
en uno de los principales apoyos de Donald Trump cuando
gran parte del establishment estadounidense lo consideraba
inviable.
Su visión del mundo parece atravesada
por una idea central: las democracias modernas son lentas,
ineficientes y excesivamente condicionadas por instituciones,
controles y consensos. Frente a eso, propone un modelo
donde las élites tecnológicas y económicas
adquieran un protagonismo cada vez mayor en la organización
social.
No se trata simplemente de un empresario
exitoso. Se trata de un actor ideológico.
La hora de los depredadores
El escritor Giuliano da Empoli describe
en La hora de los depredadores
el surgimiento de una nueva aristocracia global integrada
por magnates tecnológicos, operadores políticos
y arquitectos digitales del poder contemporáneo.
Una élite que ya no piensa en términos tradicionales
de izquierda o derecha, sino en eficiencia, control de
datos y capacidad de influencia.
En ese universo, el caos no necesariamente
representa un problema. Muchas veces funciona como oportunidad.
Las crisis, el agotamiento institucional y el descreimiento
social pueden convertirse en escenarios ideales para introducir
cambios drásticos que en contextos más estables
resultarían imposibles.
Argentina aparece peligrosamente compatible
con esa lógica. Un país agotado por décadas
de crisis recurrentes, polarización permanente
y desconfianza crónica hacia la política
constituye un terreno particularmente fértil para
discursos que prometen soluciones rápidas, desregulación
extrema y reemplazo de estructuras tradicionales por modelos
supuestamente más eficientes.
Tal vez ahí radique el verdadero
interés que sectores del poder tecnológico
global observan sobre el experimento argentino.
Palantir y el poder de
los datos
La empresa que mejor representa la filosofía
de Thiel no es PayPal. Es Palantir Technologies. Y Palantir
no vende aplicaciones simpáticas ni plataformas
recreativas. Su núcleo operativo está vinculado
a inteligencia, vigilancia, integración masiva
de datos y análisis predictivo en tiempo real.
Trabaja con gobiernos, fuerzas de seguridad
y estructuras militares. Su lógica es sencilla
y brutal al mismo tiempo: quien controla los datos, controla
la capacidad de anticipación.
Ese es el gran cambio histórico
de nuestra época. El poder ya no depende solamente
de armas, territorio o dinero. Depende de información.
Y no únicamente de la capacidad de almacenarla,
sino de interpretarla, cruzarla y utilizarla para predecir
comportamientos humanos.
Las grandes corporaciones tecnológicas
descubrieron hace años que los hábitos dicen
más sobre una persona que sus propias palabras.
El libro The Power of Habit
relata el célebre caso de una empresa que logró
detectar, mediante patrones de consumo, que una adolescente
estaba embarazada antes incluso de que su familia lo supiera.
Ese episodio dejó expuesta una
realidad inquietante: los algoritmos ya no se limitan
a observar conductas. Pueden anticiparlas. Y cuando una
estructura tecnológica puede anticipar decisiones
humanas, la frontera entre predicción e inducción
comienza a volverse peligrosamente difusa.
La pregunta entonces deja de ser comercial.
Empieza a ser política.
El laboratorio argentino
El próximo año Argentina
volverá a atravesar un proceso electoral. Y sería
ingenuo creer que las campañas modernas continúan
funcionando únicamente con actos partidarios, afiches
callejeros o programas televisivos. Hoy las disputas políticas
también se libran en redes sociales, plataformas
digitales y sistemas capaces de segmentar emocionalmente
a millones de personas.
En ese contexto, el desembarco de figuras
vinculadas al universo del análisis de datos y
la manipulación algorítmica adquiere otra
dimensión. Sobre todo en una sociedad fatigada,
emocionalmente fragmentada y sometida a una crisis permanente
que debilita defensas institucionales y capacidad crítica.
Tal vez, en países institucionalmente
sólidos, personajes como Peter Thiel no representarían
mayores riesgos. Democracias maduras poseen controles,
organismos independientes y culturas políticas
preparadas para establecer límites entre tecnología
y poder. Pero Argentina no habita la estabilidad. Sobrevive
en estado de coyuntura constante, saltando de emergencia
en emergencia y buscando salvadores en cada crisis.
Y allí es donde las herramientas
capaces de modelar narrativas, inducir climas sociales
y direccionar emociones colectivas encuentran condiciones
especialmente favorables.
Porque ningún depredador global
opera completamente solo. Necesita anfitriones locales.
Dirigentes fascinados por las promesas de modernización,
eficiencia o prosperidad inmediata, dispuestos a abrir
puertas sin preguntarse demasiado qué intereses
ingresan detrás.
El sueño tecnocrático
A veces resulta inevitable imaginar el
mundo que ciertos sectores tecnológicos parecen
desear construir. Un futuro donde las decisiones ya no
pertenezcan plenamente a los ciudadanos, sino a sistemas
automatizados capaces de administrar sociedades enteras
mediante datos y algoritmos.
Pantallas gigantes repitiendo discursos
permanentes sobre eficiencia y progreso. Ciudades impecables
custodiadas por mecanismos invisibles de vigilancia. Personas
monitoreadas, clasificadas y observadas en tiempo real.
Todo perfectamente ordenado. Todo perfectamente medido.
Y, sin embargo, algo faltaría en
esa postal futurista: humanidad. Imperfecciones. Debate.
Memoria. Caos vital. La sensación fría y
silenciosa de una sociedad tan controlada que ya nadie
necesita discutir porque las decisiones parecen haber
sido tomadas de antemano.
Quizá el mayor riesgo del siglo
XXI no sea una dictadura brutal como las del pasado, sino
una forma mucho más sofisticada de obediencia construida
sobre comodidad, algoritmos y fatiga social.
Tal vez paranoia. O tal
vez advertencia
Tal vez, después de tantas crisis,
frustraciones y derrumbes, los argentinos aprendimos a
sospechar de todo. Quizá incluso demasiado. Tal
vez una sociedad más sólida, más
estable y mejor preparada institucionalmente podría
convivir con figuras como Peter Thiel sin mayores riesgos.
Pero Argentina no vive en estabilidad.
Cabalga la coyuntura diaria desde hace décadas,
desgastada entre urgencias económicas, polarización
y descreimiento político. Y en un escenario así,
las herramientas capaces de anticipar conductas, moldear
narrativas e inducir climas sociales dejan de ser simples
innovaciones tecnológicas para convertirse en instrumentos
de poder.
Quizá nada de esto sea más
que una exageración nacida del miedo o del cansancio
colectivo. O quizá no. Y tal vez, cuando finalmente
comprendamos el alcance del experimento, el jinete tecnológico
ya esté galopando sobre nuestras propias ruinas.
Ojalá me equivoque.
|