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La sociedad, con el tiempo y a fuerza
de golpes, intentó encontrar en los escritos las
huellas de sus autores. De aquellos en quienes confía,
de quienes refuerzan sus convicciones o de quienes ofrecen
garantías sobre lo que dicen, como si la firma
fuera una marca que certifica una calidad aceptable.
Pero esas huellas comienzan a ser más
difíciles de reconocer. Ya no resulta sencillo
seguirlas entre los camuflajes y los recursos de la tecnología.
Porque, en definitiva, una máquina puede ayudar
a identificar el origen probable de un texto, pero todavía
queda una pregunta que ningún algoritmo resuelve
por sí solo: ¿cuánto de lo escrito
pertenece a la herramienta y cuánto a la persona
que la utilizó?
Es más, voy a redoblar la apuesta:
¿qué tanto de lo que estoy escribiendo es
mío y qué tanto pertenece a quienes contribuyeron
a mi formación?
¿Qué quedó en mí
de aquel maestro de sexto grado que me daba como tarea
recortar notas de los diarios y analizarlas? ¿Cuánto
hay de mi querida profesora de Literatura del tercer año
del bachillerato? ¿Y qué decir de Claudio
España, mi profesor de la Facultad?
Podría seguir. Hay rastros de mis
talleres online con Adriana Amado, Carlos Fara y tantos
otros. ¿Acaso me transmitieron sus conocimientos
con la consigna de que nunca los utilizara en mis escritos?
¿O, por el contrario, esperaban que pudiera apropiarme
de aquellas herramientas, ponerlas a prueba y encontrar
mi propia manera de utilizarlas?
¿Para qué nos capacitamos?
Supongo que para crecer. ¿Y qué hacemos
después con ese crecimiento? ¿Lo dejamos
estancado o lo transmitimos? ¿Acaso el conocimiento
que recibimos no cobra también sentido cuando lo
ponemos en circulación y permitimos que otros lo
incorporen a su propia experiencia?
También podría recurrir
a los libros, a los editoriales televisivos, a las conversaciones
y a tantas otras fuentes que fueron moldeando mi manera
de pensar.
¿Acaso no estamos haciendo algo
semejante a lo que hace la inteligencia artificial cuando
incorpora información, reconoce patrones y produce
algo nuevo a partir de lo aprendido?
El autor y sus huellas
Creemos que un texto nos pertenece porque
lo escribimos, pero, cuando lo publicamos, deja de estar
bajo nuestro control. Cada lector lo interpreta desde
su propia historia y puede encontrar en él algo
que nosotros nunca imaginamos.
En última instancia, lo que escribimos
también es producto de nuestras interacciones.
Nada es absolutamente propio en el sentido de haber surgido
de la nada: nuestras ideas se forman, se contrastan y
se transforman a partir de aquello que recibimos de los
demás.
Entonces, ¿qué nos pertenece
realmente?
El proceso de elaboración puede
ser nuestro, pero no necesariamente lo son todas las piezas
con las que trabajamos. Un armado particular dará
como resultado un producto con una perspectiva distinta,
impuesta por la mirada del escritor y sostenida por un
andamiaje de conocimientos que no construyó en
soledad.
Los datos y las ideas pueden provenir
de fuentes externas, pero, para que se conviertan en una
historia y adquieran un propósito, deben ser seleccionados,
ordenados, relacionados, interpretados y expresados. En
ese recorrido aparecen la perspectiva, los adjetivos,
las licencias y, por qué no, también los
errores.
Y en ese berenjenal está el autor.
Ahí estoy yo.
Los escritos también
son hijos
Quizás debamos pensar en nuestros
escritos como hijos. Los concebimos, les damos forma,
corregimos sus defectos, intentamos transmitirles algo
de lo que somos y, finalmente, los dejamos salir al mundo.
Durante un tiempo nos reconocemos en ellos, creemos conocerlos
y hasta suponemos que podemos explicar lo que quisimos
decir. Pero llega el momento en que comienzan a andar
solos.
Cada lector los recibe desde su propia
historia, sus convicciones, sus conocimientos y sus prejuicios.
Algunos encontrarán en ellos algo que nunca imaginamos;
otros interpretarán nuestras palabras de una manera
que jamás hubiéramos previsto. Incluso habrá
quienes se apropien de una idea, la transformen y la utilicen
para construir otra.
Entonces, ¿siguen perteneciéndonos
de la misma manera o son como hijos que, al llegar a la
mayoría de edad, buscan su propio camino?
Un escrito puede conservar nuestra firma,
pero su significado ya no depende exclusivamente de nosotros.
Ha comenzado otro ciclo, una nueva vida en la que el autor
deja de tener la última palabra. Como sucede con
los hijos, podemos reconocer su origen sin pretender controlar
su destino.
Dicho de otro modo: nuestros escritos
llevan algo de nuestro ADN intelectual, pero, a medida
que circulan, se van cargando de nuevas capas de contexto.
Cada lector agrega una interpretación, una experiencia
o una pregunta que puede modificar la manera en que esas
palabras son comprendidas.
Lo importante no es cuánto de
lo que escribimos nos pertenece, sino qué hacemos
con aquello que recibimos de los demás, cómo
lo utilizamos, cómo respetamos las fuentes y si
somos capaces de agregarle algún valor.
Porque nadie comienza a pensar desde cero.
Somos, en parte, las palabras que nos enseñaron,
las ideas que discutimos, los libros que nos modificaron
y las experiencias que dejaron alguna marca en nuestra
manera de mirar el mundo.
Quizás la originalidad no consista
en carecer de huellas ajenas, sino en la forma singular
en que las reunimos, las cuestionamos y las transformamos.
Después de todo, los escritos también
son hijos de su tiempo y de sus circunstancias. Llevan
algo de quienes los hicieron posibles, aunque sus autores
no siempre puedan reconocerlo. Y cuando salen al mundo,
dejan de ser solamente nuestros: pasan a formar parte
de la historia de quienes los leen.
La inteligencia artificial nos obliga
a preguntarnos por las marcas invisibles de una máquina.
Pero quizá esa pregunta también nos permita
descubrir las que llevamos dentro desde mucho antes de
que existieran los algoritmos.
Porque, al final, escribir puede ser
una manera de dejar una huella propia con las marcas de
muchos otros. Y tal vez allí resida el verdadero
misterio de la autoría: no en haber escrito sin
la influencia de nadie, sino en haber logrado decir algo
propio con todo aquello que la vida nos dejó.
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