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Casi 300 jóvenes del grupo misionero
Santa María de la Estrella llegaron durante el
fin de semana largo. Se alojaron en colegios, caminaron
calles que no les eran propias y tocaron puertas sin más
intención que compartir tiempo, escucha y algo
que hoy escasea más que nunca: presencia.
No venían a imponer, venían
a encontrarse.
Confieso que, en lo personal, me atravesó de una
manera inesperada. Me llevó a otros tiempos, a
cuando mis hijos viajaban a Humahuaca con el colegio,
a vivir experiencias que no estaban en ningún programa
ni en ningún libro. En aquellos años uno
dudaba, como duda hoy. Porque el contexto cambió,
los valores parecen diluirse y el materialismo se volvió
una especie de religión silenciosa.
Sin embargo, en medio de ese escepticismo que uno acumula
casi sin darse cuenta, apareció una sensación
distinta. Como si, entre tanto ruido, alguien hubiese
abierto una ventana.
Y entró aire.
Cuatro voces, una misma
búsqueda
Me crucé con cuatro de ellos. Jóvenes. Muy
jóvenes. Con esa mezcla de timidez y convicción
que no se puede ensayar.
Hablaron sin discurso armado, sin frases hechas. Desde
un lugar genuino, incluso frágil por momentos.
Pero firme.
Una de ellas, (María, 19), lo dijo con una claridad
desarmante: que lo importante no es llegar con respuestas,
sino estar dispuestos a acercarse a las personas, a comprenderlas,
a compartir lo que uno vive desde un lugar honesto.
Otro, (Cruz, 15), dejó entrever que muchas veces
la misión empieza en uno mismo, en correrse del
propio mundo para poder ver al otro sin filtros: "...en
esa libertad de poder elegir, me puedo encontrar en lo
que hago".
(Juana, 16) habló de lo que pasa en esos encuentros
breves pero intensos: vínculos que no necesitan
historia previa para volverse significativos. Le gusta
compartir y buscar en el otro esa espiritualidad perdida.
Y (Tomas, 17) resumió algo que
quizás explica todo lo demás: que salir
a misionar no es ir a dar, sino también aceptar
que uno vuelve distinto. No hago esto porque me obligan
sino porque me hace bien y mejoro con cada experiencia.
No hubo frases grandilocuentes. No las
necesitan. Porque lo que transmiten no está en
lo que dicen, sino en cómo lo viven.
Una historia que empezó
casi como un impulso
Detrás de este movimiento hay una historia simple,
casi casual. En 1997, tres jóvenes -Fer, Tomi y
Elisa- volvían a sus casas después de una
jornada más, cuando surgió una pregunta
que parecía menor: ¿y si armamos un grupo
misionero?
Tenían 18 años. Ninguna estructura. Ninguna
certeza.
Solo una inquietud
De esa inquietud nació Santa María de la
Estrella. Un nombre que, como toda buena elección,
encierra más de lo que aparenta: una guía
en medio de la incertidumbre, una referencia para avanzar
incluso cuando no está claro el destino.
La primera misión, en 1998, fue apenas un intento.
Pero como suele pasar con lo auténtico, lo que
empezó sin pretensiones fue creciendo con el tiempo,
sumando jóvenes, experiencias, caminos.
Sin perder lo esencial.
Lo que no se ve
En tiempos donde todo necesita ser mostrado para existir,
lo que hicieron estos jóvenes tiene algo de invisible.
No hay escenario. No hay cámaras. No hay relato
armado para redes.
Hay puertas que se abren. Mate compartido. Conversaciones
sin urgencia. Escucha.
Y algo más difícil de explicar: una forma
distinta de estar.
Quizás por eso impacta. Porque rompe con la lógica
dominante. Porque no busca rendimiento, ni resultados
inmediatos, ni reconocimiento. Porque simplemente sucede.
De buena madera
Hay una vieja historia -de esas que nadie puede comprobar
pero todos entienden- que habla de un bosque lleno
de árboles altos, fuertes, perfectos. De allí
salían las mejores maderas, destinadas a grandes
obras, muchas veces no tan nobles.
Entre todos esos árboles, había uno distinto.
No tan alto, no tan recto, no tan atractivo. Quedó
atrás. Nadie lo eligió.
Hasta que un viejo carpintero lo vio.
Donde otros veían defecto, él vio forma.
Donde otros veían descarte, él vio posibilidad.
Se lo llevó. Y con esa madera hizo una cuna. La
más bella.
Una ventana abierta
A veces creemos que todo está perdido. Que ya no
hay relevo, que no hay compromiso, que las nuevas generaciones
están atrapadas en la superficialidad de su tiempo.
Y sin embargo, de pronto, aparecen. No como mayoría.
No como tendencia.
Pero aparecen. Como ese árbol que nadie eligió.
Como esa ventana que alguien, sin hacer ruido, decide
abrir.
Y entonces, por un momento, el aire cambia.
Y alcanza.
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