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Las ciudades, al igual que las personas,
tienen memoria. No está escrita solamente en los
archivos, en los libros o en los documentos oficiales.
Vive también en sus calles, en sus plazas, en sus
árboles, en sus símbolos y en esos pequeños
elementos que, con el paso del tiempo, dejan de pertenecer
a quienes los crearon para transformarse en parte del
patrimonio colectivo.
Cada generación recibe una ciudad
construida por otras generaciones. Puede modificarla,
mejorarla, adaptarla a nuevas necesidades. Esa es la lógica
natural del progreso. Pero existe una diferencia entre
transformar y borrar; entre renovar y negar.
Allí aparece una vieja tentación
del poder: "construir" el presente demoliendo
la memoria anterior.
Desde tiempos antiguos, los gobernantes
comprendieron que la memoria también era un territorio
de disputa. Los faraones no solamente levantaban monumentos
para dejar testimonio de su paso; algunos también
intentaban borrar los nombres de quienes los habían
precedido para que la historia comenzara con ellos.
La metáfora atraviesa los siglos.
Cambian los escenarios, cambian las formas, pero permanece
una pregunta: ¿por qué algunos liderazgos
sienten que, para dejar su propia huella, necesitan eliminar
las huellas anteriores?
Cada gobierno quiere dejar su marca. Es
natural. El problema aparece cuando, para escribir su
nombre, necesita borrar los nombres anteriores.
Una comunidad sana no adora a sus antiguos
gobernantes. No convierte a los dirigentes en monumentos
permanentes. Simplemente reconoce que existieron, que
formaron parte de una etapa y que dejaron algo -bueno
o malo- sobre lo cual otros continuarán construyendo.
Porque ninguna generación comienza
desde cero. Se construye a partir de la altura donde otros
dejaron las bases.
Hace algunos años, en Escobar,
unos loros parecieron advertir algo que muchos no quisieron
escuchar. Con una mezcla de ironía y preocupación,
aquella historia decía:
"Un día llenaron de cemento
los bañados para hacer la playa de estacionamiento
de Jumbo; como yo no era tero, no dije nada. Más
tarde mutilaron los árboles de la Rivadavia, pero
como yo no era tordo, no dije nada. Ahora, un grupo de
invasores está arrasando Escobar, donde viven horneros,
palomas, calandrias, zorzales y gorriones. Si no hago
algo, tengo miedo que cuando vengan por la plaza ya no
quede nadie para ayudarme."
Eso fue en 2008. Y vinieron por ellos.
Los loros no hablaban de política.
Hablaban de una idea más profunda: la indiferencia
frente a pequeñas pérdidas puede terminar
dejando a una comunidad sin capacidad de defender aquello
que la identifica.
Con el tiempo, la discusión dejó
de estar solamente en los espacios naturales o urbanos.
Aparecieron otros símbolos: placas, nombres, emblemas,
recuerdos institucionales y referencias culturales.
Y entonces surge un interrogante: ¿dónde
termina la renovación necesaria y dónde
comienza la necesidad de borrar?
No importa quién hizo una obra.
Es más, quizás sería mejor que muchas
no tuvieran placas ni nombres propios. Los espacios públicos
pertenecen a los vecinos, no a los gobiernos que circunstancialmente
los realizan.
Pero hay una diferencia entre no rendir
culto a una gestión anterior y eliminar todo aquello
que recuerda que existió.
"No me importa quién hizo
la obra. Es más, preferiría que no hubiera
placas. Pero detesto que saquen lo que está. Se
los advertí cuando retiraban las placas de Patti,
cuando arrancaron el olivo de la paz, cuando desapareció
el escudo del hall central y en tantas otras decisiones
similares."
El párrafo anterior resume una
posición: no se trata de defender personas, sino
de defender la memoria colectiva.
Cuando una plaza cambia,
cuando un símbolo municipal desaparece, cuando
un emblema es reemplazado o cuando una historia comienza
a contarse como si antes no hubiera existido nada, la
discusión deja de ser solamente estética
o administrativa.
Se transforma en una disputa por el relato.
El problema no es que cada gobierno quiera
dejar su huella. La dificultad surge cuando necesita modificar
el pasado para que su presente parezca más grande.
Como aquellos antiguos faraones que eliminaban
los nombres de sus antecesores para evitar comparaciones,
algunos liderazgos parecen sentir que la mejor manera
de destacar su propia obra es reducir la importancia de
quienes estuvieron antes.
No necesariamente por miedo. Quizás
simplemente por evitar la comparación.
Pero una ciudad no se mide por cuánto
logra borrar, sino por cuánto logra sumar.
La historia de un pueblo no es una pared
que debe pintarse de nuevo cada vez que cambia el gobierno.
Es una construcción colectiva donde cada generación
agrega un ladrillo. Algunas obras serán recordadas,
otras quedarán olvidadas; algunas decisiones serán
valoradas y otras cuestionadas. Esa es la dinámica
natural de la historia.
Lo que no debería ocurrir es que
cada nuevo capítulo pretenda arrancar las páginas
anteriores.
Porque los pueblos no tienen dueños
de la memoria. Tienen custodios.
Y quienes llegan al poder
deberían recordar siempre que, antes de ellos,
hubo otros que construyeron las bases sobre las que hoy
caminan.
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