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La disputa por los símbolos

La tentación refundacional



Cuando el poder intenta escribir una nueva historia borrando las huellas anteriores
¿Por qué algunos gobiernos sienten la necesidad de inaugurar una nueva historia en lugar de continuar la existente? ¿Están construyendo futuro o peleando contra el pasado?


17 de julio de 2026

Fuente del contenido | @escobarsite
Autor | @jorgecarusso para Entre lo histórico y lo actual de @escobarsite

Sobre la firma

Las ciudades, al igual que las personas, tienen memoria. No está escrita solamente en los archivos, en los libros o en los documentos oficiales. Vive también en sus calles, en sus plazas, en sus árboles, en sus símbolos y en esos pequeños elementos que, con el paso del tiempo, dejan de pertenecer a quienes los crearon para transformarse en parte del patrimonio colectivo.

Cada generación recibe una ciudad construida por otras generaciones. Puede modificarla, mejorarla, adaptarla a nuevas necesidades. Esa es la lógica natural del progreso. Pero existe una diferencia entre transformar y borrar; entre renovar y negar.

Allí aparece una vieja tentación del poder: "construir" el presente demoliendo la memoria anterior.

Desde tiempos antiguos, los gobernantes comprendieron que la memoria también era un territorio de disputa. Los faraones no solamente levantaban monumentos para dejar testimonio de su paso; algunos también intentaban borrar los nombres de quienes los habían precedido para que la historia comenzara con ellos.

La metáfora atraviesa los siglos. Cambian los escenarios, cambian las formas, pero permanece una pregunta: ¿por qué algunos liderazgos sienten que, para dejar su propia huella, necesitan eliminar las huellas anteriores?

Cada gobierno quiere dejar su marca. Es natural. El problema aparece cuando, para escribir su nombre, necesita borrar los nombres anteriores.

Una comunidad sana no adora a sus antiguos gobernantes. No convierte a los dirigentes en monumentos permanentes. Simplemente reconoce que existieron, que formaron parte de una etapa y que dejaron algo -bueno o malo- sobre lo cual otros continuarán construyendo.

Porque ninguna generación comienza desde cero. Se construye a partir de la altura donde otros dejaron las bases.

Hace algunos años, en Escobar, unos loros parecieron advertir algo que muchos no quisieron escuchar. Con una mezcla de ironía y preocupación, aquella historia decía:

"Un día llenaron de cemento los bañados para hacer la playa de estacionamiento de Jumbo; como yo no era tero, no dije nada. Más tarde mutilaron los árboles de la Rivadavia, pero como yo no era tordo, no dije nada. Ahora, un grupo de invasores está arrasando Escobar, donde viven horneros, palomas, calandrias, zorzales y gorriones. Si no hago algo, tengo miedo que cuando vengan por la plaza ya no quede nadie para ayudarme."

Eso fue en 2008. Y vinieron por ellos.

Los loros no hablaban de política. Hablaban de una idea más profunda: la indiferencia frente a pequeñas pérdidas puede terminar dejando a una comunidad sin capacidad de defender aquello que la identifica.

Con el tiempo, la discusión dejó de estar solamente en los espacios naturales o urbanos. Aparecieron otros símbolos: placas, nombres, emblemas, recuerdos institucionales y referencias culturales.

Y entonces surge un interrogante: ¿dónde termina la renovación necesaria y dónde comienza la necesidad de borrar?

No importa quién hizo una obra. Es más, quizás sería mejor que muchas no tuvieran placas ni nombres propios. Los espacios públicos pertenecen a los vecinos, no a los gobiernos que circunstancialmente los realizan.

Pero hay una diferencia entre no rendir culto a una gestión anterior y eliminar todo aquello que recuerda que existió.

"No me importa quién hizo la obra. Es más, preferiría que no hubiera placas. Pero detesto que saquen lo que está. Se los advertí cuando retiraban las placas de Patti, cuando arrancaron el olivo de la paz, cuando desapareció el escudo del hall central y en tantas otras decisiones similares."

El párrafo anterior resume una posición: no se trata de defender personas, sino de defender la memoria colectiva.

Cuando una plaza cambia, cuando un símbolo municipal desaparece, cuando un emblema es reemplazado o cuando una historia comienza a contarse como si antes no hubiera existido nada, la discusión deja de ser solamente estética o administrativa.

Se transforma en una disputa por el relato.

El problema no es que cada gobierno quiera dejar su huella. La dificultad surge cuando necesita modificar el pasado para que su presente parezca más grande.

Como aquellos antiguos faraones que eliminaban los nombres de sus antecesores para evitar comparaciones, algunos liderazgos parecen sentir que la mejor manera de destacar su propia obra es reducir la importancia de quienes estuvieron antes.

No necesariamente por miedo. Quizás simplemente por evitar la comparación.

Pero una ciudad no se mide por cuánto logra borrar, sino por cuánto logra sumar.

La historia de un pueblo no es una pared que debe pintarse de nuevo cada vez que cambia el gobierno. Es una construcción colectiva donde cada generación agrega un ladrillo. Algunas obras serán recordadas, otras quedarán olvidadas; algunas decisiones serán valoradas y otras cuestionadas. Esa es la dinámica natural de la historia.

Lo que no debería ocurrir es que cada nuevo capítulo pretenda arrancar las páginas anteriores.

Porque los pueblos no tienen dueños de la memoria. Tienen custodios.

Y quienes llegan al poder deberían recordar siempre que, antes de ellos, hubo otros que construyeron las bases sobre las que hoy caminan.

 



Sobre la Firma
                 @jorgecarusso | linkedin.com/in/jorgecarusso | 
                 Periodista - Matr. 14.856 Ley 12.908

 







 


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