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Esteban tiene trabajo. Es empleado de
seguridad y cobra alrededor de 1.600.000 pesos mensuales.
Tiene tres hijos. No dejó de trabajar. No decidió
vivir de prestado. No salió a pedir que alguien
le regalara nada. Sin embargo, el 14 de agosto debía
entregar la llave de la vivienda que alquilaba y corría
el riesgo de quedar en la calle con sus hijos.
Lo contó entre lágrimas,
frente a las cámaras de Telenoche, en la puerta
de San Cayetano, el pasado 7 de agosto. Había ido
a pedir trabajo, como tantos otros. Pero Esteban ya tenía
trabajo. Lo que no tenía era suficiente ingreso
para sostener su vida.
Una operación lo dejó cuatro
meses con una faja y sin poder hacer horas extras. Cobró
el mínimo. Entonces comenzó a pedir préstamos
para poder pagar sus obligaciones. "Yo quería
pagar todo, no atrasarme", explicó. Y
terminó atrasándose. Después pidió
más préstamos. Hasta que llegó aquello
que, según contó, lo "fulminó":
tener que seguir endeudándose para pagar las deudas
anteriores.
Ahora debe entregar la llave. Y probablemente
separarse de sus hijos: ellos podrían irse a vivir
con el abuelo mientras él continúa trabajando.
Por eso fue a San Cayetano.
"Hoy le pedí de corazón,
de rodillas, que por favor me ayudara", contó.
Y terminó diciendo: "Yo
sé que hace milagros".
Hay algo profundamente
injusto en esta escena.
No estamos frente a alguien que dejó
de trabajar porque no quería hacerlo. No estamos
frente al estereotipo del consumidor irresponsable que
compra lo que no puede pagar y después pretende
que otro se haga cargo.
Estamos frente a un trabajador que quiso
cumplir. Y que se endeudó
precisamente para cumplir.
Hasta que la deuda terminó comiéndose
el sueldo, la vivienda y la tranquilidad de una familia.
Lo que nadie quiere escuchar
Por eso resulta tan incómoda la
discusión que se instaló alrededor de los
argentinos endeudados.
El diputado Alberto Benegas Lynch cuestionó
los pedidos de asistencia para quienes están en
mora y puso como ejemplo al "tipo que compró
una televisión" y después no quiere
pagar porque Argentina no ganó el Mundial.
El ejemplo sirve para construir rápidamente
un culpable: el irresponsable, el que consume sin pensar,
el que después pretende que el Estado lo rescate.
Y sí: seguramente existen personas
que se endeudaron irresponsablemente. Pero
Esteban demuestra que ese ejemplo no alcanza para explicar
lo que está pasando.
Porque hay una diferencia enorme entre
endeudarse para consumir por encima de las posibilidades
y endeudarse porque el salario dejó de alcanzar
para sostener la vida cotidiana. Hay una diferencia entre
no querer pagar y no poder pagar. Y hay una diferencia
todavía mayor entre pedir un préstamo para
darse un gusto y pedirlo para pagar el préstamo
anterior.
Ahí comienza el círculo
del que resulta cada vez más difícil salir.
La deuda como forma de
supervivencia
La deuda dejó de ser para muchas
familias una herramienta excepcional. Se convirtió
en una forma de llegar al mes siguiente.
Una tarjeta
para comprar comida. Un préstamo para pagar la
tarjeta. Otro préstamo para pagar el primero. Y
finalmente, la mora.
No necesariamente porque alguien haya decidido no pagar,
sino porque ya no puede.
Casi seis millones de argentinos están
actualmente atrasados en sus pagos. Son 5,8 millones de
personas, cerca de un tercio de quienes tienen préstamos.
Eso ya no puede ser explicado solamente
como una suma de malas decisiones individuales.
Es un fenómeno social.
Y cuando un fenómeno alcanza semejante
dimensión, la responsabilidad de mirarlo deja de
ser exclusivamente del individuo.
El Estado que mira desde afuera
La respuesta del Gobierno ha sido clara:
nadie puso una pistola en la cabeza de quien tomó
un crédito. Desde una perspectiva
contractual, es cierto.
Las deudas deben pagarse.
Pero una sociedad no puede limitarse a
repetir esa verdad mientras millones de personas empiezan
a quedar atrapadas en deudas que contrajeron para poder
sostener su vida cotidiana.
El Estado no tiene por qué convertirse
en una máquina de perdonar deudas. Tampoco debería
rescatar indiscriminadamente a quien tomó decisiones
financieras irresponsables.
Pero entre el rescate masivo y la indiferencia
existe un territorio enorme.
Regular. Controlar. Facilitar refinanciaciones.
Evitar abusos. Diferenciar al especulador del trabajador.
Distinguir al que apostó del que pidió dinero
para llegar a fin de mes.
Porque el problema no es solamente cuánto
debe una persona. El problema es por qué llegó
a deberlo.
Y hay otro dato que no puede ignorarse.
La proporción de los ingresos salariales destinada
al pago de créditos pasó de menos del 9%
a casi el 25% en apenas dos años, según
datos del Banco Central citados recientemente. Un cuarto
del salario destinado a pagar deudas antes de afrontar
el resto de la vida.
Antes del alquiler. Antes de la comida.
Antes de la luz. Antes del transporte. Antes de vivir.
Mientras tanto, el costo de los servicios
públicos también aumentó su peso
sobre los ingresos. En el Área Metropolitana de
Buenos Aires, la canasta de servicios públicos
llegó a representar alrededor del 15% de un salario
promedio.
Entonces aparece esta pregunta: ¿En
qué momento una persona deja de ser un consumidor
irresponsable y comienza a ser simplemente alguien al
que los números no le cierran?
La deuda que nadie quiso
tener
A comienzos del siglo pasado, mi abuelo
también se enfermó. Dejó de trabajar.
Tenía ocho hijos y una esposa que mantener. Entonces
apareció el prestamista del pueblo.
Llegó amablemente. Le prestaba dinero. Incluso
para que pudiera pagar las cuotas y los intereses del
dinero que ya le había prestado.
El hombre sabía que mi abuelo no podía salir
de esa deuda. Y precisamente por eso seguía prestándole.
Ese era el negocio. Que nunca pudiera salir.
Finalmente, el usurero se quedó con todo su patrimonio.
Han pasado más de cien años
y tenemos muchas más herramientas para saber qué
es justo y qué no.
El Estado no necesita ser omnipotente.
Puede ser pequeño, pero inteligente. Puede ser
ágil y justo. Puede intervenir sin convertirse
en una máquina de rescates indiscriminados.
Porque, en última instancia, muchos de esos deudores
no son ciudadanos irresponsables que ahora se sienten
defraudados por el sistema.
Son trabajadores. Son consumidores. Son contribuyentes.
Son, también, quienes aportan al voluminoso Estado
que después los mira desde afuera cuando quedan
atrapados en una deuda.
Y quizá la pregunta no sea solamente si una persona
debe pagar lo que debe. Por supuesto que debe hacerlo.
La pregunta es qué
clase de sociedad estamos construyendo cuando alguien
que trabaja, que quiere pagar, que pide préstamos
precisamente para no atrasarse, termina de rodillas frente
a un santo porque no sabe dónde van a dormir sus
hijos.
Esteban fue a San Cayetano a pedir un milagro.
Pero un país no debería necesitar milagros
para que una persona que trabaja pueda conservar su casa.
Porque una deuda puede comenzar con una firma.
Pero cuando se vuelve imposible de pagar, deja de ser
solamente un contrato entre dos partes. Se convierte en
el espejo de una sociedad.
Y en ese espejo no siempre aparece un deudor irresponsable.
A veces aparece simplemente un ciudadano que trabajó,
pagó y cumplió.
Hasta que un día, los números dejaron de
alcanzarle.
Como le pasó a mi abuelo, a Esteban
y a muchos más.
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