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El pasado termina explicando el presente

La deuda que nadie quiso tener

Cuando trabajar ya no alcanza, endeudarse deja de ser una elección


27 de agosto de 2026

Fuente del contenido | @escobarsite
Autor | @jorgecarusso para Entre lo histórico y lo actual de @escobarsite

Sobre la firma

Esteban tiene trabajo. Es empleado de seguridad y cobra alrededor de 1.600.000 pesos mensuales. Tiene tres hijos. No dejó de trabajar. No decidió vivir de prestado. No salió a pedir que alguien le regalara nada. Sin embargo, el 14 de agosto debía entregar la llave de la vivienda que alquilaba y corría el riesgo de quedar en la calle con sus hijos.

Lo contó entre lágrimas, frente a las cámaras de Telenoche, en la puerta de San Cayetano, el pasado 7 de agosto. Había ido a pedir trabajo, como tantos otros. Pero Esteban ya tenía trabajo. Lo que no tenía era suficiente ingreso para sostener su vida.

Una operación lo dejó cuatro meses con una faja y sin poder hacer horas extras. Cobró el mínimo. Entonces comenzó a pedir préstamos para poder pagar sus obligaciones. "Yo quería pagar todo, no atrasarme", explicó. Y terminó atrasándose. Después pidió más préstamos. Hasta que llegó aquello que, según contó, lo "fulminó": tener que seguir endeudándose para pagar las deudas anteriores.

Ahora debe entregar la llave. Y probablemente separarse de sus hijos: ellos podrían irse a vivir con el abuelo mientras él continúa trabajando.

Por eso fue a San Cayetano.

"Hoy le pedí de corazón, de rodillas, que por favor me ayudara", contó.

Y terminó diciendo: "Yo sé que hace milagros".

Hay algo profundamente injusto en esta escena.

No estamos frente a alguien que dejó de trabajar porque no quería hacerlo. No estamos frente al estereotipo del consumidor irresponsable que compra lo que no puede pagar y después pretende que otro se haga cargo.

Estamos frente a un trabajador que quiso cumplir. Y que se endeudó precisamente para cumplir.

Hasta que la deuda terminó comiéndose el sueldo, la vivienda y la tranquilidad de una familia.

Lo que nadie quiere escuchar

Por eso resulta tan incómoda la discusión que se instaló alrededor de los argentinos endeudados.

El diputado Alberto Benegas Lynch cuestionó los pedidos de asistencia para quienes están en mora y puso como ejemplo al "tipo que compró una televisión" y después no quiere pagar porque Argentina no ganó el Mundial.

El ejemplo sirve para construir rápidamente un culpable: el irresponsable, el que consume sin pensar, el que después pretende que el Estado lo rescate.

Y sí: seguramente existen personas que se endeudaron irresponsablemente. Pero Esteban demuestra que ese ejemplo no alcanza para explicar lo que está pasando.

Porque hay una diferencia enorme entre endeudarse para consumir por encima de las posibilidades y endeudarse porque el salario dejó de alcanzar para sostener la vida cotidiana. Hay una diferencia entre no querer pagar y no poder pagar. Y hay una diferencia todavía mayor entre pedir un préstamo para darse un gusto y pedirlo para pagar el préstamo anterior.

Ahí comienza el círculo del que resulta cada vez más difícil salir.

La deuda como forma de supervivencia

La deuda dejó de ser para muchas familias una herramienta excepcional. Se convirtió en una forma de llegar al mes siguiente.


Una tarjeta para comprar comida. Un préstamo para pagar la tarjeta. Otro préstamo para pagar el primero. Y finalmente, la mora.



No necesariamente porque alguien haya decidido no pagar, sino porque ya no puede.

Casi seis millones de argentinos están actualmente atrasados en sus pagos. Son 5,8 millones de personas, cerca de un tercio de quienes tienen préstamos.

Eso ya no puede ser explicado solamente como una suma de malas decisiones individuales.

Es un fenómeno social.

Y cuando un fenómeno alcanza semejante dimensión, la responsabilidad de mirarlo deja de ser exclusivamente del individuo.


El Estado que mira desde afuera

La respuesta del Gobierno ha sido clara: nadie puso una pistola en la cabeza de quien tomó un crédito. Desde una perspectiva contractual, es cierto.

Las deudas deben pagarse.

Pero una sociedad no puede limitarse a repetir esa verdad mientras millones de personas empiezan a quedar atrapadas en deudas que contrajeron para poder sostener su vida cotidiana.

El Estado no tiene por qué convertirse en una máquina de perdonar deudas. Tampoco debería rescatar indiscriminadamente a quien tomó decisiones financieras irresponsables.

Pero entre el rescate masivo y la indiferencia existe un territorio enorme.

Regular. Controlar. Facilitar refinanciaciones. Evitar abusos. Diferenciar al especulador del trabajador. Distinguir al que apostó del que pidió dinero para llegar a fin de mes.

Porque el problema no es solamente cuánto debe una persona. El problema es por qué llegó a deberlo.

Y hay otro dato que no puede ignorarse. La proporción de los ingresos salariales destinada al pago de créditos pasó de menos del 9% a casi el 25% en apenas dos años, según datos del Banco Central citados recientemente. Un cuarto del salario destinado a pagar deudas antes de afrontar el resto de la vida.

Antes del alquiler. Antes de la comida. Antes de la luz. Antes del transporte. Antes de vivir.

Mientras tanto, el costo de los servicios públicos también aumentó su peso sobre los ingresos. En el Área Metropolitana de Buenos Aires, la canasta de servicios públicos llegó a representar alrededor del 15% de un salario promedio.

Entonces aparece esta pregunta: ¿En qué momento una persona deja de ser un consumidor irresponsable y comienza a ser simplemente alguien al que los números no le cierran?

La deuda que nadie quiso tener

A comienzos del siglo pasado, mi abuelo también se enfermó. Dejó de trabajar.
Tenía ocho hijos y una esposa que mantener. Entonces apareció el prestamista del pueblo.

Llegó amablemente. Le prestaba dinero. Incluso para que pudiera pagar las cuotas y los intereses del dinero que ya le había prestado.

El hombre sabía que mi abuelo no podía salir de esa deuda. Y precisamente por eso seguía prestándole. Ese era el negocio. Que nunca pudiera salir.
Finalmente, el usurero se quedó con todo su patrimonio.

Han pasado más de cien años y tenemos muchas más herramientas para saber qué es justo y qué no.

El Estado no necesita ser omnipotente. Puede ser pequeño, pero inteligente. Puede ser ágil y justo. Puede intervenir sin convertirse en una máquina de rescates indiscriminados.

Porque, en última instancia, muchos de esos deudores no son ciudadanos irresponsables que ahora se sienten defraudados por el sistema.
Son trabajadores. Son consumidores. Son contribuyentes.
Son, también, quienes aportan al voluminoso Estado que después los mira desde afuera cuando quedan atrapados en una deuda.

Y quizá la pregunta no sea solamente si una persona debe pagar lo que debe. Por supuesto que debe hacerlo.

La pregunta es qué clase de sociedad estamos construyendo cuando alguien que trabaja, que quiere pagar, que pide préstamos precisamente para no atrasarse, termina de rodillas frente a un santo porque no sabe dónde van a dormir sus hijos.

Esteban fue a San Cayetano a pedir un milagro.

Pero un país no debería necesitar milagros para que una persona que trabaja pueda conservar su casa. Porque una deuda puede comenzar con una firma.
Pero cuando se vuelve imposible de pagar, deja de ser solamente un contrato entre dos partes. Se convierte en el espejo de una sociedad.
Y en ese espejo no siempre aparece un deudor irresponsable. A veces aparece simplemente un ciudadano que trabajó, pagó y cumplió.
Hasta que un día, los números dejaron de alcanzarle.

Como le pasó a mi abuelo, a Esteban y a muchos más.





Sobre la Firma
                 @jorgecarusso | linkedin.com/in/jorgecarusso | 
                 Periodista - Matr. 14.856 Ley 12.908

 







 


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