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¿Combatiendo al capital?


Una pelea del siglo XX librada sobre un escenario del siglo XXI


"Cuando Escobar perdió la batalla por Ford, perdió una fábrica. Hoy, cuando una ciudad pierde una inversión tecnológica, muchas veces ni siquiera sabe exactamente qué perdió."

 


1 de junio de 2026

Fuente del contenido | @escobarsite
Autor | @jorgecarusso para Entre lo histórico y lo actual de @escobarsite

Sobre la firma

Hubo un tiempo en que Escobar libró una batalla que hoy parece salida de otro mundo. No se trataba de una elección, de una red social ni de una plataforma digital. Se trataba de una fábrica. La disputa era por la radicación de Ford Motor Argentina y el premio era enorme: empleo, desarrollo, proveedores, viviendas, comercios y futuro. Finalmente ganó Pacheco y Escobar apenas conservó una curiosidad geográfica e histórica: una parte del predio donde quedó instalado el transformador que alimenta la planta. Como si la historia le hubiera dejado el enchufe de una fábrica que terminó creciendo del otro lado de la frontera municipal.

Eso fue en 1961, pero luego hubo muchas otras batallas perdidas. Casi siempre ganaron los vecinos. Ni quiero detenerme en aquella anécdota -imposible de verificar a esta altura- que sostiene que alguna vez dejamos pasar la oportunidad de Toyota. Otro tiempo, otro contexto, pero sirve para entender cuánto cambió el mundo.

En aquellos años las ciudades competían por industrias como los países competían por territorios. Una automotriz era una conquista estratégica. Cada inversión importante modificaba el mapa económico durante décadas. Había algo de geopolítica en esas decisiones. A escala infinitamente menor, los municipios también repartían poder, empleo y crecimiento.

Eran tiempos en los que las fábricas tenían chimeneas, los empresarios tenían domicilio conocido y el capital necesitaba echar raíces para producir.

Hoy celebramos la llegada de un supermercado como una noticia estratégica y añoramos -los que todavía lo recuerdan- aquellos tiempos en que Hughes Tool ampliaba una y otra vez su playa de estacionamiento porque sus empleados, sin necesidad de discursos épicos ni subsidios permanentes, habían logrado incorporarse a una sólida clase media.

Mientras el gobierno de Axel Kicillof investiga a Mercado Libre por presuntas cláusulas abusivas contra consumidores y analiza sanciones millonarias, municipios alineados políticamente con la Provincia continúan buscando inversiones privadas, promoviendo parques industriales y celebrando la llegada de empresas. Entre ellos, Escobar.

Y allí aparece una contradicción tan interesante como inevitable. ¿Cómo se explica que un mismo espacio político impulse controles sobre una de las empresas más importantes del país mientras, al mismo tiempo, compite por atraer capitales?

Quizás porque la pregunta está mal formulada. Tal vez ya no se trate de estar a favor o en contra del capital. Tal vez el problema sea que seguimos utilizando categorías del siglo pasado para interpretar conflictos del siglo XXI. La vieja consigna de "combatir al capital" nació en un mundo donde el poder económico tenía forma de fábrica, de banco o de terrateniente. Hoy el poder económico puede ser una aplicación instalada en un teléfono celular. Puede operar simultáneamente en varios países, mover millones de operaciones por minuto y tener sus principales activos en datos, algoritmos y sistemas informáticos.

La historia de Marcos Galperin también simboliza esa transformación. Su mudanza a Uruguay generó discusiones políticas, económicas e ideológicas durante años. Pero más allá de las simpatías o rechazos que despierte, refleja una realidad difícil de ignorar: el capital moderno posee una movilidad que los Estados nunca tuvieron. Ford necesitaba enormes instalaciones industriales para mudarse. Mercado Libre puede operar desde distintos lugares sin perder presencia en el mercado argentino. La velocidad de movimiento ya no es la misma. El capital dejó de viajar en tren de carga y empezó a hacerlo a la velocidad de un clic.

Por eso la discusión entre Kicillof y Mercado Libre tiene algo extraño. Parece una pelea del siglo XX librada sobre un escenario del siglo XXI.

El gobierno provincial sostiene que debe proteger a consumidores frente a una empresa con enorme poder de mercado. La empresa responde que presta servicios a millones de usuarios y que los reclamos representan una proporción mínima de sus operaciones. Ambos argumentos pueden tener parte de razón. Lo interesante es que detrás de esa discusión aparece una pregunta mucho más profunda: ¿cómo se regula a actores económicos que se volvieron más grandes, más rápidos y más difíciles de encuadrar que las empresas tradicionales?

En ese punto Escobar vuelve a ofrecer una imagen reveladora. Hace décadas la pelea era por atraer una planta automotriz. Hoy las disputas son por centros logísticos, polos tecnológicos, inversiones digitales y servicios vinculados a la economía del conocimiento. El objetivo sigue siendo el mismo: generar empleo y actividad económica. Lo que cambió fue la naturaleza del capital. Ya no siempre llega con una chimenea. Muchas veces llega con servidores, software y operaciones virtuales.

Quizás por eso la vieja imagen de una batalla entre Estado y capital ya no alcance para describir lo que ocurre. Los gobiernos necesitan inversiones. Las empresas necesitan infraestructura, consumidores y reglas claras. Los trabajadores necesitan empleo. Los usuarios necesitan protección. Todos dependen de todos. La confrontación absoluta parece tan inviable como la ausencia total de regulación.

Aquella derrota frente a Ford tenía una dimensión concreta: una fábrica, empleos y producción. Las pérdidas actuales son más difíciles de medir. Cuando una ciudad deja escapar una inversión tecnológica, muchas veces ni siquiera sabe con precisión qué oportunidades se fueron con ella.

Las viejas guerras económicas se libraban sobre mapas. Las nuevas ocurren en servidores, billeteras virtuales y algoritmos.

Ya no hay Churchill, Roosevelt ni Stalin repartiendo zonas de influencia. Tampoco existen fronteras tan claras como las de entonces. El mercado se mueve de manera espasmódica, persiguiendo oportunidades, ventajas competitivas y contextos favorables mientras la política intenta seguirle el ritmo con legisladores que a duras penas pueden comprender los alcances de aquello que pretenden regular.

Tal vez la pregunta ya no sea si todavía queda algo de aquel viejo impulso de combatir al capital. Quizás la verdadera discusión de nuestra época sea otra: cómo gobernar un mundo donde el capital aprendió a moverse mucho más rápido que la política y donde las ciudades, como hace medio siglo, siguen compitiendo por un futuro que cada vez resulta más difícil de localizar en un mapa.

Quizás por eso las viejas consignas ya no alcanzan. El desafío de nuestra época no consiste en derrotar al capital ni en rendirse ante él, sino en comprenderlo. Porque es difícil conducir aquello que ya no tiene domicilio fijo, es complicado regular aquello que cambia de forma permanentemente y es imposible planificar el futuro cuando las reglas del juego se modifican más rápido que nuestra capacidad para entenderlas.

La batalla ya no es por el territorio. La batalla es por interpretar el movimiento.





Sobre la Firma
                 @jorgecarusso | linkedin.com/in/jorgecarusso | 
                 Periodista - Matr. 14.856 Ley 12.908

 






 


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