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Hubo un tiempo en que Escobar libró
una batalla que hoy parece salida de otro mundo. No se
trataba de una elección, de una red social ni de
una plataforma digital. Se trataba de una fábrica.
La disputa era por la radicación de Ford Motor
Argentina y el premio era enorme: empleo, desarrollo,
proveedores, viviendas, comercios y futuro. Finalmente
ganó Pacheco y Escobar apenas conservó una
curiosidad geográfica e histórica: una parte
del predio donde quedó instalado el transformador
que alimenta la planta. Como si la historia le hubiera
dejado el enchufe de una fábrica que terminó
creciendo del otro lado de la frontera municipal.
Eso fue en 1961, pero luego hubo muchas
otras batallas perdidas. Casi siempre ganaron los vecinos.
Ni quiero detenerme en aquella anécdota -imposible
de verificar a esta altura- que sostiene que alguna
vez dejamos pasar la oportunidad de Toyota. Otro tiempo,
otro contexto, pero sirve para entender cuánto
cambió el mundo.
En aquellos años las ciudades competían
por industrias como los países competían
por territorios. Una automotriz era una conquista estratégica.
Cada inversión importante modificaba el mapa económico
durante décadas. Había algo de geopolítica
en esas decisiones. A escala infinitamente menor, los
municipios también repartían poder, empleo
y crecimiento.
Eran tiempos en los que
las fábricas tenían chimeneas, los empresarios
tenían domicilio conocido y el capital necesitaba
echar raíces para producir.
Hoy celebramos la llegada de un supermercado
como una noticia estratégica y añoramos
-los que todavía lo recuerdan- aquellos tiempos
en que Hughes Tool ampliaba una y otra vez su playa de
estacionamiento porque sus empleados, sin necesidad de
discursos épicos ni subsidios permanentes, habían
logrado incorporarse a una sólida clase media.
Mientras el gobierno de Axel Kicillof
investiga a Mercado Libre por presuntas cláusulas
abusivas contra consumidores y analiza sanciones millonarias,
municipios alineados políticamente con la Provincia
continúan buscando inversiones privadas, promoviendo
parques industriales y celebrando la llegada de empresas.
Entre ellos, Escobar.
Y allí aparece una contradicción
tan interesante como inevitable. ¿Cómo se
explica que un mismo espacio político impulse controles
sobre una de las empresas más importantes del país
mientras, al mismo tiempo, compite por atraer capitales?
Quizás porque la pregunta está
mal formulada. Tal vez ya no se trate de estar a favor
o en contra del capital. Tal vez el problema sea que seguimos
utilizando categorías del siglo pasado para interpretar
conflictos del siglo XXI. La vieja consigna de "combatir
al capital" nació en un mundo donde el poder
económico tenía forma de fábrica,
de banco o de terrateniente. Hoy el poder económico
puede ser una aplicación instalada en un teléfono
celular. Puede operar simultáneamente en varios
países, mover millones de operaciones por minuto
y tener sus principales activos en datos, algoritmos y
sistemas informáticos.
La historia de Marcos Galperin también
simboliza esa transformación. Su mudanza a Uruguay
generó discusiones políticas, económicas
e ideológicas durante años. Pero más
allá de las simpatías o rechazos que despierte,
refleja una realidad difícil de ignorar: el capital
moderno posee una movilidad que los Estados nunca tuvieron.
Ford necesitaba enormes instalaciones industriales para
mudarse. Mercado Libre puede operar desde distintos lugares
sin perder presencia en el mercado argentino. La velocidad
de movimiento ya no es la misma. El capital dejó
de viajar en tren de carga y empezó a hacerlo a
la velocidad de un clic.
Por eso la discusión
entre Kicillof y Mercado Libre tiene algo extraño.
Parece una pelea del siglo XX librada sobre un escenario
del siglo XXI.
El gobierno provincial sostiene que debe
proteger a consumidores frente a una empresa con enorme
poder de mercado. La empresa responde que presta servicios
a millones de usuarios y que los reclamos representan
una proporción mínima de sus operaciones.
Ambos argumentos pueden tener parte de razón. Lo
interesante es que detrás de esa discusión
aparece una pregunta mucho más profunda: ¿cómo
se regula a actores económicos que se volvieron
más grandes, más rápidos y más
difíciles de encuadrar que las empresas tradicionales?
En ese punto Escobar vuelve a ofrecer
una imagen reveladora. Hace décadas la pelea era
por atraer una planta automotriz. Hoy las disputas son
por centros logísticos, polos tecnológicos,
inversiones digitales y servicios vinculados a la economía
del conocimiento. El objetivo sigue siendo el mismo: generar
empleo y actividad económica. Lo que cambió
fue la naturaleza del capital. Ya no siempre llega con
una chimenea. Muchas veces llega con servidores, software
y operaciones virtuales.
Quizás por eso
la vieja imagen de una batalla entre Estado y capital
ya no alcance para describir lo que ocurre. Los gobiernos
necesitan inversiones. Las empresas necesitan infraestructura,
consumidores y reglas claras. Los trabajadores necesitan
empleo. Los usuarios necesitan protección. Todos
dependen de todos. La confrontación absoluta parece
tan inviable como la ausencia total de regulación.
Aquella derrota frente a Ford tenía
una dimensión concreta: una fábrica, empleos
y producción. Las pérdidas actuales son
más difíciles de medir. Cuando una ciudad
deja escapar una inversión tecnológica,
muchas veces ni siquiera sabe con precisión qué
oportunidades se fueron con ella.
Las viejas guerras económicas se
libraban sobre mapas. Las nuevas ocurren en servidores,
billeteras virtuales y algoritmos.
Ya no hay Churchill, Roosevelt ni Stalin repartiendo zonas
de influencia. Tampoco existen fronteras tan claras como
las de entonces. El mercado se mueve de manera espasmódica,
persiguiendo oportunidades, ventajas competitivas y contextos
favorables mientras la política
intenta seguirle el ritmo con legisladores que a duras
penas pueden comprender los alcances de aquello que pretenden
regular.
Tal vez la pregunta ya no sea si todavía
queda algo de aquel viejo impulso de combatir al capital.
Quizás la verdadera discusión de nuestra
época sea otra: cómo gobernar un mundo donde
el capital aprendió a moverse mucho más
rápido que la política y donde las ciudades,
como hace medio siglo, siguen compitiendo por un futuro
que cada vez resulta más difícil de localizar
en un mapa.
Quizás por eso las viejas consignas
ya no alcanzan. El desafío de nuestra época
no consiste en derrotar al capital ni en rendirse ante
él, sino en comprenderlo. Porque es difícil
conducir aquello que ya no tiene domicilio fijo, es complicado
regular aquello que cambia de forma permanentemente y
es imposible planificar el futuro cuando las reglas del
juego se modifican más rápido que nuestra
capacidad para entenderlas.
La batalla ya no es por
el territorio. La batalla es por interpretar el movimiento.
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