|
El peronismo no se está reorganizando.
Está mutando. Y lo hace en silencio, como suelen
hacerlo los movimientos que saben que el ruido - teoría
del bosque oscuro - juega en contra.
En apenas horas, las señales se acumularon: reuniones,
fotos medidas, gestos calculados. Nada épico. Nada
multitudinario. Apenas indicios. Pero suficientes para
entender que el problema ya no es la derrota pasada, sino
cómo evitar la próxima.
El diagnóstico es discutible: el poder se perdió
no solo en las urnas, sino en la narrativa. Y cuando un
movimiento pierde el relato, pierde el rumbo.
Por eso el giro.
Se ensaya un corrimiento quirúrgico hacia el centro,
con un lenguaje nuevo que reemplaza la épica por
la producción, la confrontación por la seducción,
y la identidad cerrada por una amplitud incómoda
pero necesaria. Ya no se habla de resistir, sino de volver.
Y para volver, hay que parecer otra cosa sin dejar de
ser lo mismo.
Ahí aparece el
verdadero plan.
No tiene nombre oficial, pero sí lógica:
juntar lo que quedó disperso, ordenar lo que se
fragmentó y, sobre todo, construir una mayoría
posible. No perfecta. Posible. La consigna es simple y
pragmática: menos pureza ideológica, más
eficacia electoral.
En ese esquema, las figuras importan menos que los roles.
Algunos ordenan, otros negocian, otros miden. Nadie conduce
del todo. Y quizás ahí esté la novedad:
el liderazgo ya no baja, se negocia.
En el plano local, el laboratorio
es más crudo.
El primer mandatario no escapa a la misma lógica
que atraviesa al movimiento: sobrevivir mientras se redefine.
Atado a la expectativa -siempre latente- de una re-re-reelección
que dependerá de desarmar la norma que hoy lo limita,
juega en un terreno inestable, donde cada negociación
es también una concesión.
Pero no todo el fuego viene de enfrente.
En su entorno empiezan a leer las trayectorias de los
proyectiles: no llevan la firma del león, sino
la silueta más sigilosa de un tigre. Política
de precisión, desgaste sostenido, sin estridencias.
Mientras tanto, la transición no aparece. No hay
heredero claro ni plan B consolidado. Y del otro lado,
por ahora, el vacío tampoco ayuda a ordenar el
tablero.
Aunque hay un dato que asoma tímidamente: desde
la Casa Rosada ensayan un desembarco con una figura inesperada
-un periodista- en una jugada que roza lo paradójico
en un territorio donde el discurso oficial suele ser,
justamente, blanco permanente de crítica.
Pero todo plan tiene su
tensión.
El peronismo intenta salir del laberinto sin romperlo.
Correrse sin partirse. Alejarse de su núcleo duro
sin perderlo. Un equilibrio casi imposible: si se mueve
demasiado, se desarma; si no se mueve, se extingue.
Por eso la estrategia es quirúrgica: ampliar sin
confrontar, sumar sin expulsar, moderar sin diluirse.
Un juego de equilibrios donde cada paso puede ser avance
o caída.
La pregunta no es si el plan existe.
Porque si existe. La pregunta es si alcanza.
La historia -esa que el peronismo conoce
mejor que nadie- ya dio señales: no siempre gana
el que se reinventa, sino el que logra convencer que todavía
tiene algo para ofrecer.
Y en ese punto, el desafío es
más profundo que una interna o una candidatura.
Es existencial.
Salir del laberinto no garantiza encontrar la salida.
A veces, apenas cambia la forma de perderse.
|