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El pasado sábado por la tarde,
familiares, amigos e invitados se reunieron en las instalaciones
del Museo del Tren para recordar a Alfredo Melidore, al
cumplirse un año de su fallecimiento.
Lejos de la parafernalia que suele ofrecer
el Estado a quienes acompañan su relato, el acto
se desarrolló con un marco de sencillez que fue,
también, una de las características del
querido Alfredo.
Sus dichos marcaron ese espíritu
y la exposición lo dejó en claro: Alfredo
fue un apasionado por una afición que llevó
al profesionalismo y que, justamente por eso, terminó
chocando con el selecto círculo de iluminados que
custodiaban con celo sus privilegios.
Sus cuadernillos, su archivo y sus historias
eran su vida. Allí dormía buena parte de
la memoria de un Escobar de tierra, de calles polvorientas
y luces amarillentas que él se empeñaba
en rescatar.
Quién era
Todos los que girábamos alrededor
del mundo de la generación de contenidos, ni bien
terminábamos nuestro trabajo, le llevábamos
un ejemplar a Alfredo.
Porque en aquel espacio analógico,
donde las cosas se perdían, se deterioran o simplemente
se descartan, sabíamos que había alguien
dispuesto a conservarlas.
Un custodio del tiempo
y del recuerdo.
No importaba demasiado si aquello que
llegaba a sus manos era un viejo periódico, una
fotografía, un documento, un programa de algún
acontecimiento o una historia contada por alguien que
había vivido otra época.
Alfredo guardaba. Y al guardar, construía
memoria.
Los permisos
Sin permisos especiales y hasta bajo el
riesgo -dicho con cierta ironía- de incurrir
en el "ejercicio ilegal" del manejo de la historia,
Alfredo Melidore nos deja un legado que no deberíamos
pasar por alto.
Porque la historia puede ser abordada
desde distintas aristas y esa diversidad nos permite obtener
una perspectiva mucho más amplia. Pero nunca puede
convertirse en patrimonio exclusivo de una sola voz, de
una institución o de una determinada visión.
Por eso debemos valorar a esos investigadores
que rescatan el dato perdido más allá de
las líneas de tiempo, las grandilocuencias y los
sesgos. A quienes no buscan confirmar
ni refutar una hipótesis, sino
simplemente salvar un hecho del olvido.
Alfredo era uno de ellos.
Quizás no tuvo los títulos
que algunos consideran indispensables para hablar de historia.
Pero tuvo algo que ningún título garantiza:
"la voluntad de buscar, conservar y recordar".
Y acaso la historia, antes que una disciplina
encerrada en los archivos, sea precisamente eso: alguien
que se niega a dejar que el tiempo borre lo que alguna
vez ocurrió.
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