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Intro
En algún punto del universo -o
de la burocracia cósmica- una raza superior, ajena
al rating, al algoritmo y al calendario electoral, se
sienta frente a un monitor de fósforo verde.
No juzga con pasión, no se indigna, no milita.
Observa.
Inserta una tarjeta perforada. La máquina
zumba.
La humanidad rinde su examen anual.
El informe no viene en colores. Viene
en datos, gestos, contradicciones y silencios. Cosas irrisorias
(o cómo perder tiempo con convicción).
La vergüenza ajena fluye por el hiperespacio a velocidad
warp 9.
En Argentina
El país que supo discutir el ser
nacional ahora debate la huella de carbono de una vaca.
Una diputada, aliada del siempre omnipresente Juan Grabois,
propone gravar los gases del ganado como si el problema
climático fuera una cuestión de flatulencias
ideológicas.
Mientras tanto, la pobreza no tributa,
la inflación no paga patente y la realidad sigue
exenta de control.
Autos de lujo aparecen en quintas ajenas,
en Pilar. La corrupción ya no se esconde: se estaciona.
En el conurbano, la desigualdad, la inseguridad
y el abandono gritan al unísono. El eco busca auxilio
-sin éxito- en un país con grandes riquezas
naturales, una población mayoritariamente capaz,
instruida y extremadamente resiliente.
El Congreso sesiona, discute, se enoja,
se levanta, vuelve a sentarse.
La máquina anota: mucho movimiento, poco desplazamiento.
El sistema cruza cifras globales y locales.
Detecta que, en un mundo con alrededor de mil millones
de pobres, existe un país que se define rico y
concentra millones bajo la línea de pobreza.
La máquina no entiende la contradicción.
La registra.
En el mundo
Maduro sigue gobernando un país
que ya no gobierna. Ortega avanza en su proyecto de convertir
a Nicaragua en la Corea del Norte de Centroamérica.
La democracia se volvió una palabra
decorativa, como esas estatuas que nadie limpia pero todos
señalan.
Las guerras se transmiten en alta definición,
con pausa publicitaria.
La tragedia global ahora viene con subtítulos y
estadísticas.
La humanidad avanza
pero en círculos
concéntricos.
Cosas positivas o avances
(sí, también hubo)
La ciencia siguió trabajando aunque
nadie la aplaudiera.
Se curaron enfermedades, se perfeccionaron tratamientos,
se estiró un poco más la vida mientras discutíamos
tonterías.
La tecnología acercó voces,
denuncias, pruebas. El poder ya no puede mentir sin dejar
rastro.
Eso incomoda. Eso es bueno.
En lo cotidiano, millones de personas
siguieron haciendo lo que saben hacer: criar hijos, cuidar
viejos, sostener trabajos mal pagos, inventar pequeñas
dignidades.
La máquina subraya una línea:
la humanidad resiste mejor de lo que gobierna.
Retrocesos (cuando el
progreso se olvidó de frenar)
La política volvió a hablar
sola.
La ética quedó fuera de agenda.
La empatía se transformó en un hashtag de
ocasión.
El diálogo fue reemplazado por
la consigna. Pensar distinto volvió a ser sospechoso.
Pensar mucho, peligroso.
Se normalizó lo inaceptable con
una sonrisa, un meme y un comunicado oficial.
La máquina anota: la banalidad volvió a
ganar terreno.
Esperanza (sin música
emotiva)
No hubo milagros. Hubo señales.
Gente que no se resigna a repetir discursos.
Docentes que siguen enseñando aun cuando el sistema
ya no enseña nada.
Periodistas que todavía dudan -y dudan en público-
cuando todos exigen certezas.
No es esperanza épica. Es una esperanza
incómoda, trabajosa, sin slogans.
La máquina no celebra. Pero tampoco
apaga la pantalla.
Otros ítems observados
El humor sigue siendo un refugio.
La memoria insiste, aunque intenten borrarla.
La juventud no es tonta: está cansada.
Los adultos no son sabios: están asustados.
Dato relevante: la humanidad aún
se pregunta quién es.
Para el archivo, eso cuenta como signo vital.
Balance final
La tarjeta perforada sale expulsada.
El veredicto no es una sentencia, es un diagnóstico:
Especie contradictoria.
Capaz de lo peor con argumentos brillantes.
Capaz de lo mejor sin darse cuenta.
Aún no madura, pero tampoco se extingue.
La observación continúa.
No por optimismo. Por curiosidad.
Stop System
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