|
Lo inquietante no es que lo sugieran analistas
opositores ni editorialistas maliciosos. La idea salió
desde adentro del propio espacio. Sin demasiadas metáforas.
La necesidad de construir una figura que administre el
gobierno mientras otra conserva la conducción real
del movimiento. Y ahí aparece el verdadero problema:
no se trata solamente de Axel Kicillof. Se trata del modelo
político que representa esa lógica.
La Argentina ya atravesó esa experiencia.
En 1973, Héctor José Cámpora llegó
a la presidencia como una figura transitoria destinada
a facilitar el regreso definitivo de Juan Domingo Perón.
La consigna no era una simple épica militante:
era la descripción explícita de un doble
comando. El presidente formal ocupaba el sillón;
el poder verdadero orbitaba por encima. Y cuando un país
entra en esa lógica, tarde o temprano termina chocando
consigo mismo.
Aquella experiencia duró apenas
semanas, pero dejó heridas profundas: Masacre de
Ezeiza, la fractura interna del peronismo, la violencia
entre facciones y un país que comenzó a
incendiarse mientras todos decían gobernar en nombre
del mismo movimiento. Después llegó el derrumbe.
Y después, lo peor.
Por eso resulta inquietante que medio
siglo más tarde algunos sectores del kirchnerismo
vuelvan a jugar con esa simbología como si fuera
apenas nostalgia política. Porque no es nostalgia:
es ingeniería de poder. Y la pregunta que muchos
dentro del propio PJ evitan formular en voz alta empieza
a ser inevitable: ¿Axel Kicillof quiere ser presidente
o simplemente administrador de una estructura cuyo liderazgo
seguirá concentrado en Cristina Fernández
de Kirchner?
Ahí está el núcleo
real del conflicto. No se discute solamente una candidatura
presidencial. Se discute quién manda y, sobre todo,
quién obedecería a quién. La experiencia
reciente tampoco ayuda a disipar dudas. Alberto Fernández
fue presentado como síntesis, moderación
y equilibrio. Terminó siendo la demostración
práctica de lo que ocurre cuando el poder institucional
y el poder político no coinciden. Un presidente
formal condicionado permanentemente por otra centralidad
que nunca abandonó la escena. El resultado fue
un gobierno atrapado en internas públicas, ministros
enfrentados y una administración que parecía
discutir consigo misma mientras la inflación demolía
salarios y credibilidad.
En gran medida, allí empezó
a incubarse el fenómeno de Javier Milei. No necesariamente
como causa original del problema, sino como consecuencia
del agotamiento social frente a una dirigencia que ya
no lograba ordenar ni siquiera su propio poder. Porque
los vacíos políticos nunca permanecen vacíos
demasiado tiempo: alguien siempre termina ocupándolos.
Hoy Kicillof intenta construir autonomía
y despegarse parcialmente de ese laboratorio fallido,
pero cada gesto de independencia parece activar alarmas
dentro del kirchnerismo más duro, donde muchos
ya dejaron de ocultar que el objetivo central sigue siendo
preservar la centralidad política de Cristina,
aun en medio de condenas, causas judiciales y crecientes
límites institucionales. En ese contexto, la consigna
"Cristina Libre" empieza a adquirir una dimensión
que excede largamente lo judicial para transformarse casi
en una doctrina política.
San José 1111 ya no parece solamente
un domicilio partidario. Empieza a adquirir cierta mística
de peregrinación, inevitablemente asociada a aquellas
visitas a Puerta de Hierro durante el exilio de Perón.
Aunque existe una diferencia decisiva: hoy no hay destierro
político. Hay condenas, tribunales y una sociedad
profundamente partida frente a esas discusiones.
Y ahí aparece quizás la
tragedia más incómoda de la Argentina contemporánea:
una sociedad agotada, atrapada entre extremos que conoce
demasiado bien. Mientras el peronismo discute cómo
administrar el legado de Cristina, el gobierno de Milei
avanza a fuerza de ajuste, confrontación y desgaste
permanente, apostando a que el cansancio social sea más
fuerte que el miedo.
Tal vez el problema más grave no
sea que la política argentina siga reciclando liderazgos.
El problema es que sigue reciclando errores. Como si el
país estuviera condenado a caminar en círculos
dentro de un laberinto construido por sus propias obsesiones,
saltando una y otra vez sobre los mismos escombros.
Y quizás ahí aparezca la
reflexión más amarga de todas: la Argentina
ya no parece discutir proyectos de futuro. Discute distintas
maneras de administrar sus ruinas. Porque cuando un país
vuelve a mirar 1973 para imaginar 2027, tal vez el problema
no sea solamente político. Tal vez sea algo todavía
más profundo: una dificultad persistente para comprender
por qué siempre termina regresando al mismo lugar.
|